“No son más silenciosos los espejos / ni más furtiva el alba aventurera; / eres, bajo la luna, esa pantera / que nos es dado divisar de lejos”.
Con estos versos, el escritor Jorge Luis Borges ponderaba la naturaleza esquiva, indócil de los michifuces: criaturas señoriales como pocas, curiosas y agudas, introspectivas. Entre los compañeros predilectos de la vida doméstica, salvo en un momento preciso en el que se vuelven blanco de toda sospecha: durante el embarazo. La alarma tiene nombre propio: toxoplasmosis, una infección parasitaria que, si se contrae por primera vez en ese período, puede transmitirse al feto. Pero ¿es realmente peligroso que una mujer conviva con un minino mientras espera la llegada de un hijo?, ¿son los gatos el principal vector del parásito que causa esta infección?, ¿por qué hay que estar especialmente atenta durante la dulce espera?
Para despejar estas y otras dudas frecuentes, conversamos con el doctor Juan Martín Faisal, subjefe del Servicio de Obstetricia del Hospital Universitario Austral, que —sobre el tema— anticipa: “No es necesario alejarse de las mascotas, pero sí adoptar algunos cuidados simples durante el embarazo”. El especialista explica además por qué, pese a tratarse de una de las infecciones más extendidas —con variaciones según la región, se estima que una proporción significativa de la población ha estado en contacto con Toxoplasma gondii, el parásito responsable de la toxoplasmosis, casi siempre sin saberlo—, el escenario cambia durante la gestación, cuando el riesgo de transmisión al feto la convierte en un problema de primer orden, con consecuencias que van desde alteraciones neurológicas y visuales en el bebé hasta, en los casos más severos, la pérdida del embarazo.
– La toxoplasmosis es una infección causada por un parásito, el Toxoplasma gondii. En personas sanas suele pasar inadvertida o dar síntomas leves, similares a un cuadro gripal. En el embarazo cobra relevancia porque, si se contrae por primera vez durante la gestación o justo antes, puede transmitirse al feto, con las consabidas consecuencias. Dicho lo cual, la vía de contagio es principalmente por ingestión: carne cruda o mal cocida, frutas y verduras mal lavadas, agua contaminada, también contacto con tierra sin protección. En el caso del gato, el riesgo existe solo si se manipulan heces contaminadas y luego hay contacto mano-boca. Pero, como mencionaba, en la práctica lo más habitual es por alimentos o por contacto con tierra, mucho más que por convivir con un felino.

– Sí, pueden serlo. El parásito puede estar presente en carnes crudas o insuficientemente cocidas, y algunos chacinados o productos curados no siempre alcanzan procesos que lo inactiven completamente. También existe riesgo cuando se bebe agua no tratada o no segura, como puede ocurrir con agua de pozo sin control adecuado. Por eso, durante el embarazo se recomienda evitar carnes crudas o poco cocidas, tener precaución con ciertos embutidos y asegurar siempre el consumo de agua segura.
– El riesgo cambia a lo largo del embarazo. En los primeros meses, la transmisión al bebé es menos frecuente, pero si ocurre puede ser más grave. A medida que avanza la gestación, la transmisión es más probable, aunque en general mucho menos severa. Muchos bebés con infección congénita pueden no tener síntomas al nacer, pero requieren seguimiento, ya que algunas manifestaciones pueden aparecer más adelante.

La toxoplasmosis se transmite sobre todo por lo que comemos o tocamos, pero en el imaginario popular el gato sigue siendo el principal acusado. Para entender por qué, hay que mirar de cerca el circuito de contagio: cómo vive, circula y se reproduce el Toxoplasma gondii que, aun pudiendo infectar a casi cualquier animal, tiene una fijación por los felinos. Responde a razones: solo en el aparato digestivo del michifuz este parásito entra en su fase sexual, mezcla su material genético y produce ooquistes, suerte de “huevos” microscópicos que salen al exterior con las heces y, desde allí, se dispersan en el entorno. La lluvia los arrastra, el suelo los conserva, el agua los distribuye. Pueden permanecer activos en tierra, pasto o reservorios de agua por un largo tiempo. Vacas, cerdos u ovejas ingieren estos microorganismos al pastar o beber, y el parásito se instala en sus tejidos —músculo, cerebro— en un estado latente. De ahí pasa a los humanos: carne poco cocida, vegetales mal lavados o agua sin tratar. El regreso al gato no depende de una sola vía: ocurre por cacería, por dieta o por simple contacto con un ambiente donde el parásito ya está presente. Lo notable es la eficacia del Toxoplasma gondii: circula, se adapta y persiste. Y cuando vuelve a su huésped ideal, el gato, el ciclo se reinicia. Un dato curiosísimo: estudios sugieren que, en pos de supervivencia, este parásito “hackea” el cerebro de ciertas “víctimas” animales, como los roedores, anulando su miedo al olor felino en pos de que los ratones se vuelvan más temerarios y, por tanto, presas más fáciles de capturar por gatitos.
Quizá este entramado —en el que el gato juega un rol clave en el ciclo del parásito— haya alimentado durante años una idea persistente: la del felino intrínsecamente riesgoso, siempre asociado al contagio, pese a que la evidencia científica revele una realidad bastante más acotada, como explica a continuación el doctor Faisal.
– Contrario a lo que muchos piensan, el gato no contagia de manera permanente: solo puede eliminar el parásito en la materia fecal durante un período breve, generalmente de 1 a 3 semanas, cuando se infecta por primera vez. Además, lo que elimina en las heces no es contagioso de inmediato: necesita permanecer en el ambiente entre 1 y 5 días para volverse infectante. Por eso, con medidas simples como limpiar la bandeja a diario y mantener una buena higiene, el riesgo de transmisión es muy bajo.

– Un gato con resultado negativo significa que nunca estuvo en contacto con el parásito y, por lo tanto, que podría infectarse en el futuro y eliminarlo. Un gato con anticuerpos positivos, en cambio, seguramente haya tenido la infección en el pasado y haya desarrollado inmunidad, lo que hace poco probable que esté eliminando el parásito. Independientemente, más que el resultado de un análisis aislado, lo más importante es cómo vive el gato: que no cace, que no coma carne cruda y que tenga una buena higiene en su bandeja. Esas medidas son las que realmente reducen el riesgo.
– No es una contraindicación absoluta, pero si se puede elegir, suele ser más prudente esperar hasta después del parto. Si se decide avanzar, es preferible un gato adulto, que viva dentro del hogar y que se alimente con comida balanceada o bien cocida. Los cachorros o los gatos que salen al exterior tienen más probabilidad de haber adquirido la infección recientemente. De todos modos, vuelvo a decir que con buenas medidas de higiene y evitando el contacto con heces, el riesgo sigue siendo bajo.
– Ser “seronegativa” significa no haber tenido contacto previo con el parásito, por lo que existe riesgo de adquirir la infección durante el embarazo y se deben extremar las medidas de prevención. Tener IgG positiva, en la mayoría de los casos, indica infección pasada y suele ser tranquilizador, ya que reduce significativamente el riesgo de transmisión al bebé. La IgM —un anticuerpo que aparece en fases tempranas— puede sugerir una infección reciente, pero su interpretación no siempre es directa y debe ser evaluada por el médico en conjunto con otros estudios. En mujeres seronegativas, se recomienda realizar análisis periódicos durante el embarazo para detectar una eventual infección en forma temprana. La frecuencia del seguimiento depende de cada caso y del criterio médico, pero el objetivo es identificar rápidamente una infección reciente para iniciar tratamiento oportuno y reducir el riesgo de transmisión al bebé.
– En la mayoría de los casos, la infección pasa desapercibida o da síntomas muy leves, similares a un cuadro gripal: fiebre baja, cansancio, dolores musculares o ganglios inflamados. Si hay una exposición de riesgo durante el embarazo, se debe consultar de forma inmediata para evaluación y eventual estudio. El diagnóstico precoz es clave para definir la conducta y reducir el riesgo de transmisión al bebé.

– Existen tratamientos médicos, es decir, fármacos, que pueden reducir el riesgo de transmisión al bebé y, en caso de que ocurra la infección, disminuir su gravedad. El esquema a utilizar depende del momento del embarazo y de los estudios realizados, por lo que siempre debe ser indicado y controlado por el equipo médico. El punto clave es el diagnóstico precoz: cuanto antes se detecta la infección, mejores son las posibilidades de intervención y de buen resultado.
– La transmisión no es por el aire, el parásito no se inhala. El contagio, como decía, ocurre por ingestión accidental, es decir, por llevarse las manos a la boca después de estar en contacto con material contaminado (las heces). El pelo y la saliva del gato no son vías de transmisión del parásito; se lo puede acariciar y convivir con él, manteniendo medidas básicas de higiene. De hecho, tomando recaudos elementales, el animal puede ser una compañía positiva. Convivir con una mascota puede ayudar a disminuir el estrés y mejorar el bienestar emocional, algo especialmente valioso durante el embarazo. El ronroneo, por caso, se asocia a sensaciones de calma, aunque no sea un efecto médico específico ni medible. También existen investigaciones que sugieren un posible efecto protector para alergias y asma, incluso en el bebé, pero no es un beneficio garantizado ni debería ser el motivo principal para adoptar una mascota.
– Que no tenga miedo, que no es necesario alejarse de las mascotas, pero sí adoptar algunos cuidados simples: evitar limpiar la bandeja del gato o hacerlo con guantes y lavado de manos posterior; mantener una higiene adecuada de frutas y verduras; consumir carne bien cocida; y usar guantes para jardinería. En el caso específico de los felinos, que tome recaudos para que no cace y lo alimente con comida balanceada o bien cocida. Son medidas bien simples que permiten convivir con tranquilidad.