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13 Ago 2026

Plástico: el invitado invisible que se sienta a tu mesa

Liviano, resistente y económico, revolucionó la vida moderna. Pero hoy sabemos mucho más sobre los compuestos del plástico, su presencia en el ambiente y su impacto sobre la salud humana. En esta nota, qué explica la Toxicología sobre sus efectos.

Un café para llevar servido en un vaso que parece de cartón pero que, en verdad, está recubierto por una película plástica impermeable. Su tapa descartable, concebida para evitar derrames durante el traslado, termina apoyada contra los labios sorbo tras sorbo, pese a que expertos no recomiendan ese contacto. El agitador de un solo uso gira apenas unos segundos antes de desaparecer en la basura. ¿Cuánto plástico ha pasado por nuestras manos antes siquiera de terminar el desayuno camino al trabajo? 

Aunque hoy parezca inseparable de la vida moderna, el reinado de este material es relativamente reciente. Entre las décadas del 50 y 70 del siglo pasado, empezó a expandirse a una velocidad inusitada: liviano, resistente, moldeable y económico. Sin embargo, a comienzos del XXI, científicos empezaron a prestar atención a un fenómeno preocupante: acuñaron el término “microplásticos” para describir diminutos fragmentos que ya se encontraban dispersos en ecosistemas de todo el mundo. Pronto quedó claro que el ser humano no estaba ajeno: ya sea a través de estas partículas que ingresan en la cadena alimentaria, o por los componentes químicos que los envases cotidianos desprenden, el material había encontrado la forma de entrar al organismo. 

Pero, ¿qué implica convivir con estas partículas? ¿Qué se sabe realmente sobre sus efectos en la salud? ¿Y qué permanece todavía en el terreno de la investigación? Para la doctora María Verónica Torres Cerino, jefa del Servicio de Toxicología del Hospital Universitario Austral, el desafío pasa por comprender sin caer ni en el alarmismo ni en la indiferencia. Según la experta, “lo importante es tener información y actuar en consecuencia: usar menos, mejor y evitar exposiciones innecesarias. O sea, consumir responsablemente”. 

Plástico: el invitado invisible que se sienta a tu mesa
Un vaso, una tapa, un agitador. Pequeños gestos cotidianos que muestran hasta qué punto el plástico forma parte de nuestra rutina.

No todos los plásticos son iguales

Hablar de el plástico como si fuera una única cosa puede resultar engañoso. “Cuando uno habla de este material, en realidad se refiere a muchos polímeros distintos que tienen características diferentes”, explica la doctora Torres Cerino. Algunos fueron diseñados para envases de bebidas; otros, para recipientes de alimentos, cubiertos descartables o bandejas. También difieren en las sustancias químicas que incorporan para ganar rigidez, flexibilidad, transparencia o resistencia.

Para identificarlos existe una pista que suele pasar desapercibida: el pequeño triángulo que aparece en la base o el reverso de muchos envases y recipientes. Dentro figura un número del 1 al 7 que indica el tipo de plástico utilizado. “Lo primero que hay que saber es que aquellos identificados con los números 3, 6 y 7 no están destinados a contener alimentos y bebidas”, señala. El caso del número 1, el famoso PET, habitual en botellas de bebidas, está pensando para un único uso. Con el tiempo, la exposición al sol, las bebidas ácidas o la reutilización reiterada pueden deteriorarlo y favorecer la migración de micropartículas y aditivos químicos hacia el contenido.

Cuando la temperatura entra en juego

Reconocer el tipo de plástico es apenas el primer paso. También importa —y mucho— el modo en que se utiliza. “La temperatura hace que sea más fácil que migren determinadas sustancias químicas al contenido”, aclara la especialista. A temperatura ambiente, muchos plásticos liberan cantidades nulas o prácticamente imperceptibles, pero el panorama cambia cuando se los expone al calor e incluso al frío intenso. Por eso, algunas prácticas cotidianas merecen una revisión; por ejemplo, calentar la leche del biberón o comidas en tupper directamente en el microondas. También se aconseja reemplazar aquellos recipientes que presentan desgaste visible, grietas o cambios de color, ya que el deterioro modifica sus propiedades originales. 

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El calor puede favorecer la migración de algunos compuestos químicos hacia los alimentos.

Pequeñas dosis, extensos períodos

Uno de los puntos que más enfatiza la toxicóloga es que el problema no debe interpretarse como una intoxicación inmediata. “No son peligrosas en términos de todo o nada, como un veneno”, aclara la profesional al referirse a los aditivos y compuestos presentes. La preocupación radica en otro mecanismo: exposiciones mínimas, sí, pero reiteradas y sostenidas durante años. “Son pequeñas dosis químicas por largos períodos de tiempo que se van acumulando en nuestros cuerpos”, cuenta la doctora Torres Cerino. 

Dicho de otro modo, el riesgo no está en una única botella reutilizada, en un café ocasional tomado con tapa descartable o en un recipiente calentado una sola vez. El problema sería el efecto acumulativo de innumerables gestos cotidianos: la dosis que aporta una botella, la que puede provenir de un tupper, la de un film plástico, la de una bandeja descartable. Cantidades mínimas consideradas por separado, pero que, sumadas a lo largo de décadas, constituyen una carga de exposición que la ciencia busca comprender cada vez mejor. 

Cuando las hormonas reciben señales equivocadas

Buena parte de la inquietud que despiertan hoy algunos plásticos está ligada a ciertos compuestos que actúan como disruptores endocrinos; es decir, sustancias capaces de interferir con el entramado hormonal que coordina múltiples procesos del cuerpo. “Son sustancias que se asemejan a hormonas”, recalca la doctora Torres Cerino, y precisamente por esa semejanza pueden enviar señales erróneas, bloquear mensajes biológicos o modificar mecanismos que intervienen en funciones tan diversas como el crecimiento, el desarrollo sexual, la reproducción o el metabolismo. El fenómeno suele ser silencioso y gradual: no se manifiesta de la noche a la mañana.

Acorde a la profesional, numerosas investigaciones han vinculado la exposición a estos compuestos con fenómenos como la pubertad precoz, la infertilidad, distintos trastornos reproductivos, la obesidad, diversas alteraciones metabólicas. Sin embargo, la especialista advierte contra las simplificaciones. “No significa que toda la obesidad o todos los trastornos metabólicos tengan que ver solo con esto. Sabemos que es un factor que contribuye”. Aún sin ser una causa única, lo que hoy aparece cada vez más claro es que la exposición sostenida incide en la salud y colabora con una mayor carga de enfermedad en la población.

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Ese pequeño triángulo en la base del envase dice más de lo que parece: identifica el tipo de plástico y orienta sobre su uso recomendado.

¿Qué significa encontrar plástico en nuestro cuerpo?

En los últimos años, diversas investigaciones detectaron además nanoplásticos en sangre, placenta, pulmones, incluso tejido cerebral humano; hallazgos que despiertan preocupación y generan titulares en todo el mundo. Para Torres Cerino, antes que una sorpresa, constituyen la confirmación de algo evidente: si estas partículas estaban presentes en el agua, el aire, los alimentos y los ecosistemas, era esperable que también terminaran formando parte de nosotros; después de todo, “somos parte del medio ambiente”.

“Todos tenemos plásticos en nuestro cuerpo, eso ya no hay quien lo discuta”, subraya. La pregunta hoy pasa por cómo reducir exposiciones innecesarias y comprender mejor sus consecuencias a largo plazo, todavía en estudio. Aclara, al respecto, que esto no equivale automáticamente a una patología como, por ejemplo, el cáncer. “Todo es tan multicausal que nunca es simple establecer una conexión ineludible entre una sustancia y una enfermedad”. 

De hecho, la especialista recuerda que los organismos internacionales clasifican las sustancias según el grado de evidencia disponible: mientras algunas ya fueron confirmadas como cancerígenas (el cigarrillo, por ejemplo), en otros casos la información sigue siendo insuficiente o permanece en el terreno de la sospecha. En el caso de los compuestos asociados a determinados plásticos, la evidencia continúa en construcción y muchas respuestas todavía no son definitivas. Ante ese escenario, entra en juego lo que Torres Cerino llama “principio precautorio: si hay indicios razonables de daño, conviene reducir la exposición antes de tener certeza absoluta”.  

Los primeros 1000 días

Aunque el plástico atraviesa toda la vida, no todas las etapas son igual de sensibles. Para la experta en Toxicología, existe una ventana particularmente importante que va desde la concepción hasta los primeros dos años de vida, un período conocido como los primeros 1000 días. Durante ese lapso se desarrollan órganos, sistemas y funciones biológicas fundamentales. Por eso, advierte, cualquier factor ambiental capaz de interferir con esos procesos merece especial atención. “Los primeros 1000 días son críticos”. La preocupación se extiende también a la infancia y la adolescencia, etapas marcadas por profundos cambios hormonales y de desarrollo. De allí que muchas recomendaciones para reducir exposiciones innecesarias pongan el foco en embarazadas, bebés, niños y jóvenes.

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Las botellas de PET (N.º 1) fueron diseñadas para un único uso. La reutilización reiterada y el desgaste pueden alterar sus propiedades.

Consumir mejor, no vivir con miedo

Frente a un fenómeno tan extendido, la tentación de eliminar por completo el plástico de la vida cotidiana puede parecer la única salida. Un enfoque no realista, empero. La clave, sostiene la doctora Torres Cerino, pasa por identificar cuándo sí pueden evitarse y reemplazarlo cuando existen alternativas. En algunos casos, los cambios son simples: optar por una botella reutilizable de acero inoxidable o vidrio, llevar una taza para el café en lugar de utilizar vasos descartables, almacenar alimentos en recipientes de vidrio o elegir biberones libres de BPA cuando sea posible. 

Recomienda asimismo prestar atención a innovadores biomateriales, por ejemplo, aquellos elaborados a partir de residuos vegetales —bolsas a base de arroz, entre otros— que comienzan a ganar terreno como alternativa. “Aunque todavía ocupan un lugar de nicho en el mercado, a diferencia de los plásticos, sí son degradables”, ofrece la experta, cuya reflexión va más allá: también alcanza otros hábitos de consumo.

Uno de ellos está en el placard. Porque, conforme nos recuerda, “el lavado de prendas sintéticas es una de las principales fuentes de contaminación a nivel mundial”. Cada ciclo libera diminutas fibras que continúan su recorrido. A tal punto que, a la fecha, se estima que más de un tercio de los microplásticos que terminan contaminando ríos, mares y océanos proviene del lavado de textiles sintéticos.

“Hay que pensar cuánto compro, cómo compro y qué impacto tiene todo lo que hacemos”, plantea Torres Cerino. Más que una invitación a vivir con miedo, su mensaje apunta a recuperar algo mucho más profundo.

La conciencia sobre aquello que consumimos y descartamos cada día. Porque, aunque el plástico forme parte inseparable del mundo moderno, comprender cuándo es realmente necesario, cómo utilizarlo de manera más segura y qué alternativas existen sigue siendo una de las herramientas más eficaces para cuidar tanto nuestra salud como la de nuestros seres queridos.

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