
En un hospital, casi todo puede medirse. La presión arterial, la saturación de oxígeno, la respuesta a un medicamento. Lo que difícilmente aparezca en la historia clínica es otra variable decisiva para atravesar cualquier internación: la experiencia de la vulnerabilidad. Muchos pacientes y familiares transitan momentos de fragilidad que requieren un sostén especial, en los que la escucha y cercanía pueden resultar profundamente reparadoras. De esa observación nació Proyecto Acompañar, una iniciativa impulsada desde el área de Enfermería y la Fundación Souviron que propone algo que, a primera vista, podría parecer menor dentro del universo hospitalario: ofrecer compañía a través de actividades recreativas, conversación, presencia. Detrás de esa idea hay una convicción que la práctica clínica y la investigación científica respaldan cada vez con más claridad: el bienestar emocional también forma parte del proceso de recuperación de los pacientes.

Cada día, por la mañana o la tarde, en algún piso del Hospital Universitario Austral, alguien golpea la puerta de una habitación sin traer fármacos ni resultados de laboratorio: lo que ofrece es presencia y sostén, un espacio donde el paciente —y su familia— pueda conectar con sus intereses y su mundo personal, más allá de su condición médica. “Lejos de ser detalles secundarios, la recreación y el vínculo social tienen efectos concretos en la salud”, destaca Alejandra Parisotto, directora de Enfermería del Hospital Universitario Austral.
“Cuando alguien se siente escuchado y comprendido, su ánimo mejora y su autoestima se fortalece”. Esa transformación anímica se traduce en beneficios vitales: quien logra distraerse o charlar suele descansar mejor y muestra una mayor adherencia al tratamiento, por mencionar solo algunos beneficios. “Parece algo pequeño, pero el resultado es notable”, señala la especialista, subrayando que estos momentos ayudan también a enfrentar la incertidumbre que muchas internaciones traen consigo.

Proyecto Acompañar funciona a través de voluntarios; muchos, estudiantes de distintas carreras de la Universidad Austral que se inscriben vía Vida Universitaria —programa formativo que promueve el desarrollo integral de los alumnos a través de arte, deporte, iniciativas comunitarias, cuya área de Acción Social está coordinada por Mariela Mucilli—. Otros llegan por fuera, gracias al boca en boca, o por la labor divulgativa de la Fundación Souviron que, asimismo, organiza todo el voluntariado y se encarga de guiar su capacitación y seguimiento.
La fundación está presidida por Corina van Waveren, quien llegó al hospital primero como madre: su hija Candelaria atravesó allí numerosas internaciones. Esa experiencia —revela— le permitió entender en primera persona cuánto puede significar para un paciente y sus seres queridos la presencia de alguien que se brinda con gratuidad, aportando su interés, su sensibilidad y su corazón para transformar el entorno hospitalario. A partir de ese recorrido comenzó a colaborar ella misma como voluntaria en el Servicio de Cuidados Paliativos, algo que, a su decir, le enseñó “que estar presente tiene un poder enorme. Muchas veces sentí que recibo más de lo que doy”.
Gracias a ese aprendizaje, decidió impulsar junto al hospital una estructura que permitiera ampliar y organizar el acompañamiento a pacientes internados. La inspiración llegó también al mirar experiencias internacionales, como las del Valley Hospital de New Jersey o el Sant Joan de Déu de Barcelona, cada uno con cientos de voluntarios integrados a la dinámica asistencial. “Cuando pregunté cuántos voluntarios había en el Austral y me dijeron ‘unos pocos’, supe que teníamos que hacer algo”, recuerda quien, dos años atrás, en un pispás se puso manos a la obra.

En cada piso del hospital hay kits recreativos preparados por la institución especialmente para el programa. Contienen materiales variopintos para pintar, tejer, armar pequeños objetos decorativos o resolver juegos como sopa de letras y tutifruti. La propuesta busca abrir pequeñas ventanas de distracción y creatividad dentro de un entorno que, por definición, suele estar atravesado por la espera y la incertidumbre. También hay propuestas literarias; por ejemplo, audiolibros accesibles mediante códigos QR que los pacientes pueden escuchar solos o junto al voluntario.
Uno de los dispositivos más singulares del proyecto, empero, es un cuaderno. Se llama Reflejos del alma y funciona como una suerte de diario personal para atravesar la internación. Sus páginas incluyen frases, poemas y espacios para escribir o pegar fotos. El paciente puede registrar allí lo que le pasa durante esos días: miedos, expectativas, enojos, recuerdos. “Es como un diario hospitalario”, describe la licenciada Parisotto. “El paciente puede ir contando lo que siente o lo que le está pasando. Y ese cuaderno queda para él”. La idea se basa en algo que la literatura médica describe desde hace tiempo: la narración personal puede ayudar a procesar una experiencia difícil, ordenar emociones y disminuir la ansiedad.
Algunos recursos, en fin, pensados para los pacientes pero también útiles para quienes colaboran, como primer gesto de acercamiento: una actividad compartida que ayuda a romper el hielo cuando dos personas se encuentran por primera vez. Con frecuencia, sin embargo, ocurre algo revelador: los juegos se dejan de lado para dar lugar a lo que verdaderamente trasciende: el encuentro a través de una valiosa conversación.

Antes de empezar, los voluntarios reciben una inducción sobre cómo moverse en el ámbito hospitalario, cómo acercarse a los pacientes, cómo reconocer y abordar situaciones sensibles. Además de historia y protocolos, el entrenamiento incluye el sostén de profesionales de Salud Mental, que los orientan no solo en el modo de estar con niños y adultos internados —y también para sus familias—: les brindan herramientas de autocuidado para atravesar esos momentos con resiliencia y sostener la presencia cuidándose a sí mismos.
Si bien el Hospital Universitario Austral trabaja con voluntarios desde hace mucho tiempo, la creación de Acompañar involucró un esquema organizado junto a la Fundación Souviron, que ordena el impulso solidario y lo transforma en un programa. “Además de la buena voluntad de la gente, que naturalmente es indispensable, hay capacitación, coordinación y un trabajo muy articulado con los equipos de salud”, explica van Waveren.
En efecto, hoy el voluntariado incluye entrevistas de ingreso, criterios claros de motivación y un sistema de asistencia permanente, además del registro de experiencias diarias. Esa articulación cotidiana la lleva adelante Dalia Montecinos, directora de voluntarios de la Fundación Souviron, que trabaja para detectar dónde un participante puede hacer una diferencia.
La asignación nunca es azarosa. “Buscamos que cada acompañante pueda sentirse cómodo con el paciente y, a la vez, preparado para lo que pueda suceder”, cuenta Montecinos sobre una labor diaria, en terreno, que realiza a conciencia junto al área de Enfermería. Un bonus clave: entre juegos o durante el diálogo distendido, muchas personas internadas revelan algún detalle importante que hace a su tratamiento —más dolor del habitual, cierta incomodidad física, una fecha importante que lo tiene inquieto, etcétera—, datos “al pasar” que el voluntario luego comparte con el equipo de salud y redundan en mejoras en el abordaje clínico.

“La compañía no solo beneficia al paciente, también al entorno familiar”, concuerdan tanto Parisotto como van Waveren: “Muchas veces los familiares aprovechan ese momento para tomarse un respiro, salir a tomar algo, ir al oratorio o resolver tareas básicas”. También buscan en los voluntarios alguien que los pueda escuchar, compartir sus experiencias de cuidado, sus aprendizajes en el camino. En particular, quienes vienen de lejos, han viajado de otras provincias o países para que sus seres queridos sean atendidos en el Hospital Universitario Austral, y por la distancia, no cuentan con su red de contención de siempre.
En pediatría, por ejemplo, las tareas pueden incluir relevar a madres y padres para que puedan tomarse un momento, irse a hacer trámites, descansar o lavar ropa, pero siempre de manera gradual: primero se construye un vínculo con el niño, con capacitación específica y seguimiento. A tal punto el suceso que no ha faltado la ocasión en la que, con los cuidados necesarios, organizaran incluso cumpleañitos para pequeños.
Una escena compartida en una habitación pediátrica donde nadie lograba romper el silencio: la paciente —una niña internada desde hacía meses— permanecía escondida bajo la manta y rechazaba cualquier intento de acercamiento: cada vez que entraba alguien, lloraba y pedía que se fueran. Cuando Teodelina Iguerabide, voluntaria del programa, asomó por la puerta, las enfermeras le advirtieron que probablemente tampoco tendría suerte. Entró igual. “Solo le dije ‘Hola, ¿cómo estás?’”, recuerda. Desde debajo de la manta, la chicuela se asomó apenas y respondió: “Vos sí podés quedarte”. Ese gesto mínimo —bajar la manta, permitir la presencia— fue suficiente para que el clima de la habitación cambiara. Con el tiempo, aquella paciente que no toleraba visitas empezó a conversar, a jugar y a compartir momentos que antes rechazaba.
Teo suele compartir tiempo sobre todo con pacientes pediátricos, y reconoce que esas pequeñas aperturas son las que más la impactan. A veces las enfermeras le advierten que cierto adolescente “no quiere hablar con nadie”, pero tras un primer intercambio el paciente termina pidiéndole que se quede más rato. “Te dejan entrar a su mundo”, comparte, entre la emoción y el agradecimiento. En algunos casos el vínculo se prolonga durante meses e incluso más de un año, especialmente cuando los chicos atraviesan internaciones largas: pacientes que pasan días enteros mirando televisión o encerrados en sí mismos, pero que ante una visita empiezan a conversar, jugar o simplemente compartir momentos distintos.

Estudiante de Psicología, Teo comenzó el voluntariado hace más de un año. La experiencia, cuenta, terminó funcionando como un puente inesperado entre la teoría y la práctica: situaciones que veía en clase aparecían frente a ella en los pasillos y habitaciones. Aun así, reconoce que ese contacto directo con pacientes, familias y equipos de salud se volvió una forma temprana de aprendizaje profesional: una manera de comprender, desde adentro, lo que significa acompañar a alguien en circunstancias tan vulnerables.
Es una dimensión que aparece una y otra vez entre quienes participan del proyecto: muchos voluntarios descubren que el tiempo que pensaban ofrecer a otros termina dejando una marca profunda en sus propias vidas. “Pasar por el voluntariado te transforma”, asegura Guillermina Álvarez, otra estudiante de la Universidad Austral que participa del programa. “Te hace una nueva persona: más atenta, más perceptiva, más humana, que disfruta más la vida”.
Cuando explica a sus amigos cómo pasa su tiempo libre —después de sus clases, recorriendo habitaciones del hospital— las reacciones suelen ser de sorpresa. “No entienden de dónde saco la energía”, cuenta con una gran sonrisa. “Y yo intento explicarles que justamente es ahí donde me recargo: en cada risa, en cada mirada curiosa, en sostener una mano o una lágrima”. La experiencia, asegura, cambia la forma en que uno mira la enfermedad, la fragilidad y también el paso del tiempo. “Sin dudas, es algo que elegiría nuevamente una y otra vez”, asegura. “Porque te cambia la concepción que tenés de la enfermedad, de la muerte y sobre todo de cómo pasamos nuestros días”.

Para quienes lo impulsan, el voluntariado no es un programa lateral dentro de la dinámica hospitalaria, sino una dimensión que completa el cuidado. “Es una capa más de lo que entendemos como el cuidado a nuestras dimensiones bio-psico-socio-espiritual”, ofrece Corina van Waveren. Escuchar, comprender, empatizar, aliviar: en sus palabras, se trata de “dar más vida a la vida”, una forma concreta de sostener el propósito que guía al Hospital Universitario Austral: “cuidar con sentido trascendente a cada persona”.
Esa experiencia también deja huella en quienes llegan a ofrecer su tiempo. Muchos jóvenes describen el voluntariado como un aprendizaje que excede cualquier aula y, a veces, incluso revela vocaciones. “Hubo estudiantes que me dijeron: ahora sé que quiero ser psicooncóloga”, recuerda Corina. El compromiso mínimo es de dos horas por semana, pero nunca se vive como una obligación. “Tal vez todos tendríamos que comprender —reflexiona Dalia Montecinos— que lo único que conservamos para siempre es lo que le damos a los demás”. Y así, entre conversaciones, juegos y silencios compartidos, el encuentro termina convirtiéndose en otra forma esencial del cuidado.
Para quienes deseen sumarse como voluntarios a Proyecto Acompañar, ya sean participantes externos o familiares del personal del hospital mayores de 18 años, pueden comunicarse con Dalia Montecinos escribiendo a daliamontecinos22@gmail.com o a DMONTESI@cas.austral.edu.ar.