Hay una frase que algunas personas pronuncian con una mezcla de resignación y extraño orgullo herido: “Ya sabía que esto iba a pasar”. La dicen cuando el auto no arranca el día de una reunión importante, cuando la lluvia arruina el evento planeado hace meses o cuando, finalmente, reciben ese mail que tanto temían. En ese momento, se sienten dueñas de una intuición infalible, poseedoras de un radar para la tragedia que les advirtió, con sutiles señales, que el desastre era inevitable. Sin embargo, la psicología clínica propone una lectura mucho más realista. Lo que se supone una “corazonada” suele ser, en realidad, el resultado de haber imaginado escenarios posibles, recorriendo mentalmente cada desenlace desfavorable. No es que la mente prediga lo que va a pasar: es que, entre todas las posibilidades que ensayó, reconoce la que finalmente coincide.
Ese mecanismo, en dosis acotadas, forma parte del repertorio habitual del comportamiento: anticipar, evaluar riesgos, prepararse. La ansiedad, en sí misma, no es un problema. Como explica la licenciada Inés Maidana, psicóloga del Servicio de Salud Mental del Hospital Universitario Austral, se trata de “una respuesta adaptativa”, un recurso que permite estar alerta frente a situaciones relevantes. Pero cuando esa anticipación se vuelve persistente, invasiva y empieza a vivirse como una certeza cargada de malestar —el cuerpo reacciona como si lo temido ya estuviera ocurriendo— deja de ser una herramienta útil y se convierte en una fuente de sufrimiento. Es ahí donde la psicología ubica lo que se conoce como ansiedad anticipatoria. Es decir, “ansiedad intensa ante la expectativa de una situación futura que todavía no ha acontecido, pero que se percibe como amenazante o negativa”, según la experta. En otras palabras, no se trata solo de pensar lo que podría pasar, sino de empezar a “vivirlo” antes de tiempo.

El quid de la cuestión es que, cuando se imagina con tal intensidad una desgracia, el cuerpo no espera a que el evento se concrete para reaccionar: dispara la alarma de inmediato. Los síntomas —taquicardia, inquietud, falta de aire— son los mismos que sentiríamos frente a un estímulo real. Maidana lo explica con una escena precisa: “una persona puede estar en la parada del colectivo, al aire libre, con espacio, sin encierro, y aun así empezar a experimentar la asfixia y la sensación de ahogo propias de una crisis de agorafobia”. Para el organismo, el peligro no es una posibilidad venidera: es una urgencia presente.
Sostener este estado de alerta constante no es gratuito para el organismo. Cuando la mente se instala en el futuro para ensayar catástrofes, somete al cuerpo a un estrés crónico que tiene consecuencias físicas tangibles. “Las personas que están en este estado tienen una secreción de cortisol elevadísima”, advierte la psicóloga. Esta hormona del estrés, segregada de forma permanente para combatir amenazas fantasmales, termina impactando en el metabolismo, la tensión arterial, la salud cardíaca. El cuerpo, literalmente, se agota peleando una guerra que solo sucede en la imaginación.

Este desgaste biológico se refuerza con lo que la psicología denomina sesgo confirmatorio. Al estar predispuestos al desastre, el cerebro selecciona y encadena eventos azarosos para que encajen en el guion previo. Si se corta la luz o se pincha una rueda, la persona no lo ve como un hecho fortuito, sino como la prueba de que su “intuición” era correcta. Es lo que Maidana describe como una profecía autocumplida: “Se hace una lectura secuencial de distintos eventos y se los une como si fuera una nube negra que nos persigue”.
Desde una perspectiva cognitiva, este fenómeno se entiende justamente como un sesgo en el procesamiento de la información. Pero, como advierte la especialista, también puede leerse desde una perspectiva más psicodinámica: no se trata solo de un error de pensamiento, sino de la posición subjetiva desde la que la persona interpreta lo que le ocurre. En esa construcción, lo central no es tanto el hecho en sí como el sentido que se le adjudica: no es lo que ocurre, sino qué le pasa a la persona con eso que ocurre.
En el fondo, esta urgencia por adivinar lo que vendrá revela nuestra profunda dificultad para convivir con la incertidumbre. La anticipación funciona como un intento de control: si el futuro no puede dominarse, al menos puede simularse. Maidana utiliza una analogía muy clara para desafiar esta postura: la vida es como una perinola, donde “lo que toca, toca”. Sin embargo, nuestra estructura mental rechaza el azar. Históricamente, el ser humano ha buscado explicaciones mágicas o divinas para lo incontrolable —desde las plagas de Egipto hasta la mitología griega— y la ansiedad anticipatoria es, en cierto sentido, una versión contemporánea de ese impulso.

Para las personalidades más rígidas u obsesivas, este proceso suele ser rumiante. A diferencia de la anticipación que mira hacia adelante, la rumiación es una vuelta constante sobre lo mismo, a veces incluso de forma retroactiva. “El pensamiento vuelve una y otra vez, de manera concatenada, y no hay un corte”, explica la especialista. A la vez, esta dinámica puede traducirse en conductas limitantes: evitar situaciones, postergar decisiones, reducir progresivamente el margen de acción para no enfrentarse a aquello que se teme. Lo que comienza como un intento de protección termina, muchas veces, achicando la vida cotidiana.
Salir de este laberinto no es una cuestión de voluntad inmediata ni de soluciones mágicas, ya que implica reeducar rasgos de la personalidad instalados durante años. “El abordaje clínico suele ser interdisciplinario, combinando herramientas terapéuticas —desde enfoques cognitivo-conductuales hasta lecturas más psicodinámicas— y, en los casos en que la ansiedad interfiere de manera significativa en la vida cotidiana, incluso apoyo farmacológico”, explica la licenciada. Un criterio clave para la consulta es justamente ese: cuando la anticipación empieza a afectar el funcionamiento laboral, social o afectivo, o se vuelve una fuente sostenida de malestar en el cotidiano.

El cambio fundamental no pasa por “dejar de pensar” lo que preocupa, sino por modificar la posición desde la que se lo vive. Como plantea Maidana, el objetivo es desplazarse desde el lamento pasivo de la pregunta “¿por qué me pasa esto?” hacia una posición operativa: “¿qué hago con esto que me pasa?”. Ese giro corre a la persona del lugar de quien espera que algo deje de suceder y la ubica en un rol activo frente a su realidad.
También implica aprender a acotar. Frente a una mente que se expande en múltiples escenarios, hacer foco —en una acción concreta, en la respiración, en lo inmediato— permite ordenar la experiencia y reducir la desorganización. El desafío, en definitiva, es entender que preocuparse antes de tiempo no evita la lluvia. Solo obliga a caminar empapados mucho antes de que caiga la primera gota.