Estar en lista de espera es aprender a vivir con el tiempo suspendido. Es esa vigilia constante donde el teléfono se vuelve una extensión de la mano y una valija, siempre lista junto a la puerta, aguarda el momento de salir —ya sea bajo el sol de la mañana o en el silencio de la madrugada—. En el mundo del trasplante, cada latido del reloj cuenta y cada decisión es, en su esencia más pura, el límite entre el final y un nuevo comienzo.
Para quienes esperan un trasplante, en efecto, el tiempo adquiere un significado diferente. La lista de espera no es solo un registro administrativo: es un período atravesado por la incertidumbre, el miedo y la angustia, pero también por la esperanza. La espera puede ser larga y emocionalmente desafiante. Cada llamado telefónico puede significar una oportunidad.
“No hay nada más lindo que hacer esa llamada, la que avisa al paciente que el órgano ya está en camino”, confiesa la doctora Josefina Pagés, médica de la Unidad de Hepatología, Trasplante Hepático del Hospital Universitario Austral. Desde hace años se mueve en ese territorio donde la medicina se cruza todos los días con decisiones extremas: cuidar a pacientes que aguardan un trasplante.

En el Día Internacional del Trasplante de Órganos y Tejidos, que se conmemora cada 27 de febrero, su experiencia permite asomarse al funcionamiento de un sistema complejo, altamente regulado y todavía insuficiente para dar respuesta a todas las personas que hoy esperan órganos y tejidos: de riñones a córneas, de corazones a hígados, de páncreas a pulmones, cada cual con sus reglas propias, tiempos distintos y criterios específicos de asignación.
En este preciso instante, de hecho, 9493 personas esperan un trasplante en Argentina. Aunque la donación creció en los últimos años, la brecha entre necesidad y disponibilidad sigue siendo grande. En cuanto a los centros habilitados, realizar esta clase de cirugía exige infraestructura específica, equipos altamente entrenados y una logística capaz de responder en cuestión de horas, factores que también condicionan la capacidad real del sistema. El Hospital Universitario Austral es uno de ellos: allí se desarrollan distintos programas —desde corazón y riñón hasta hígado y páncreas— y se reciben pacientes con cuadros críticos derivados no solo de Argentina sino de toda América Latina.
El trasplante hepático —uno de los más frecuentes y técnicamente exigentes— sirve como modelo para entender cómo se organiza la espera y qué ocurre cuando finalmente llega un órgano compatible…

No todos los pacientes llegan al trasplante hepático del mismo modo. “Algunos atraviesan durante años una enfermedad crónica que progresa lentamente hasta una cirrosis avanzada, con complicaciones como ascitis, sangrados digestivos o deterioro neurológico. Otros entran en una situación límite en cuestión de horas. Por ejemplo, una persona sana que contrae un virus y, de un día para otro, su hígado falla. Si no se la trasplanta, se muere. Eso es una emergencia nacional”, explica la doctora Pagés.
En la lista de espera no rige una simple cola. En hígado, ejemplifica, la prioridad se define por un puntaje pronóstico —el MELD— que estima el riesgo de muerte a corto plazo. “Cuanto más alto es el puntaje, más grave está el paciente y antes accede al órgano”, detalla la profesional que, de igual modo, aclara: en situaciones particulares, cuando la gravedad clínica no queda reflejada en los números, los equipos pueden solicitar excepciones al INCUCAI.

La espera rara vez es pasiva. Para muchos pacientes del interior implica mudarse durante meses a Buenos Aires, lejos de sus seres queridos, para estar cerca del hospital cuando llegue el tan anhelado llamado. “La ventana de oportunidad es muy breve, de pocas horas. Por eso pedimos que se queden en las inmediaciones, no a cientos de kilómetros”, añade. El tiempo de espera es imprevisible: puede ser de algunos meses o prolongarse durante años.
Cuando finalmente aparece un órgano compatible, todo se activa en una carrera contrarreloj. Del otro lado del teléfono, alguien recibe una noticia que dividirá su historia en dos grandes partes -el antes y el después del trasplante-. En paralelo, mientras el paciente llega al hospital y el quirófano se prepara a sabiendas de que cada minuto cuenta, los equipos quirúrgicos especializados viajan -en vuelo sanitario, de ameritarlo- para buscar el órgano. En general, para todos, el clima es de premura y contento. “
La cirugía no es un punto final sino un comienzo exigente. “Los primeros seis meses son los más delicados: controles frecuentes, mayor dosis de inmunosupresores, riesgo de infecciones…”, relata la doctora Pagés. A partir de allí, el seguimiento incluye esquemas de vacunación específicos y chequeos preventivos regulares —dermatológicos, odontológicos, ginecológicos o urológicos, entre otros— para detectar a tiempo posibles complicaciones asociadas a la inmunosupresión. La medicación será de por vida. “Pero el objetivo del trasplante no es solo salvar una vida: es reinsertar a esa persona socialmente”, subraya. “Que vuelva a trabajar, a tener vínculos, a vivir como lo hacía previo a enfermarse”.
Los resultados acompañan. En trasplante hepático, por ejemplo, la sobrevida a cinco años supera hoy el 80 por ciento. La pérdida del injerto es infrecuente —“menos del 10 %”— “Si la persona toma bien la medicación y lleva una vida saludable, el nuevo hígado puede durar toda la vida”, afirma la experta.
Mientras la ciencia avanza con nuevas tecnologías y mejores estrategias de conservación, el corazón del sistema sigue siendo el mismo: sin donación no hay trasplante posible. Para quienes esperan, cada órgano representa una segunda chance de vida por la que luchan a diario. El Día del Trasplante es una oportunidad para reflexionar, informar y generar conciencia. Hablar de donación salva vidas. Acompañar a quienes esperan un trasplante también es una forma de cuidado. “Como institución de salud —recuerda la doctora Pagés— renovamos nuestro compromiso con la promoción de la donación de órganos, con la atención de calidad y con el acompañamiento respetuoso y empático de cada paciente y de su familia”.