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17 Dic 2025

La trama emocional de las fiestas

Entre la alegría y el agotamiento, entre los reencuentros y las ausencias, diciembre se vuelve un terreno de emociones intensas. La psicóloga María Inés Maidana explica cómo transitar las fiestas con menos exigencia, más registro y vínculos más cuidados.

Hay quienes esperan las fiestas con entusiasmo genuino, y quienes llegan apenas haciendo equilibrio: entre la mesa larga y la ausencia de quienes ya no están; entre la presión por “estar bien” y lo que realmente sienten; entre el cansancio acumulado y las demandas de una celebración que aparece justo cuando la energía escasea. 

Según la licenciada María Inés Maidana, psicóloga del Servicio de Salud Mental del Hospital Universitario Austral, “Navidad y Año Nuevo movilizan porque nos ponen frente a lo que más importa: los vínculos”. Y lo hacen en un contexto saturado de expectativa, memoria y contraste: la casa que se prepara a las apuradas, los platos que “no pueden faltar”, y ese sonido de fondo que mezcla risas, conversaciones superpuestas y una playlist improvisada.

“Es un momento en que todo se vuelve más visible: lo que se construyó —o no— durante el año, lo que se resintió, lo que no se ha resuelto. Esta instancia compartida reactiva lo que está latente: los afectos, las distancias, las heridas”, señala la especialista, antes de adentrarse en cómo transitar estas emociones sin negarlas, y encontrar —aún entre el ruido y la nostalgia— el modo más amable de vivir una época que toca fibras sensibles.

La trama emocional de las fiestas
En las fiestas, los vínculos también se ponen sobre la mesa.

Los vínculos sobre la mesa

La cena puede parecer una reunión simple, pero lo que se juega ahí va mucho más allá que la elección del menú o la bebida para el brindis. Las discusiones aparentemente triviales —si alguien llega tarde, si otro no trae nada, si la organización recae siempre en la misma persona— condensan roles, historias y viejas tensiones. “Detrás de todo eso, que puede parecer frívolo, hay una connotación afectiva”, explica la psicóloga, pronta a destacar que diciembre todo lo amplifica: las despedidas de trabajo, los cierres de ciclo, la necesidad de multiplicarse entre encuentros sociales dejan poco resto emocional. Para cuando llega la noche del 24 o el 31, los nervios ya vienen templados.

En ese contexto, poner límites no es distancia: es cuidado. “El límite es como la baranda de un balcón: me indica hasta dónde puedo ir. No es desamor; por el contrario: es continente, es amoroso. Evita que después caigamos en la pelea”, desarrolla la licenciada Maidana. En esa línea, anticipar cómo distribuir tareas, evitar los temas que generan rispideces y permitir que cada uno se acerque hasta donde puede, ayuda a bajar tensiones. “No hay que vivir el límite con culpa. El límite, bien puesto, libera”, recalca la experta. 

Ausencias que duelen

Para muchas familias, diciembre revive pérdidas: una silla vacía, la receta que alguien ya no cocina, ese adorno del arbolito que se deja en el mismo lugar por tradición heredada. No nombrar no calma. “Es un falso concepto pensar que hablar o mencionar va a causar más tristeza. Al contrario: lo que se tapa genera más dolor. Lo no dicho duele doble”, asevera la psicóloga. Un brindis, una frase breve o un gesto mínimo pueden funcionar como pequeñas ceremonias reparadoras, sin transformar la reunión en un espacio de duelo.

“
¿Por qué no nombrarlo? ¿Por qué no hacer algo que a quien está extrañando le haga sentir acompañamiento?”
Lic. María Inés Maidana, psicóloga del Hospital Universitario Austral.

Cómo lidiar con los Grinch familiares

Otra escena frecuente, postal de casi todas las celebraciones: alguien que llega malhumorado, seco, medio “grinch”, sin ganas de festejo. Ese malestar —explica la profesional— no necesariamente es una pose ni un capricho: “Muchas veces esa irritabilidad esconde algo más hondo”. Puede ser un año difícil, un desgaste emocional acumulado o sentimientos que todavía no encuentran espacio. La clave es no tomarlo como algo personal ni exigir entusiasmo. “Si no se puede forzar la alegría, tampoco se puede forzar la tristeza. Los sentimientos son”, recalca la experta. Dejar espacio, acompañar sin invadir y permitir que cada quien llegue como puede, ayuda a descomprimir la velada. 

De soledades

Hay personas que prefieren pasar las fiestas solas. Lo viven como una elección sin nostalgia ni conflicto. Esa soledad no duele porque es voluntaria. Muy distinto es cuando la soledad no es elegida: cuando alguien quisiera compartir la fecha, pero no tiene con quién. Puede ocurrir por vínculos que se aflojaron, amistades o familia lejos, momentos de la vida en los que la red afectiva se vuelve delgada o trabajos que obligan a estar de guardia —en salud, seguridad, fábricas o transporte— mientras otros brindan.

Ahí, dice Maidana, la empatía importa más que nunca: un mensaje, una invitación sencilla o un lugar en la mesa puede alcanzar. O bien, sumarse a acciones solidarias concretas: existen ONGs que acompañan a adultos mayores o que se acercan, después de la medianoche, a fábricas, garitas de vigilancia o puestos de trabajo nocturnos para saludar, conversar un rato o acercar un pedazo de pan dulce a quienes no escogieron estar solos esa noche.

La trama emocional de las fiestas
Las redes generan presión adicional: estar presente también es soltar un rato el teléfono.

Expectativas y redes

En cuanto a las celebraciones, la presión no viene solo de lo emocional: viene también de lo que se muestra. La mesa “perfecta”, los regalos simétricos bajo el árbol, la foto grupal donde nadie parpadea. Y detrás de otra pantalla, la comparación silenciosa. “Lo que uno sube o ve en redes sociales puede disparar algo que movilice a otro de una manera no muy saludable”, recuerda Maidana, que asimismo señala: “Si estoy con el dispositivo sacando fotos, no estoy realmente presente con mis seres queridos”. La tensión económica también deja huella. Regalos, comidas, ropa nueva: cada gasto pesa distinto según quién mire. Y aparece la tentación de impresionar, que nada tiene que ver con agasajar. “Hay quienes intentan impresionar. Eso es muy distinto de un gesto o de un reconocimiento”. 

¡Exhaustos!

El cansancio de diciembre tiene un peso particular. Y, para la licenciada Maidana, tiene nombre y apellido: burnout gregoriano. No es una categoría clínica, explica, sino una manera de describir esa presión tan conocida que aparece cuando sentimos que todo debe quedar resuelto “antes de fin de año”. “Creemos que hay que cerrar asuntos, saldar deudas, tener conversaciones pendientes y hasta acomodar la vida antes del 31 solo porque el año se divide en 12 meses. Pero no hay ninguna evaluación real ese día. Es una convención”, destaca.

Esa idea —tan instalada como arbitraria— empuja a muchas personas a apurar procesos, sobreexigirse, intentar hacer en 30 días lo que no hicieron en 11 meses. Y ahí aparece la factura emocional: irritabilidad, ansiedad, insomnio, falta de concentración, tensión en los vínculos y un humor que se vuelve frágil. La psicóloga lo resume así: “Llegamos muy cargados”.

El antídoto es menos heroico y más simple: frenar, bajar la vara, repartir tareas, soltar lo que no llega a tiempo, revisar expectativas y recordar que ninguna celebración depende de un día en particular. También habilitarse a cambiar planes si la agenda o el ánimo no acompañan. “Si no pudimos juntarnos ese día, nos juntamos el 2, el 3 o el 5. No pasa nada”. 

La trama emocional de las fiestas
Mirar al otro y pedir apoyo cuando hace falta también es parte del encuentro.

Cuando consultar es cuidarse

Hay años en que diciembre pesa distinto. En que lo emocional se vuelve más sensible, la memoria afectiva se activa con intensidad y la celebración se siente más como una cuesta que como un encuentro. Hay señales que conviene escuchar, describe la especialista: “Si uno se siente muy irritable, con una melancolía mucho más profunda de lo habitual, o si aparecen preguntas como ‘¿por qué estoy solo?’… es un buen momento para consultar”. 

A eso se suman, profundiza la licenciada, otros indicios que pueden intensificarse en esta época: dificultad para dormir, ansiedad en aumento, tristeza persistente, enojo fuera de proporción, agotamiento emocional o problemas para sostener cierta armonía en las reuniones familiares. No se trata de dramatizar, sino de registrar cuándo la carga supera lo que uno puede manejar solo.

Cada diciembre aumentan las consultas, y lejos de verlo como un fracaso, Maidana lo interpreta como un gesto de lucidez: un indicio de que alguien está pudiendo poner en palabras lo que le pasa. Buscar ayuda con un experto en Salud Mental no es una caída. Es —dice— una forma de cuidarse.

Volver a mirar al otro

Hacia el final de la conversación, la psicóloga deja una reflexión que trasciende a las fiestas: “A veces, por estar demasiado atentos a nosotros mismos, descuidamos al otro. Y no hay construcción personal sin un otro”. Quizás, en medio de los brindis, las sobremesas largas, las playlists mezcladas y ese aroma inconfundible de sidra recién abierta, la brújula sea esa: recordar por qué nos reunimos —por afecto, por historia, por ganas de estar un rato juntos— y no por cumplir con una fecha, mirar al otro, pedir compañía si la necesitamos, ofrecerla si podemos.

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