Hay preguntas para las que nadie está preparado. “¿Cómo le digo a mis hijos que tengo cáncer?” es una de ellas. Tras el impacto inicial del diagnóstico, muchas madres y padres descubren que su mayor temor no está en los tratamientos ni en los estudios médicos, sino en esa conversación pendiente: la de sentarse frente a los chicos y encontrar las palabras para relatar algo que a ellos mismos les genera miedo e incertidumbre. ¿Cómo hablar de la enfermedad sin abrumarlos? ¿Cuánta información necesitan? Y, sobre todo, ¿cómo acompañarlos cuando no se tienen todas las respuestas?
Para responder estas y otras dudas frecuentes, conversamos con la licenciada Daniela Berdinelli, psicooncóloga del Hospital Universitario Austral, quien acompaña a pacientes y familias en distintas etapas de la enfermedad. Desde su experiencia, no existe un libreto universal ni una manera perfecta de abordar esta conversación: “cada familia tiene su historia, cada hijo su forma de comprender lo que ocurre y cada diagnóstico plantea desafíos distintos”. Sin embargo, algunas claves pueden ayudar a transitar ese momento con más confianza y la tranquilidad de saber que no se trata de encontrar las palabras exactas, sino de construir un diálogo sincero, amoroso y acorde a cada edad.
Muchas veces, el silencio nace de una buena intención: evitar preocupaciones en los más pequeños. Pero los hijos rara vez permanecen ajenos a lo que ocurre a su alrededor: detectan cambios en las rutinas, perciben las preocupaciones de los adultos y notan que algo no marcha como siempre. Las consultas médicas, las ausencias, las idas y vueltas al hospital o los susurros entre adultos suelen ser señales difíciles de pasar por alto.

“Cuando un chico no tiene respuestas, completa esos puntos suspensivos”, señala la licenciada Berdinelli. El riesgo es que esos espacios en blanco “se llenen de fantasías que pueden resultar mucho más inquietantes que la realidad”. Algunos pueden imaginar escenarios alarmantes; otros, incluso, llegar a pensar que tuvieron algo que ver con lo que ocurre. Por eso, la especialista recomienda abrir un diálogo sincero, con palabras simples y acordes a cada etapa de desarrollo. Más que una charla perfecta, “lo importante es que encuentren un lugar donde hacer preguntas y sentirse acompañados mientras intentan comprender lo que está sucediendo”.
Una de las dudas más frecuentes es si conviene hablar con los hijos apenas se recibe el diagnóstico. Para Berdinelli, no necesariamente. Aunque la recomendación no es ocultar lo que ocurre ni postergar indefinidamente la conversación, sí puede ser útil darse un breve tiempo para asimilar la noticia antes de sentarse a hablar.
“Primero hay un proceso personal”, explica la especialista. Después del shock inicial, es esperable atravesar momentos de confusión, de temor. Por eso, antes de comunicar, puede ser valioso contar con algo más de información: sobre los estudios venideros, los tratamientos, los próximos pasos. “La idea es llegar a la charla con un mínimo de claridad sobre lo que está ocurriendo, estar un poquito más preparada”, sintetiza la profesional.
Si hay algo que Berdinelli subraya en repetidas ocasiones es que no existen recetas universales. La forma de hablar de la enfermedad dependerá de la edad del hijo, pero también de su personalidad, su grado de madurez y su manera de procesar lo que ocurre. “Cada padre conoce a su hijo”, resume. Por eso, más que buscar una fórmula rígida, la especialista recomienda adaptar la conversación al nivel de comprensión de cada chico. Mientras algunos necesitarán explicaciones breves, otros querrán hacer más preguntas o entender mejor qué está sucediendo.
En todos los casos, la clave es evitar tanto el exceso de información clínica como las exposiciones confusas. A menudo, las preguntas concretas encuentran alivio en respuestas igual de concretas. El objetivo no es transmitir todos los detalles del diagnóstico o del tratamiento, sino ofrecer la información que cada hijo necesita para comprender la situación sin sentirse abrumado.

Para muchas familias, esa es una de las primeras dudas. Después de todo, sigue siendo una palabra que genera temor incluso entre los adultos. ¿Hay que nombrarla? ¿Es mejor buscar otras formas de explicarla? Para Berdinelli, no existe una respuesta única. La forma de abordar la conversación también dependerá de la edad del chico, de su nivel de comprensión y también del momento que atraviesa esa familia.
En lo que sí hace hincapié la especialista es en nombrar de manera tranquilizadora, sin eufemismos, de forma gradual y acompañando la información dosificada con frases claras y adecuadas a cada estadio. “Vamos hablando de a poco, generando un proceso de comunicación sincera”, propone la psicooncóloga, a la par que aclara: “En ese recorrido, también es válido reconocer que no se tienen todas las respuestas”. Frente a algunas preguntas, decir “eso todavía no lo sé” o “se lo voy a preguntar al médico” puede resultar más honesto y útil que intentar transmitir certezas apresuradas.
Después de todo, la conversación no termina el día que se comunica el diagnóstico: continúa a medida que aparecen nuevas dudas, cambios en el tratamiento o inquietudes propias de cada edad. En ese sentido, es importante respetar los tiempos de cada hijo: “Algunos escuchan la noticia, vuelven a jugar y parecen seguir con su rutina como si nada hubiera ocurrido, eso no significa que les resulte indiferente: muchas veces necesitan tiempo para procesar la información y las preguntas aparecen más tarde, durante una caminata, en el coche, yendo a la escuela…”, observa la experta.
De hecho, aclara que las reacciones tampoco son iguales para todos. Algunos necesitarán hablar enseguida; otros parecerán seguir como si nada hubiera ocurrido. También puede aparecer enojo o una mayor necesidad de estar cerca de mamá o papá. Según Berdinelli, forman parte de respuestas esperables mientras cada pequeño encuentra su propia manera de procesar la noticia.
Cuando mamás y papás imaginan la charla, suelen anticipar preguntas difíciles sobre la patología o el futuro; sin embargo, en ocasiones las dudas de los chicos están más ligadas a su día a día: “¿Quién me va a buscar al colegio?”, “¿Quién me va a cuidar?” o “¿Cómo van a ser las rutinas ahora?” son algunos interrogantes que, acorde a la licenciada Berdinelli, aparecen con frecuencia, especialmente entre los más pequeños. Más que entender todos los detalles del diagnóstico, muchos necesitan saber qué cosas van a cambiar y cuáles seguirán siendo iguales.
Por eso, además de ponerle palabras a la patología, puede ser práctico prever aspectos de la nueva dinámica: contar quién los acompañará a sus actividades, quién estará con ellos durante una internación o cómo se organizarán los días siguientes, en pos de aportar calma y previsibilidad. En un momento en que muchas de sus referencias habituales comienzan a modificarse, esas pequeñas certezas se convierten en un sostén importantísimo, al igual que mantener sus rutinas.

A medida que avanza el tratamiento, empiezan a aparecer cambios que los chicos pueden notar; por ejemplo, la caída del cabello, en el caso de la quimioterapia. Para Berdinelli, adelantar esas transformaciones ayuda a que las vivan con menos desconcierto. Al explicarlo a los más pequeños, la especialista suele recurrir a una imagen cercana: la del otoño y la primavera. “Así como los árboles pierden sus hojas durante una estación y vuelven a llenarse de brotes en la siguiente, el cabello puede caerse durante el tratamiento y crecer más adelante”, narra la psicooncóloga, brindando una analogía que “ayuda a entender qué está pasando y aclarar, además, que es algo transitorio”.
Lo mismo ocurre con el cansancio o, por caso, las visitas al hospital: ponerles nombre y contexto permite que esos cambios no sean interpretados como señales alarmantes, sino como parte del camino que mamá o papá están recorriendo para recuperarse. De hecho, aunque muchos adultos sienten la presión añadida de mantenerse enteros para no preocupar a sus hijos, no es necesario permanecer imperturbables: el agotamiento puede formar parte del proceso, lo importante es darle un sentido. Sin fingir que nada pasa; tampoco cargándolos con preocupaciones que no les corresponden: en la justa medida.

Hay una aclaración que, según Berdinelli, es importante hacer: nadie provocó la patología. Aunque para los adultos parezca una idea lejana, algunos chicos pueden cuestionarse si tuvieron algo que ver con lo que está pasando. “¿Será porque hice renegar a mamá?” o “¿Será porque me porté mal?” son asociaciones que, especialmente en los más pequeños, pueden aparecer con más facilidad de la que imaginamos. Por eso, la especialista recomienda dejar en claro desde el principio que nadie es culpable de lo que sucede. Y, asimismo, despejar otro temor frecuente: que el cáncer no es contagioso. A veces, unas pocas palabras alcanzan para evitar que una duda se transforme en una carga pesada y gratuita.
Cuando una familia recibe un diagnóstico de cáncer, el acompañamiento no tiene por qué recaer únicamente sobre los padres: abuelos, tíos, amigos y otras figuras significativas también pueden convertirse en aliados importantes. En ese sentido, Berdinelli recomienda informar al colegio sobre la situación. Además de pasar muchas horas allí, los chicos suelen encontrar en sus maestros una referencia de confianza. “Están contenidos y observados por sus docentes”, ofrece la especialista. Por eso, contar con una escuela al tanto de lo que sucede puede ayudar a detectar cambios de ánimo, dificultades o preocupaciones que quizá no aparezcan en casa.
La ayuda también adopta formas más cotidianas: alguien que los retire del colegio, los acompañe a una actividad o sostenga ciertas rutinas mientras mamá o papá atraviesan una etapa especialmente demandante del tratamiento. Porque esa red beneficia a los hijos, sí, pero también permite que la persona pueda descansar, recuperarse después de una sesión de rayos o quimio, o simplemente atravesar días difíciles con algo más de alivio. “Una cosa es lo ideal y otra cosa es lo posible”, recuerda Berdinelli, destacando la importancia de identificar los apoyos disponibles y animarse a pedir ayuda cuando hace falta.

Por cierto: si con el paso de las semanas aparecen cambios significativos en la conducta, tristeza persistente, aislamiento o dificultades que preocupan a la familia, Berdinelli recomienda consultar primero con el pediatra de cabecera. Por conocer la historia del niño y su contexto, suele ser una buena puerta de entrada para evaluar si hace falta algún acompañamiento adicional.
Si en algo insiste la experta es en que no existe un manual para atravesar la experiencia. “Los papás van a hacer lo mejor que pueden”, manifiesta Daniela Berdinelli, recomendando no sumarse presión ni exigencias. Después de todo, la meta es brindar presencia, sensibilidad, amor, escucha y honestidad a los hijos en un momento particularmente vulnerable para todos. Que ellos sepan que estamos a su lado para acompañarlos y recorrer juntos lo que venga.