“Nadie regresa solo de un sitio tan oscuro”: la frase de Marcelo Kardonsky no es un eslogan, sino una certeza ganada a pulso. Después de atravesar un cáncer de piel atípico, este ingeniero y consultor psicológico celebra lo que él mismo llama su “alta existencial”, el comienzo de una etapa donde su relación con el tiempo ha cambiado. Ya no se mide en diagnósticos ni tratamientos sino en proyectos, afectos, alegrías y pequeñas victorias diarias.
A finales de 2019, un “detalle” trastocó su vida. Una mañana, el gesto automático de ponerse el reloj pulsera se volvió imposible. No había dolor, pero sí una señal muda que terminó convirtiéndose en una voz de alerta: la muñeca estaba tan hinchada que la malla no cerraba. Marcelo tenía entonces 76 años, y una vida activa marcada por la curiosidad, una atención poco habitual a los detalles y el impulso persistente por comprender. Ese episodio dio lugar a una cadena de consultas médicas hasta dar con el diagnóstico: carcinoma de Merkel.

“Es un tipo de cáncer de piel neuroendocrino, muy poco frecuente y agresivo. En mi caso, ya presentaba compromiso ganglionar”, señala sobre esta “enfermedad con nombre ominoso”. “No es difícil imaginar el abismo que se abre ante una noticia así”, rememora, y pronto desanda el recorrido inicial esperable: interconsultas, tratamientos sugeridos, incertidumbres inevitables. La quimioterapia aparecía como la única opción posible, aunque con beneficios limitados. En esa encrucijada, llegó al Hospital Universitario Austral, donde se realizaron los estudios que permitieron identificar con precisión una patología inhabitual.
Según Marcelo, en el Servicio de Oncología encontró un equipo que combinaba dos cosas que no siempre van juntas: actualización científica y calidez humana. En particular, en la doctora Yoana Vanni, a quien le agradece que, desde el primer momento, le hablara con claridad y franqueza. Fue ella quien le sugirió un camino de vanguardia: la inmunoterapia con avelumab, que recién empezaba a utilizarse en Argentina.

“Es una forma de tratamiento que no ataca directamente al tumor, sino que le saca los frenos al propio sistema inmune para defenderse. Como si destrabara llaves internas”, siembra analogía este ingeniero mecánico que se interiorizó cabalmente en el proceso. Casi tanto como antaño conociese de pé a pá los engranajes de las rotativas de un prestigioso matutino, donde trabajó como gerente de mantenimiento; o bien, los vericuetos de la mente como consultor psicológico, segunda vocación que lo llevó a retomar los estudios a los 60.
“Yo necesito involucrarme, estudiar, averiguar”, precisa quien también reconoce la importancia de confiar. Finalmente, como él mismo admite, “en todo proceso de sanación, la confianza es una manera de empezar a sanar”.
Esperanzado, empezó un tratamiento que consistió en una aplicación cada catorce días durante dos años. Le tocó atravesar los pasillos de un hospital transformado por la pandemia de COVID-19. “Eran días extrañamente silenciosos”, recuerda sobre esas fechas atípicas. Y ya luego, hace hincapié en otro hito de su calendario: el 31 de diciembre de 2022. Mientras el mundo brindaba por un nuevo año, Marcelo brindaba por su última aplicación. La enfermedad ya no era detectable.
Hoy, Marcelo es un ferviente promotor de la prevención. Aprendió que el sol no solo daña la piel por quemadura, sino que deprime el sistema inmunológico, facilitando el avance de enfermedades. “Yo jugaba al fútbol, al tenis y al golf al mediodía, sin ninguna protección. Hoy sé que esa clase de descuido no es gratuito”. Su consejo es directo: aplicar protector solar cada dos horas, hacerse chequeos frecuentes y prestar atención a señales, como la que le dio su reloj pulsera.

En lo que a él refiere, más activo que nunca a los 81, Marcelo hoy estudia los avances de la Inteligencia Artificial -su más reciente pasatiempo-, mira conferencias, lee artículos. Pero cada paso hacia adelante lo da con memoria y gratitud. Agradece a su familia, por supuesto, pero también a la doctora Vanni y a otros médicos involucrados en el proceso. Menciona al cirujano Mario Acosta Pimentel, al doctor Manglio Rizzo (Jefe del Servicio de Oncología), a la endocrinóloga Alejandra Rodríguez, a la dermatóloga Clara de Diego, el neumonólogo Kyu Tai Chung. Asimismo, se conmueve al recordar a las enfermeras, enfermeros y al personal administrativo; “ellos fueron mi sostén cotidiano”, asegura.
Para Marcelo Kardonsky, lo vivido no se resume en un diagnóstico superado, sino en una experiencia compartida, un logro colectivo. Un recorrido donde el conocimiento médico, la confianza y el acompañamiento hicieron posible volver a proyectar. Hoy, con la curiosidad intacta y una agenda plena, avanza sin olvidar: para él, cada paso hacia adelante está sostenido por quienes estuvieron cuando el tiempo parecía suspendido.