Historias Austral
13 Mar 2026

Correr para seguir viviendo

A los 77 años, Alberto Domínguez sigue acelerando en la pista. Tras recibir dos trasplantes hepáticos, sigue ganando medallas como velocista, a la vez que promueve incansablemente el deporte y la donación de órganos.

Venía rezagado, casi media vuelta por detrás de un grupo de velocistas más jóvenes, explosivos que habían salido a devorar la pista desde el disparo inicial. Pero no se desesperó: sostuvo el paso, midió el aire y aguardó su momento. Sabía que ellos tenían el arranque, pero que a él le sobraba resto. Al entrar en los últimos cien metros, cambió el ritmo; empezó a descontar una distancia que parecía irreversible. Mientras los rivales perdían potencia, él ganaba terreno en una remontada que nadie vio venir. Y en un cierre asombroso, superó al puntero a poco de la meta, provocando un estallido tal que el público desbordó las vallas, y atletas de todos los continentes lo rodearon para vitorearlo, improvisando un baile festivo. 

Ese hombre es Alberto Domínguez, de 77 años, un corredor de primer nivel que compite con un hígado trasplantado. La escena, propia de guion de cine, es solo una de las tantas que ha vivido —y todavía vive— representando a la Argentina en los Juegos Mundiales para Trasplantados, el máximo nivel de exigencia para deportistas en su condición. Alberto estima haber largado en más de 600 carreras tras competir en países como Australia, Suecia, Inglaterra, España, Francia, Alemania, Sudáfrica. Su casa en Tigre está colmada de medallas —muchas de oro— y trofeos obtenidos en pruebas de 100, 200 y 400 metros. No solo de los Juegos Mundiales; también ha subido al podio en los Juegos Argentinos para Trasplantados y en los Juegos Bonaerenses, por citar algunas competiciones que le han valido un palmarés de película, prueba de su talento y de su resistencia impares.

Correr para seguir viviendo
En su casa de Tigre conserva cantidad de medallas y trofeos obtenidos en competencias nacionales e internacionales.

Pero Alberto no siempre fue atleta. Durante añares tuvo una gomería y una vida de trabajo duro entre neumáticos, en la que la salud y el deporte quedaron en un tercer plano; por aquel entonces, “llegué a pesar 125 kilos”, cuenta. Todo cambió a mediados de la década del noventa, cuando su cuerpo dio la primera señal de alerta. “Me empecé a hinchar. Los pies, las manos… no podía ni doblarlos”, recuerda sobre el avance de una patología cuya única salida era el trasplante: cirrosis criptogénica.

Fueron dos años de espera, viendo pasar el tiempo en habitaciones de hospital que se volvieron su mundo. “Por mi grupo sanguíneo, cero negativo, fue difícil encontrar un hígado compatible”, relata sobre esos largos meses de incertidumbre. Pero no estaba solo en esa trinchera: María Concepción, su esposa, jamás se movió de su lado. Ella, modista de alta costura, cambió las telas finas por la silla de un hospital para remendarle el ánimo a su marido, acompañándolo a sol y a sombra. “Una mujer como ninguna”, reconoce el atleta con emoción apenas contenida. 

El primer milagro llegó en noviembre de 1996 con un hígado compatible. Allí conoció a quienes serían sus referentes de por vida: los doctores Luis Podestá y Marcelo Silva, eminencias en Hepatología y Trasplante Hepático. La verdadera transformación, sin embargo, nació de una advertencia médica: “Alberto, te salvamos la vida, pero te estás matando solo”, le dijeron al notar que seguía sin mudar de hábitos, con una rutina muy sedentaria. Esa frase fue el disparo de largada: bajó kilo tras kilo hasta dar con el peso recomendado, cambió su alimentación y, tras ver una competencia para trasplantados en televisión, se anotó en una carrera de 100 metros. Salió tercero y no paró más.

Correr para seguir viviendo
El entrenamiento forma parte de su rutina semanal. Correr es, para él, una forma de celebrar la vida.

Aquel primer hígado funcionó de maravilla durante casi dos décadas de viajes y podios, hasta que en 2015 empezó a fallarle. Alberto no lo dudó: buscó a sus médicos de confianza, que ahora atendían en el Hospital Universitario Austral. “Donde van ellos, voy yo”, asegura en charla con VIDA. La espera por un segundo órgano, rememora, fue tensa, mientras su estado general se deterioraba. “Yo le decía a mi familia que levantara el ánimo. Ya había tenido una oportunidad, la chance de construir una vida lindísima”. Aún así no bajó los brazos y, en mayo de ese año, llegó el órgano definitivo. Como si fuera ayer se acuerda de lo que le dijo el doctor Silva en ese momento: “Quedate tranquilo, que te vamos a poner un Fórmula 1”. Del dicho al hecho, ningún trecho: apenas unos meses después, Alberto estaba fuerte como un toro y ya volaba sobre el tartán, sintiendo la libertad del aire fresco en el rostro mientras volvía a ganar velocidad.

El baile eterno

En 2022, recibió un golpe más duro que cualquier diagnóstico: “Se me murió el amor de mi vida”, dice sobre la partida de Concepción tras un infarto. Alberto pensó en dejarlo todo, pero entendió que seguir corriendo era la mejor forma de honrar a su señora, que tanto hizo para que pudiera salir adelante. Cuando habla de ella, recuerda que, en cualquier reunión familiar o de amigos, ellos siempre terminaban horas en la pista de baile. “No necesitábamos nada más: solo música”. Hoy, cada vez que gana una medalla en sus viajes por el mundo, la deposita amorosamente sobre la urna de su mujer en su casa de Tigre. Es su forma de seguir demostrándole su cariño incondicional, de seguir bailando juntos.

Correr para seguir viviendo
Con Concepción, su esposa. En cualquier festejo, bastaba que sonara la música para que los dos terminaran en la pista de baile.

Y entre competiciones, entrena; entrena mucho. Varias veces a la semana en la Asociación Atlética El Talar, una institución que late al ritmo del deporte social en el corazón de Pacheco. Allí, sobre la pista de tierra, su preparación física se funde con una misión más profunda: la de acompañar y motivar a las nuevas generaciones. En ese intercambio cotidiano con los chicos del barrio, muchos de origen humilde, se convierte en un referente de contención y pertenencia, transmitiéndoles con el ejemplo que la voluntad es el músculo que más debe ejercitarse para transformar la propia realidad.

Por lo demás, en cada meta, Alberto —declarado vecino ilustre de Tigre— pide el micrófono para concientizar sobre la donación de órganos. A los 77 años, su mensaje a otros trasplantados es unívoco: “Que no se olviden que antes estaban enfermos, pero ahora están sanos”. Y para los que dudan, deja una receta simple: “Si no podés correr, caminá. Lo importante es moverse. El ejercicio es la medicina que no viene en frasco, pero también salva vidas”.

Correr para seguir viviendo
El Concejo Deliberante de Tigre lo distinguió por su trayectoria deportiva y su compromiso con la concientización sobre la donación de órgano.
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