Historias Austral
02 Feb 2026

Cuando el cuidado también tiene cuatro patas

En medio de una internación prolongada, la visita de Frida —su caniche— le devolvió a Romina Barreiro algo que ningún tratamiento podía ofrecerle: el amor incondicional y la sensación, breve y vital, de estar otra vez en casa.

Cuando el poeta Lord Byron escribió sobre su perro Boatswain y habló de “belleza sin vanidad, fuerza sin insolencia, valor sin ferocidad, y todas las virtudes del hombre sin sus vicios”, difícilmente imaginó que esas palabras tendrían eco siglos después en una habitación de hospital. Romina Barreiro llevaba semanas internada cuando esa definición encontró un sentido inesperado, que no llegó ni en forma de metáfora ni de consuelo abstracto, sino como una perra pequeña, recién bañada, entrando con cautela a un lugar que no reconocía. Frida —su caniche de trece años— avanzó unos pasos, levantó la cabeza y le sostuvo la mirada. Después se acomodó a su lado y, tras semanas de angustia contenida, Romina lloró de alivio. Se sentía, por fin, como en casa.

Hasta llegar a ese momento, la experiencia de Romina Barreiro había sido larga y extrema. Tenía 44 años cuando, en agosto de 2023, llegó a la guardia del Hospital Universitario Austral pensando que sufría un simple dolor de ciático. En pocos días, el cuadro se volvió crítico: una afección arterial grave derivó en una isquemia bilateral aguda que comprometió no solo sus piernas, sino su vida. La internación se extendió durante meses y estuvo marcada por cirugías sucesivas, una amputación transmetatarsiana del pie derecho y una espera diaria, incierta, en la que cada avance se evaluaba de a poco, casi centímetro a centímetro.

Cuando el cuidado también tiene cuatro patas
Romina Barreiro en su casa, junto a la intuitiva y compañera Frida, cuando todavía creía que tenía un simple dolor de ciático

Romina permaneció internada de manera ininterrumpida entre agosto y octubre, y luego debió volver a ingresar en otras oportunidades por nuevas complicaciones. “En cualquier otro lugar sé que no me salvaban”, dice hoy, sin dramatismo. Habla del equipo que la atendió, de la necesidad de estabilizarla antes de entrar al quirófano, de decisiones difíciles y de un cuerpo que, durante mucho tiempo, estuvo en riesgo permanente. Madre de dos, dueña de una gráfica vinculada a diseño e impresiones, el cotidiano quedó suspendido.

Como ocurre en las internaciones prolongadas, Romina recibió visitas de familiares, acompañamiento médico y cuidados constantes. Pero había algo que faltaba. “Hay una parte de tu vida que hasta que no volvés a tu casa no la recuperás”, explica. Para ella, esa parte tenía nombre propio y cuatro patas. Frida había sido, incluso antes de la internación, la perra que no se separaba de su lado cuando el dolor incipiente la obligaba a permanecer en cama. “Ella intuía, antes que nadie, que yo no estaba bien”, reflexiona.

Fue una charla casual con un enfermero la que abrió una posibilidad inesperada. Al contarle cuánto extrañaba a sus perros, le habló de una iniciativa que el hospital estaba empezando a implementar. Poco después, una enfermera se acercó para explicarle de qué se trataba, cuáles eran las condiciones y los cuidados necesarios. Frida debía cumplir con controles sanitarios estrictos y llegar recién bañada. Todo se evaluaba caso por caso. La visita fue aprobada y programada.

Cuando el cuidado también tiene cuatro patas
La visita de Frida fue posible gracias al programa Patitas de Guardia, que autoriza encuentros con mascotas bajo protocolos estrictos.

El encuentro duró más de una hora. Frida pudo estar con Romina en la habitación, subir a la cama, recibir caricias. “Fue una inyección de energía”, resume hoy sobre aquel encuentro anhelado. No reemplazó el tratamiento ni borró el proceso que atravesaba, pero sí algo fundamental: le devolvió, por un rato, una parte de sí misma. “Tus amigos vienen, tu familia viene, pero hay algo de tu vida que no está. Esto es una manera de darte un empujoncito extra”, asegura. 

La posibilidad de recibir a Frida se dio en el marco de Patitas de Guardia, una iniciativa que forma parte del proyecto de Humanización de Cuidados de la institución. El programa se apoya en evidencia científica que muestra cómo el contacto con animales puede reducir el estrés, la ansiedad y la sensación de soledad en pacientes con internaciones prolongadas, siempre bajo protocolos estrictos de seguridad y evaluación clínica.

La práctica de permitir el ingreso de perros a ámbitos hospitalarios —incluso a unidades de cuidados críticos— se implementa desde hace años en centros de salud de distintos países y requiere controles sanitarios precisos, evaluación del estado del paciente y condiciones muy cuidadas. En el Hospital Universitario Austral, cada visita se autoriza de manera individual, con chequeos veterinarios completos y acompañamiento responsable.

Cuando el cuidado también tiene cuatro patas
Optimista, Romina esperando la primera cirugía junto a su madre, su hijo menor y su marido.

Para Romina, ese gesto tuvo un impacto que todavía recuerda con nitidez. “Después de tanto tiempo aguantando, fue uno de los momentos en los que me permití aflojar”, rememora. Hoy su vida es distinta: rehabilitación, rutinas nuevas, prioridades reordenadas. “Estoy en tiempo extra”, asegura. Y en ese tiempo que volvió a abrirse, el recuerdo de Frida entrando a la habitación ocupa un lugar preciso: no como anécdota, sino como una forma concreta de cuidado.

Hoy Frida sigue ahí. En la casa, en el jardín, al costado del sillón o de la cama, acompañando sin estridencias. No sale demasiado a pasear: prefiere quedarse cerca, jugar con la pelota, meterse en la pileta, observar. “Es muy compañera”, destaca Romina: “Siempre estuvo, siempre está a mi lado”. 

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