Si Naomi Medina todavía no dibujó la historieta más importante de su vida, no es por falta de práctica: estudia Diseño Gráfico, hace crochet, cose peluches y, desde chica, encuentra en el dibujo una forma de entender el mundo. Creció mirando Art Attack, disfruta de los cómics y las películas de Marvel y, más de una vez, imaginó convertir en viñetas la experiencia que atravesó durante la adolescencia. El proyecto, sin embargo, sigue esperando. Quizás porque cuesta que algunas historias quepan en un puñado de cuadros. La suya empezó mucho antes de que alguien pronunciara por primera vez dos palabras que nunca había escuchado antes: pectus excavatum.

Tenía 14 cuando, durante un control de rutina, su pediatra hizo una observación que desconcertó tanto a Naomi como a su madre. Quiso saber si le molestaba “esa parte hundida” del pecho. Las dos se miraron sin entender: nunca se habían detenido a pensar que la forma de su tórax fuera distinta. Mucho menos que ese detalle, hasta entonces inadvertido, pudiera explicar por qué se agitaba más que otros chicos al hacer deporte o caminar largas distancias. “Pensábamos que era falta de estado físico, jamás imaginamos que hubiera otra explicación”, recuerda hoy día.
Los estudios terminaron de completar el rompecabezas. El esternón se hundía hacia el interior del tórax y comprimía parcialmente el corazón y los pulmones, una alteración conocida como, dicho está, pectus excavatum que, además de modificar la forma del pecho, puede limitar la capacidad respiratoria y provocar síntomas que muchas veces pasan desapercibidos durante años. De pronto, el pasado empezó a resignificarse: esa falta de aire que había naturalizado desde pequeña, el cansancio al hacer ejercicio, incluso la decisión de abandonar natación porque le costaba sostener la respiración bajo el agua, dejaron de ser episodios aislados para convertirse en distintas piezas de un mismo puzzle.

El diagnóstico abrió un camino de estudios y controles hasta que, en 2022, una semana antes de cumplir los 17 y por indicación médica, llegó el momento de la intervención. Nunca antes había pasado por un quirófano. “Hasta ese día estaba bastante tranquila, pero cuando se fue acercando la hora aparecieron los nervios”, admite. Lo que más recuerda, empero, no es el miedo sino la tranquilidad que encontró alrededor, en el Hospital Universitario Austral. Habla de la doctora Constanza Abdenur, su cirujana, que respondía dudas incluso fuera del consultorio, y de un equipo que consiguió que la ansiedad cediera justo antes de entrar a cirugía. “Me sentí muy acompañada durante todo el proceso”, señala esta muchacha de Escobar, provincia de Buenos Aires, que atravesó el antes con una mezcla de incertidumbre y confianza. La intervención, después de todo, buscaba corregir algo que hasta entonces había condicionado su vida.
Cuenta que la cirugía incluyó crioanalgesia, una técnica que utiliza frío extremo para bloquear el dolor durante el posoperatorio. El resultado fue muy distinto del que había imaginado. “A las pocas horas de despertarme no sentía ningún malestar y, a los dos días, ya estaba en mi casa. Después quedó la molestia lógica de los puntos, pero nada más”, asegura.
La recuperación también la tomó por sorpresa: apenas una semana después volvió al colegio, donde sus compañeros se cuidaban de no empujarla sin querer, mientras su tórax terminaba de estabilizarse.

Con el paso de las semanas llegaron los ejercicios de rehabilitación y, más tarde, la natación. Fue en ese regreso a la pileta donde comprendió el verdadero alcance de la cirugía. “El aire por fin alcanzaba”, revela. Las barras que corrigieron la posición del esternón, por cierto, permanecieron allí durante tres años. La segunda intervención, destinada a retirarlas, fue ambulatoria y mucho más simple. Pero antes de despedirse de ellas todavía le regalaron una anécdota inesperada…
Durante un viaje en avión, al atravesar el detector de metales de un aeropuerto, la alarma comenzó a sonar. Naomi tuvo que explicarle al personal de seguridad que llevaba implantes en el tórax y mostrar las cicatrices. La situación terminó entre risas y se convirtió en una broma recurrente: su familia empezó a llamarla “Iron Man”; a veces, también, “Wolverine”.

Hoy tiene 20 años, hace yoga, sigue dibujando y todavía conserva la idea de convertir todo este recorrido en una historieta. Material no le falta: un diagnóstico inesperado, barras de metal capaces de hacer sonar chicharras y una familia que eligió atravesar el miedo con una cuota de humor. Pero si tuviera que elegir una sola viñeta para cerrar su tebeo, el verdadero final no necesitaría de capas, antifaces ni grandes gestas heroicas: alcanza y sobra con una inspiración profunda.