Patricia Susana Graziano tenía tan solo un año cuando sus padres escucharon por primera vez que su corazón era distinto. Había nacido en Concordia, Entre Ríos, y hasta entonces nada hacía pensar que su vida estaría atravesada por cirugías, controles médicos y decisiones complicadas. El diagnóstico, empero, fue contundente: una cardiopatía congénita que requería tratamiento especializado. Corría la década del 60, y los médicos explicaron que se trataba de una combinación sumamente compleja: una transposición de grandes vasos —las arterias principales del corazón estaban conectadas al revés—, una comunicación interventricular, es decir, un orificio entre las cavidades inferiores del corazón, y una estenosis pulmonar, estrechamiento que dificultaba la salida de sangre hacia los pulmones. En términos simples: la sangre de la pequeña no seguía el recorrido adecuado y su corazón tenía que trabajar de manera forzada para compensarlo.
La derivaron al Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez, en Capital Federal, donde la recibió el equipo del doctor Guillermo Kreutzer, eminencia de cirugía cardiovascular pediátrica en la Argentina. Allí comenzó un camino que marcaría la infancia de Patricia. A los 4 y 6 años, sin más, le realizaron anastomosis, operaciones que consisten en unir vasos sanguíneos para redirigir el flujo de sangre y estabilizar la circulación. Eran intervenciones necesarias para ganar tiempo y mejorar su estado hasta la “reparación definitiva”.

“Esa reparación llegó cuando tenía 8, con una cirugía conocida como técnica de Rastelli”, recuerda hoy, a sus 59 años. El procedimiento implicó cerrar el defecto entre los ventrículos y colocar un conducto protésico —un tubo artificial de 16 milímetros— que permitiera que la sangre encontrara la ruta correcta hacia los pulmones. Aquella prótesis fue, durante décadas, el puente silencioso que sostuvo su circulación. “Veníamos desde Concordia para hacer los controles anualmente”, rememora sobre aquella época en la que la vida transcurría con esa rutina como telón de fondo.
Aun así, la cardiopatía nunca definió sus decisiones más importantes, aclara. A los 18 comenzó su noviazgo con José, quien se convertiría en su gran compañero. En 1987, tras dos años juntos, se casaron y se establecieron en Buenos Aires, donde empezaba una nueva etapa. Contra lo que dictaban los temores habituales, la vida se impuso con fuerza: “Mi salud no me impidió, por ejemplo, tener dos partos normales”, cuenta con sonrisa franca al rememorar el nacimiento de Leonardo y Nadia, sus hijos tan queridos.
En el ínterin, “aprendí a escuchar mi cuerpo de otra manera”, advierte quien sabía que la prótesis no era eterna. Los médicos le habían explicado que, en algún momento, debería reemplazarse. Y el aviso llegó décadas más tarde, en 2019, cuando comenzó a fatigarse. “Me cansaba cuando caminaba, pero sin llegar a desvanecerme”, relata. Un cateterismo de exploración mostró lo que temían: el conducto colocado en la infancia se había estrechado de manera crítica. La luz interna se reducía a apenas 2 milímetros. Intentaron dilatarlo, ampliar el paso de sangre, pero durante el procedimiento se descompensó y desarrolló un edema pulmonar.

En ese contexto —de por sí desafiante— aparecieron otras complicaciones. Presentó un bloqueo auriculoventricular, un trastorno del sistema eléctrico del corazón que obligó a implantarle un marcapasos para regular el ritmo cardíaco. También desarrolló una fístula rectovaginal, una comunicación anormal entre el recto y la vagina que puede ocurrir en pacientes con internaciones prolongadas y estados generales comprometidos. Para permitir la cicatrización fue necesaria una colostomía temporaria, que se revirtió en 2023. “En total, fueron 45 días en terapia intensiva y otros 18 en sala común”, narra Patricia, que pese a haber superado esta crisis, quedó en situación delicada. Y sin olvidar que el problema estructural persistía: la prótesis debía ser reemplazada.
Lo que siguió fue un tiempo de incertidumbre. La indicación quirúrgica estaba clara, pero definir dónde y con quién realizarla implicó múltiples evaluaciones y gestiones. Patricia recuerda ese período como una etapa suspendida en la espera, aunque jamás tambaleó su seguridad. “Todo lo viví con mucha fe y con mucha confianza en la medicina”, confiesa quien, a mediados de 2024, durante una consulta, volvió a cruzarse con Andrés Schlister, uno de los doctores que la operó de chica. El reencuentro, cuenta, fue profundamente emotivo. Él escuchó su recorrido con atención y cariño y, tras evaluarla, le recomendó enfáticamente a un equipo con amplia experiencia en cardiopatías congénitas: el equipo del Hospital Universitario Austral.
El destino terminó de trazar un círculo perfecto en los consultorios de Pilar. Allí, la sorpresa fue el motor de una confianza renovada: uno de los cirujanos que participaría de la compleja intervención era el doctor Christian Kreutzer, hijo de aquel médico que le había dado su primera oportunidad de niña. “Enterarme fue saber a ciencia cierta que estaba en el lugar correcto, en las manos correctas”, afirma Patricia. A partir de ese momento, todo avanzó con precisión: estudios, evaluaciones interdisciplinarias y preparación quirúrgica orientada a analizar cada detalle de su cuadro clínico, con los doctores Guillermo Nuncio Vaccarino, Daniel Klinger y el mentado Kreutzer a cargo del caso.

La cirugía se realizó a comienzos de 2025. No se trataba de un procedimiento rutinario, sino de una reintervención compleja que exigía planificación minuciosa, experiencia técnica y una lectura integral de su historia. El objetivo era reemplazar el conducto colocado en la infancia, una estructura que había sostenido su circulación durante más de medio siglo y que ahora se encontraba críticamente deteriorada. Patricia permaneció quince días internada en el Hospital Universitario Austral. Durante ese período atravesó una nueva descompensación de la que logró recuperarse favorablemente, y luego fue derivada a una institución de rehabilitación para continuar el proceso. En total, estuvo ochenta días internada antes de recibir el alta con internación domiciliaria.
Hoy, a un año de la operación, la transformación es elocuente. La fatiga se ha disipado, la retención de líquido cedió, la hinchazón en los pies dejó de ser parte del cotidiano. Patricia volvió a retomar, paso a paso, su propia vida. “Personalmente tomo todo con mucha paciencia”, advierte. De hecho, cuando repasa el camino recorrido, no habla de obstáculos sino de aprendizajes: “A tener templanza, a estar tranquila y a confiar plenamente en los médicos”. En esa red de contención, menciona sin dudar a José —su compañero desde los 18 años—, a sus hijos Leonardo y Nadia, y a su hermana, quien viajaba para custodiar sus internaciones. Ese tejido afectivo fue, según sus palabras, tan vital como el oxígeno.
Su historia, atravesada por décadas de desafíos y vanguardia científica, es también el testimonio de que, incluso en los cuadros más desafiantes, el conocimiento y la confianza pueden abrir nuevas oportunidades. Cada mañana, Patricia comienza su día con unas palabras de fe que hoy cobran un sentido renovado: “Todo cambia cuando te entregas. Todo fluye cuando lo sueltas. Todo llega cuando es su tiempo. Todo sana cuando lo aceptas”. En su caso, la aceptación y la excelencia se conjugaron para que aquel corazón entrerriano siga latiendo con la fuerza de quien ha aprendido, una vez más, a nacer de nuevo.
