El corazón de Pablo Visconti parecía inquebrantable. Karate, carreras de montaña, ciclismo, kayak, kitesurf, navegar el velero hasta las costas uruguayas: durante décadas, desde los 18, vivió al ritmo de la aventura, confiado en que ese motor interno lo acompañaría sin sobresaltos. Hasta que un control médico rutinario lo puso frente a una verdad inesperada: su válvula aórtica no era tricúspide, como suele ser en la mayoría de las personas, sino bicúspide. ¿La diferencia? Una válvula normal tiene tres compuertas que se abren y cierran con cada latido; la de Pablo tenía solo dos, lo que suele acelerar el desgaste y favorecer el estrechamiento (estenosis).
Durante años, desde su diagnóstico y detección a las 40, eso quedó en segundo plano, aunque controlado. Sin embargo, a los 52, Pablo descubrió que la válvula estaba en estado severo, a pesar de él aún no sintiera mareos ni falta de aire u otros síntomas. Su vida seguía llena de deporte y proyectos, pero la amenaza latía en silencio. Entonces tomó una decisión: buscar la mejor opción para seguir viviendo como siempre, con energía, libertad y movimiento. Así llegó al consultorio del doctor Guillermo Vaccarino, médico especialista en Cirugía Cardiovascular y director del Instituto de Cardiología y Terapéutica Cardiovascular del Hospital Universitario Austral, y a una cirugía que -más que un procedimiento médico- se transformaría en un hito personal: el Ross.

La elección no fue automática. Pablo investigó todas las alternativas: una válvula mecánica implicaba anticoagulación de por vida con los cuidados que eso conlleva; una válvula biológica, en pacientes jóvenes, se deteriora rápido y obliga a reoperar; o una TAVI, pensada para adultos mayores, pero poco indicada en alguien de su edad. Él quería otra cosa: un camino que le permitiera seguir entrenando, navegando, levantándose cada mañana con la misma vitalidad de siempre. Cuando supo que podía ser candidato a la cirugía de Ross, la decisión fue inmediata. “Me puse muy contento”, recuerda hoy día.
La cirugía de Ross consiste en reemplazar la válvula aórtica enferma por la válvula pulmonar del propio paciente y, en el lugar de esta última, implantar una válvula de donante. Es una técnica de altísima complejidad que solo pocos equipos en el mundo realizan y que permite resultados muy superiores: la nueva válvula aórtica funciona de manera natural, sin necesidad de medicación anticoagulante y acompañando el crecimiento en los más chicos.

Sobre la preparación para la operación, dice Visconti: “Lo tomé como un desafío más, como cuando entreno para una competencia. Mi único temor no era el dolor ni la recuperación, sino algo a lo que no me había enfrentado nunca: el miedo de no volver a ver a mis hijos y a mi esposa”. El doctor Vaccarino, en una de las consultas previas, le explicó la alta efectividad de la cirugía, las condiciones dadas para que así fuese. Eso sumó mucha confianza y fe en que todo saldría bien. Antes de operarse, Pablo también enfrentó otro desafío: cómo contárselo a los chicos. Junto a Jorgelina, su mujer, eligieron hacerlo recién dos semanas antes, atentos a que no coincidiera con fechas sensibles familiares . Fue el propio Vaccarino quien les aconsejó explicar con claridad lo que iba a pasar, pero sin abrumar con detalles técnicos. El resultado: sus dos hijos lo tomaron con calma y lo acompañaron con entereza.
Entonces, el pasado 4 de agosto entró al quirófano. Cuando, poco más tarde, abrió los ojos en la unidad coronaria, aún rodeado de tubos y cables, supo que lo más difícil había quedado atrás. “Entendí que ya estaba todo bien”, rememora. Las primeras 24 horas fueron intensas, con el equipo médico ajustando respiración, pulsaciones y presión en una coreografía milimétrica. Su esposa fue testigo de esa fragilidad, pero Pablo se sentía acompañado y cuidado. “El nivel humano y profesional del hospital es de excelencia. No me voy a cansar de decirlo nunca”.

A partir de ahí, la recuperación avanzó rápido. Al tercer día ya caminaba cien metros. Al quinto, estaba en condiciones de volver a casa. Entonces, primero caminatas cortas de un kilómetro, después dos, hasta animarse a añadir yoga, estiramientos y mancuernas livianas. A la semana ya estaba reincorporándose a su actividad laboral: dueño de un comercio mayorista, retomó el trabajo desde la computadora en su casa. Esa rutina temprana también lo ayudó a ocupar la mente y a recuperar confianza. De momento entrena despacio, suma sentadillas, ejercicios funcionales y se ilusiona con regresar al velero.
A dos meses de operarse, Pablo no solo celebra estar de pie, sino también haber elegido un camino que le permite mirar hacia adelante sin limitaciones. “El Ross, para mí, representa la posibilidad de vivir con una válvula viva, sin anticoagulación, con la chance de seguir haciendo todo lo que me gusta. Ahora todo lo que queda es sumar”, destaca quien decidió no frenar. Encontró en la medicina la llave para continuar navegando, entrenando y disfrutando en familia, con la certeza de que la vida todavía le guarda muchas aventuras.