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25 Mar 2026

Cáncer de colon: el error de esperar señales

Es uno de los tumores más frecuentes y también uno de los más evitables. La colonoscopía no solo detecta: interrumpe el proceso antes de que el cáncer se forme. Qué síntomas no deben ignorarse y cuándo empezar los controles.

El cáncer de colon puede avanzar durante años sin dar señales claras. Este “silencio” contribuye a que muchas personas lo perciban como un riesgo lejano y posterguen los controles. En ese contexto, se sostienen ideas erróneas que desalientan la consulta a tiempo.

En todo caso, puede mencionarse que persiste la percepción de que se trata de una enfermedad propia de personas mayores de 50 años, lo que también puede llevar a subestimar síntomas o demorar estudios en personas más jóvenes.

Al respecto, el doctor Guillermo Rosato, médico del equipo de Coloproctología y director del Programa de Residencia en Coloproctología del Hospital Universitario Austral , advierte sobre un error muy frecuente que observa en la consulta: “Es muy común que los pacientes atribuyan el sangrado o las molestias a hemorroides y se autodiagnostiquen. Esta confusión, lejos de ser inofensiva, suele demorar el acceso a un diagnóstico y tratamiento adecuados”.

Las consecuencias se reflejan en las cifras: en la Argentina es uno de los tumores más frecuentes y la segunda causa de muerte por cáncer, pese a ser —paradojalmente— uno de los más prevenibles.

Cada 31 de marzo, el Día Mundial contra el Cáncer de Colon vuelve a poner la lupa sobre un dato central: este tumor no aparece de la noche a la mañana. Se gesta lentamente, a partir de pólipos que durante años pueden extirparse antes de devenir tumor maligno. La fecha subraya una verdad que muchas veces pasa inadvertida: la oportunidad de prevenir está disponible mucho antes del diagnóstico, siempre que los chequeos se hagan a tiempo. 

Entender cuán frecuente es el cáncer de colon ayuda a dimensionar por qué la prevención es tan decisiva. Según detalla el doctor Fernando Gayet Preiss, oncólogo de la Clínica de Tumores Digestivos del Hospital Universitario Austral, los últimos datos consolidados —de 2022— ofrecen una imagen nítida: se registraron 8.633 nuevos casos en hombres y 7.230 en mujeres, y murieron 4.698 varones y 4.102 mujeres por esta patología. “El cáncer colorrectal ocupa así el segundo lugar tanto en incidencia como en mortalidad en ambos sexos”, precisa el especialista.

A ello se suma un fenómeno en ascenso: el aumento de diagnósticos en personas más jóvenes que el umbral clásico de pesquisa, donde la sospecha suele demorarse. Para Gayet Preiss, la conclusión es evidente: se trata de una enfermedad frecuente y, sin embargo, todavía subestimada.

Del pólipo al cáncer: un recorrido lento e interceptable

El cáncer colorrectal no suele surgir de forma súbita: se origina en un pólipo, una pequeña lesión de la mucosa del colon o del recto que, en la mayoría de los casos, es benigna en sus inicios. Pero algunos —los llamados adenomas— pueden empezar a acumular alteraciones genéticas que modifican los mecanismos normales de control del crecimiento celular y, con el tiempo, esa sucesión de cambios puede transformar el pólipo en un tumor maligno.

Cáncer de colon: el error de esperar señales
Cada vez más personas jóvenes consultan: escuchar al cuerpo y no postergar los controles puede marcar la diferencia.

“Generalmente lleva entre 7 y 10 años completar este proceso”, puntualiza Gayet Preiss. “Incluso le puede llevar hasta 15 años transformarse en carcinoma”, añade Rosato. El doctor Nelson Mejía Beyeh, del Servicio de Gastroenterología y Endoscopía Digestiva del Hospital Universitario Austral, coincide en la secuencia y agrega que, aunque menos frecuente, “según el tipo de pólipo la evolución puede ser más rápida, entre 3 y 5 años”. Lo central es que el ritmo es progresivo, y esto brinda una ventana excepcional: si el pólipo se detecta y se retira durante ese período, el cáncer ni siquiera llega a formarse.

Esta ventana de oportunidad se explica por la historia natural del tumor, que Rosato define como lenta y silenciosa “por razones biológicas y anatómicas bien establecidas”. Durante el proceso de pólipo a carcinoma, “la mucosa colónica tiene mecanismos de reparación que van siendo progresivamente sobrepasados por la acumulación de mutaciones celulares; es decir, errores de información trasmitidas de una célula a otra durante su división”, cuenta el experto. Quien, además, explica que la ubicación del tumor influye en su “silencio”: “El colon derecho tiene luz amplia, por lo que tumores grandes pueden crecer sin causar obstrucción ni cambios en el ritmo evacuatorio; allí la anemia ferropénica suele ser la única manifestación”. En cambio, “el colon izquierdo y el sigmoides tienen luz más estrecha, por lo que dan síntomas obstructivos antes, aunque aún así pueden pasar meses sin ser evaluados o confundidos con enfermedad diverticular”. “El recto, por su parte, es la localización que más precozmente da —síntomas sangrado, sensación de recto ocupado—, pero aun así se confunde muy frecuentemente con patología hemorroidal”.

La prevención se sostiene entonces en los controles; específicamente, en dos estudios complementarios: la colonoscopía, que permite identificar y retirar pólipos en el mismo procedimiento, y el test de sangre oculta en materia fecal, pensado para tamizar a personas sin síntomas. No cumplen la misma función —ni tienen el mismo alcance—, pero juntas conforman la base de toda estrategia moderna para adelantarse a la patología.

Cáncer de colon: el error de esperar señales
La colonoscopía no solo permite detectar lesiones: también puede extirpar pólipos en el mismo procedimiento, interrumpiendo el proceso antes de que el cáncer se forme.

Colonoscopía: un estudio que previene, diagnostica y trata

Para Mejía Beyeh, la colonoscopía tiene un valor determinante porque permite actuar en el momento. No se limita a observar: puede resolver una lesión que, con el tiempo, tendría potencial de malignizarse. “Es mucho más que una herramienta diagnóstica: permite extirpar pólipos en el mismo acto, interrumpiendo el ‘viaje biológico’ adenoma-carcinoma.  Es una de las pocas intervenciones médicas que, en simultáneo, permite diagnosticar, prevenir y tratar directamente un cáncer”.

Con tan eficaz herramienta, la pregunta es inevitable: ¿por qué cuesta tanto ganarle a una patología que, en Argentina, es la segunda causa de muerte oncológica? Gayet Preiss señala el principal obstáculo: “Una parte importante de la población no se controla”. A veces es por miedo al estudio; otras, porque se sienten bien, no presentan síntomas; también hay mucho desconocimiento en torno al valor genuinamente preventivo de la colonoscopia.  

Lo cierto es que la experiencia real de una colonoscopía dista mucho de los temores que circulan. En los hechos, tras explicar cómo será el paso a paso, el equipo médico procede con la colocación de una vía intravenosa, “cuyo pinchazo es comparable al de una extracción de sangre”, según Mejía Beyeh. Durante el procedimiento, el anestesiólogo administra medicación bajo monitoreo continuo para inducir un sueño profundo, lo que garantiza “que el paciente no sienta dolor, no perciba las maniobras médicas y no conserve recuerdos molestos”. Un avance clave es el uso de dióxido de carbono (CO₂) para distender el colon, en reemplazo del aire: al absorberse y eliminarse con rapidez, reduce la molestia post-estudio “a una leve sensación de hinchazón o simples ganas de expulsar gases”, aclara el gastroenterólogo.

La recuperación suele ser rápida, en pocas horas. El paciente despierta y permanece bajo observación hasta alcanzar una estabilidad completa. “Dado que es normal conservar cierta somnolencia o falta de coordinación durante algunas horas, se le indica asistir acompañado y evitar conducir o firmar documentos importantes durante el resto del día”, explica el especialista. 

En cuanto a la preparación intestinal —ese tramo al que muchos le rehúyen—, es hoy mucho más amable: la ingesta de soluciones líquidas laxantes para limpiar el intestino, aclara Mejía Beyeh, “cuenta hoy con fórmulas de menor volumen, sabores más amigables y esquemas de toma dividida que lo vuelven mucho más tolerable”. La elección del preparado se adapta a las necesidades y antecedentes de cada paciente, pero el objetivo es innegociable: “Cuando el intestino está bien limpio, se ven mejor las lesiones y se evita tener que repetir el estudio antes de tiempo”.

Cáncer de colon: el error de esperar señales
El cáncer colorrectal suele originarse en pólipos que pueden tardar años en transformarse en tumores malignos.

Sangre oculta: qué detecta y para quién sirve

Dentro del mapa preventivo, el test de sangre oculta en materia fecal ofrece una vía simple para ampliar la detección en personas sin síntomas y sin factores que aumenten el riesgo. Gayet Preiss lo describe como una herramienta sencilla, accesible y eficaz para identificar trazas mínimas de sangre, invisibles a simple vista, que pueden funcionar como una señal temprana de alteraciones en el intestino. “Su mayor ventaja es que se realiza en el domicilio, sin preparación previa ni procedimientos invasivos, lo que permite repetirlo cada año y llegar a quienes, de otro modo, no accederían a un control”. Si el test resulta positivo, empero, lo siguiente es realizar una colonoscopía para determinar el origen del sangrado.

Mejía Beyeh añade un matiz clínico importante: “En nuestro medio se utilizan dos tipos de pruebas —el test inmunoquímico fecal (FIT por sus iniciales en inglés, preferible por ser más preciso y no requerir preparación previa) y el test con guayaco— como tamizaje en personas sin antecedentes familiares, sin síntomas, sin pólipos previos y, en general, a partir de los 45 años”. Son métodos no invasivos y de fácil acceso, pero no sirven para todos los casos, explica: resultan insuficientes cuando hay síntomas, antecedentes familiares, enfermedad inflamatoria intestinal, síndromes hereditarios o pólipos ya conocidos. 

En esas situaciones —y también cuando el test resulta positivo— la indicación correcta es una sola, reitera: colonoscopía. Así, el test de sangre oculta cumple un rol complementario, no sustitutivo. No diagnostica ni resuelve, pero puede servir de primer aviso.

Las banderas rojas

Aunque el cáncer de colon ofrece una amplia ventana para detectarlo a tiempo, ese margen se pierde cuando se espera una señal evidente. En las etapas iniciales, la enfermedad suele avanzar sin molestias; cuando finalmente aparecen síntomas, con frecuencia indican que el tumor ya creció lo suficiente como para “sangrar, obstruir o alterar la función intestinal”, en palabras de Mejía Beyeh. 

Al respecto, el oncólogo Gayet Preiss describe un conjunto de “banderas rojas” que ameritan consulta inmediata: sangrado en la materia fecal —habitualmente, rojo visible en tumores del recto o colon izquierdo, oscuro o mezclado con las deposiciones cuando el tumor está en el colon derecho—; anemia por falta de hierro sin causa clara; cambios persistentes en el ritmo evacuatorio —como diarrea, constipación, sensación de evacuación incompleta—; dolor abdominal sostenido y pérdida involuntaria de peso.

“Síntomas como cambios en el hábito evacuatorio intestinal, distensión, molestia abdominal  vaga o sangrado son frecuentemente atribuidos a síndrome de intestino irritable, hemorroides o dieta”, aporta Rosato, “de allí que el retraso diagnóstico —entre el síntoma inicial y el diagnóstico— promedie 6 a 9 meses en múltiples series”.

Cáncer de colon: el error de esperar señales
Realizar controles a tiempo es un factor decisivo en el pronóstico de esta enfermedad.

Anemia ferropénica: la pista que no hay que minimizar

Entre todas las señales clínicas, la anemia por falta de hierro ocupa un lugar particular. Cerca del 10% de los pacientes con cáncer colorrectal la presentan al momento del diagnóstico, especialmente quienes tienen tumores del colon derecho, donde el sangrado es lento, continuo e imperceptible. Esa pérdida crónica de sangre no siempre deja rastros visibles y, en muchos casos, la anemia puede ser la única expresión del problema. Gayet Preiss subraya que en un adulto —y, más aún, en varones y mujeres postmenopáusicas— una anemia por falta de hierro debe estudiarse siempre: no alcanza con recetar suplementos. Mejía Beyeh refuerza el mensaje: puede tratarse de la pista silenciosa de un sangrado digestivo microscópico que lleva meses o, incluso, años.

Hábitos que pesan

Se impone decir que el cáncer colorrectal no obedece a una causa única: en su origen confluyen factores genéticos, ambientales y de estilo de vida; dentro de este último grupo, la alimentación es uno de los campos más investigados. “El consumo elevado de carne roja y, especialmente, de carnes procesadas —salchichas, embutidos, hamburguesas industriales— se asocia con un mayor riesgo”, cuenta el doctor Gayet Preiss, que asimismo destaca cómo la Organización Mundial de la Salud clasifica a estos productos procesados como carcinógenos para los seres humanos, más precisamente en el Grupo 1, “la misma categoría que el tabaco o el asbesto, lo que no equipara su peligrosidad con la del cigarrillo, pero sí indica que la evidencia que los vincula con este tumor es sólida y consistente”.

En lo que a dietas refiere, ambos doctores advierten que la alta presencia de ultraprocesados y el bajo consumo de fibra favorece inflamación crónica, cambios en la microbiota y alteraciones en la mucosa intestinal. También influyen el sobrepeso, la obesidad y la resistencia a la insulina, condiciones que incrementan la incidencia de este cáncer. En el mismo sentido, el tabaquismo y el consumo excesivo de alcohol elevan el riesgo, mientras que la actividad física regular ejerce un efecto protector —según el doctor Mejía Beyeh, puede reducir el riesgo entre un 20 % y un 30 %—.

A estos factores se añaden comportamientos menos visibles, pero igualmente relevantes: el uso extendido de antibióticos desde edades tempranas, que impacta en el equilibrio de la microbiota y podría favorecer un ambiente propicio para lesiones precancerosas; y el sedentarismo, que hoy atraviesa a buena parte de la población adulta y joven. En conjunto, la prevención no depende de un gesto aislado sino del entramado de hábitos que resulta esencial sostener a lo largo de los años. 

“Esto nos obliga a concientizar no solo sobre la realización de estudios de pesquisa a las edades recomendadas, sino también a hacer hincapié en la consulta temprana ante cualquier síntoma de alarma, independientemente de la edad”, refuerza el doctor Rosato.

Cáncer de colon: el error de esperar señales
La actividad física regular puede reducir el riesgo de cáncer colorrectal.

Microbiota intestinal: el ecosistema que modula el riesgo

En los últimos años, la investigación científica ha sumado una pieza central para el entendimiento del cáncer colorrectal: la microbiota intestinal, ese vasto ecosistema de bacterias que habita el colon y dialoga permanentemente con la mucosa. Gayet Preiss cuenta que, en condiciones de equilibrio, este conjunto de microorganismos contribuye a mantener la integridad de la pared intestinal y a modular la respuesta inflamatoria. Pero cuando ese equilibrio se altera —un fenómeno conocido como disbiosis— pueden generarse condiciones que favorezcan la aparición de pólipos o lesiones precancerosas.

La evidencia es creciente: ciertas bacterias —como Fusobacterium nucleatum, Bacteroides fragilis enterotoxigénico o determinadas cepas de Escherichia coli— se han asociado a un mayor riesgo de inflamación y daño epitelial, mientras que otras —Lactobacillus, Bifidobacterium, Faecalibacterium prausnitzii— parecen ejercer un efecto protector. “Si bien es un área de investigación en pleno desarrollo y aún no forma parte del diagnóstico habitual”, agrega el profesional, “estos hallazgos refuerzan un mensaje claro: la alimentación y los hábitos saludables también influyen en la salud de nuestro ecosistema intestinal”.

Por qué ahora se recomienda comenzar los controles a los 45 años

En los últimos años, las guías de pesquisa adelantaron la edad de inicio a 45 años, en vez de los 50. La razón es inequívoca: el cáncer colorrectal en personas jóvenes viene aumentando de manera sostenida desde la década del 90. Ese desplazamiento epidemiológico hizo que, en la población menor de 50, esta enfermedad sea hoy “la principal causa de muerte por cáncer en varones y la segunda en mujeres”, acorde al oncólogo.  

Las causas precisas aún se investigan, pero tanto Gayet Preiss como Mejía Beyeh mencionan un conjunto de factores que, en las últimas décadas, se volvió más frecuente: patrones alimentarios pobres en fibra, mayor presencia de ultraprocesados, sedentarismo, obesidad, tabaquismo, consumo excesivo de alcohol y uso extendido de antibióticos, todos capaces de influir en la salud intestinal y en la microbiota.

Efectivamente, cuenta Rosato que, “en el período 2024 – 2025, el sector de Coloproctología —que está dentro del Servicio de Cirugía General, conformado actualmente por seis cirujanos coloproctólogos y una residencia postbásica en la especialidad— intervinimos quirúrgicamente a 151 pacientes por cáncer colorrectal: 119 por cáncer de colon y 32 por cáncer de recto. De este total, el 24 %, o sea, 37 casos, fueron pacientes menores de 50 años. Esto nos obliga a concientizar no solo a la prevención de la enfermedad mediante la realización de los estudios de pesquisa en las edades recomendadas de acuerdo al riesgo —45 años de edad o más—, sino también hacer hincapié en la consulta temprana ante cualquier síntoma de alarma, independientemente de la edad”.

“
Adelantar los chequeos permite intervenir en el momento en que el cáncer todavía puede prevenirse”
Dr. Fernando Gayet, oncólogo del Hospital

Cada cuánto repetir los estudios

La periodicidad de los estudios depende del método elegido y de los hallazgos. Según los doctores, cuando el resultado de una colonoscopía es normal, el control suele repetirse cada cinco años. Si durante el estudio se retiran pólipos, empero, el intervalo se ajusta según el tipo, el tamaño y la cantidad de esas lesiones. El test de sangre oculta en materia fecal, empero, tiene una frecuencia distinta: debe realizarse una vez por año, y ante cualquier resultado positivo la indicación es avanzar a una colonoscopía. 

Las recomendaciones, por cierto, son tanto para varones como para mujeres: contrario a la creencia popular, la diferencia real de incidencia es leve —alrededor de un 55 % de los casos en hombres y un 45 % en mujeres—. Mejía Beyeh aporta un matiz epidemiológico: en 2022, la mortalidad ajustada por edad fue de 12,7 por cada 100.000 varones frente a 8,0 por cada 100.000 mujeres. En términos absolutos, en la Argentina se diagnostican cerca de 15.900 casos nuevos por año: alrededor de 43 por día.

Por lo demás, la mayoría (70-75 %) de los cánceres colorrectales son esporádicos; esto quiere decir que no están vinculados a una mutación hereditaria identificable. Son los que solían presentarse después de los 50 años y, como se mencionó antes, ahora aparecen más tempranos. Pero ¿qué hacer en caso de tener antecedentes en la familia? 

Aquí Gayet Preiss distingue dos escenarios: por un lado, un pequeño grupo de casos (aproximadamente el 5 %) está asociados a los síndromes hereditarios —el Síndrome de Lynch o la Poliposis Adenomatosa Familiar, entre los más frecuentes—, donde existen mutaciones transmitidas entre generaciones y el cáncer puede aparecer incluso a edades más tempranas. En esos casos, la recomendación es una evaluación integral que incluya al especialista en  genética y un esquema de controles específico desde edades iniciales.

Otra situación, más frecuente —25 % de los casos aproximadamente—: tener un familiar de primer grado (padre, madre, hermano o hijo) diagnosticado con cáncer de colon. “En estos casos, se sugiere comenzar los estudios 10 años antes de la edad en que ese familiar recibió el diagnóstico, o a los 40 años, lo que ocurra primero”, aporta Mejía Beyeh, sintetizando el criterio del siguiente modo: “los controles deben anticiparse, pero siempre individualizando cada caso según los antecedentes y el contexto clínico”. En estas situaciones, por cierto, los controles son con colonoscopia. 

De cara al futuro

En lo que refiere al abordaje quirúrgico una vez detectada la patología en estadios avanzados, Rosato señala que “existen nuevas y seguras tácticas y técnicas adecuadas a cada caso. La enfermedad avanzada es quirúrgica en muchas ocasiones. El coloproctólogo tiene un rol creciente no menor trabajando en forma multidisciplinaria con urólogos, cirujanos hepáticos, ginecologos, hasta traumatólogos”.

De cara al futuro, advierte, el cambio más profundo es conceptual: “El diagnóstico molecular está empezando a preceder y condicionar la decisión quirúrgica. Los perfiles moleculares tumorales están comenzando a estratificar qué paciente puede diferir o evitar la resección tras una respuesta a neoadyuvancia (quimio o radioterapia)”, explica. En este escenario, la especialidad se vuelve más compleja e intelectual: “El coloproctólogo moderno no solo deberá operar bien, sino que requerirá de una integración de la genómica, imágenes avanzadas y toma de decisiones multidisciplinarias”.

La inteligencia artificial en imágenes también está mejorando la estadificación preoperatoria y generando más candidatos a estrategias de preservación de órganos. Para responder a este desafío, el Sector de Coloproctología del Hospital Universitario Austral trabaja de forma interdisciplinaria con Servicios de Genética Médica, Oncología, Radioterapia y Anatomía Patológica, entre muchos otros. 

Aún así, los expertos coinciden: la clave está en anticiparse.

Ganarle al cáncer de colon es un trabajo conjunto entre la ciencia y los hábitos diarios. Desde la elección de una dieta que proteja nuestra microbiota hasta el compromiso de realizarse los controles a partir de los 45 años. Después de todo, como bien señalan los expertos, los estudios de rutina no solo diagnostican sino que previenen, transformando lo que podría ser una noticia difícil en una oportunidad de salud clave.

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