Historias Austral
29 Abr 2026

Oid, mortales, el grito: la libertad de dejar de fumar

Tras décadas de usar el cigarrillo como "muleta", Daniel Jelinskas decidió enfrentar su dependencia. El cambio no fue solo voluntad, sino el resultado de un programa en la Clínica de Tabaquismo del Hospital Universitario Austral, que aborda la adicción con un enfoque integral y personalizado.

En 1974, un niño entró a primer grado sin examen de ingreso y saltándose el preescolar trilingüe Oaky. No lo necesitaba: sus padres no podían pagarlo, pero él ya traía el pulso del éxito. A los 13 años, promediando la excelencia en el colegio Obra Conservación de la Fe N° 5 Macnab Bernal HH Maristas (Promoción 1985), “me sentía inmortal y encendí mi primer cigarrillo”. Fue el inicio de una tiranía química que duraría décadas. “Compré mi primer paquete a la salida de clase de judo, que alternaba con entrenamiento de ajedrez: entre técnica de randori y mover ficha, ideé el escondite; una latita vacía enterrada con nylon y pasta dentífrica para fumar a escondidas y guardar ese ‘tesoro’ dañino”, recuerda Daniel Jelinskas. 

La herencia del carácter

Su camino hacia la “redención” no comenzó en un manual médico, sino en el ADN de una mujer que no aceptaba órdenes de nadie. Su madre, Marta Zulma Benítez López, nacida en el interior profundo del campo paraguayo (Yegros, Caazapá) en 1933, fue una maestra y aficionada a las letras que talló su destino entre almidones ingleses y recetas guaraníes. Ella, que cultivaba casuarinas como las que hoy custodian el perímetro del Hospital Universitario Austral, le dedicó su libro Poemas de amor al viento al hijo que más amó. Esa misma sangre es la que hoy le permite a Daniel decir: “Humo, veneno, cero”. También su padre, figura fuerte lituana que le decía: “No te metas basura al cuerpo, pichón. Te quiero, no te arruines. Los errores de la juventud se pagan tarde o temprano”. 

Oid, mortales, el grito: la libertad de dejar de fumar
Las raíces de la fortaleza: Daniel de chico junto a sus padres, Marta y Juan. De ellos heredó el carácter y la determinación que, décadas más tarde, serían claves para ganar la batalla contra el tabaco.

El destierro y el quiebre

A pesar de su éxito como licenciado en Administración, el tabaco lo fue reduciendo. El cigarrillo se convirtió en “mi muleta y mi castigo” ante los golpes más feroces de su biografía. Fue el humo donde intentó asfixiar el vacío insoportable tras la muerte de su padre y el veneno con el que anestesió el doloroso proceso de su primer divorcio. Aquella charla con su hijo pequeño, explicándole “cosas de grandes” mientras cargaba con el miedo de dejar su casa, encontró en el pucho un refugio oscuro “en un balcón ventoso que parecía el Irizar mirando el río turbulento”, aunque el precio fuera su propia respiración. 

Pero la vida le dio revancha a través del amor de Laura, su mujer y gran compañera desde hace más de 20 años, “un pilar inamovible”. “Laura es pura paciencia, serenidad, voluntad para ver y pensar las cosas más sencillas. Amorosa en todo, y en toda meta me acompaña, y yo a ella”. Quiso ser, finalmente, el mejor ejemplo de superación para su hijo Joaquín; demostrarle que un hombre puede reconstruirse. “Errar es humano, pero se pueden hacer las cosas de una forma diferente y lograr un cambio positivo”. Incluso por sus afectos más silenciosos: ya no quería envenenar el aire de sus gatos, la negra de ojos amarillos flúor Sara Connor y el siamés, “el dueño de casa” John Connor. Entendió que la libertad también era que ellos, y todos en su casa, respiraran aire puro.

Oid, mortales, el grito: la libertad de dejar de fumar
Su hijo Joaquín fue una de las grandes motivaciones de Daniel para dejar atrás una dependencia de décadas.

La bofetada final llegó en 2020. La pandemia se llevó a su mejor amigo, “un hombre sano y fuerte, incondicional, ¡cómo duele la pérdida de Germán!”, y Daniel razonó con rigor analítico: “Matemáticamente tengo más posibilidades de morirme”. Con un EPOC incipiente, apnea del sueño y el uso constante de inhaladores, entendió que la inmortalidad que sentía a los 13 años era un espejismo. “En el pecho, unos micronódulos me recordaban, como en aquel juego, que estoy ‘tocado’ más no ‘hundido’”.  

La trinchera y la fe

A principios de 2024, Daniel llegó al consultorio del Dr. Alejandro Videla, jefe de Neumonología del Austral por enésima vez. No hubo eufemismos: “¿Usted quiere dejar de fumar? ¿Sí o no? El ‘debería’ acá no cuenta, señor Daniel”. Se integró a la Clínica de Tabaquismo, un proceso de tres meses que incluyó tomografías, polisomnografías y el enfrentamiento con la realidad cotidiana. Bajo la guía de la psicóloga Daniela Puntorello, Daniel tuvo que visualizar sus venenos: traer bencina de encendedor o veneno para hormigas para entender qué estaba metiendo en sus pulmones. También completaba planillas diarias, anotando la hora exacta de cada cigarrillo y el estado de ánimo asociado. 

La estrategia —programa del Servicio de Neumonología, que Daniel describe como un abordaje integral, clínico y psicológico— exigía una sinceridad total; sin mentirse a uno mismo no había salida. Se le pidió eliminar todos los potenciales “fusibles”: no podía quedar ni un solo cigarrillo escondido en la casa, para que el acceso ante una debilidad fuera lo más difícil posible. La persistencia era clave: “Si se recae, se vuelve a intentar”. 

Fue una lucha cuerpo a cuerpo. Socializó su batalla para que su entorno soportara su irritabilidad y angustia. Se sostuvo en el grupo de WhatsApp de la Clínica —una trinchera activa las 24 horas— y, fundamentalmente, en la fe. Un “gracias” especial sube hoy hasta la capilla de la planta baja del Hospital Universitario Austral, donde Dios lo escuchó silenciosamente, mientras el equipo del tercer piso hacía lo suyo.

Oid, mortales, el grito: la libertad de dejar de fumar
Laura, su compañera desde hace más de dos décadas, fue uno de los pilares durante el proceso de cesación tabáquica.

Libertad, libertad, libertad

El 1 de marzo de 2024 fue su “Día D”. Hoy, a dos años de aquel último pucho, la tos desapareció y la energía volvió. Ya no le resta minutos de vida a cada hora; ahora respira el mismo aire que los suyos. Como el grito sagrado de nuestro himno, Daniel recuperó la soberanía sobre sus pulmones. Como decía su madre, no nació la persona —ni la sustancia— que le dé órdenes.

Hoy transita un camino de mejora continua: acompaña a otros y ayuda, desde donde puede, desinteresadamente, a sembrar el bien. Y sobre el Austral, quiere “agradecer a todo el equipo: desde quien te recibe en la puerta hasta cada profesional que te acompaña. En los momentos más difíciles, siempre hubo una mano, una palabra, una presencia que sostuvo”. También tiene palabras afectuosas “a todos mis seres queridos, que me ayudan a estar bien —ayer hoy y siempre— ¡Gracias, gracias, gracias!”. 

Oid, mortales, el grito: la libertad de dejar de fumar
Un nuevo presente: Daniel disfruta de un asado familiar, hoy con la energía recuperada y lejos del humo que durante años fue su "muleta y castigo"
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