Ileana Bogran no se enamoró de Ramzy pese a su enfermedad, sino con ella ya sobre la mesa. La hondureña sabía, desde el vamos, que él convivía con una enfermedad hepática crónica diagnosticada en la adolescencia. Sabía además que esa historia incluía tratamientos, recaídas y una amenaza latente. “Siempre voy a estar para vos, pase lo que pase”, le prometió ella, flechada por este hombre “honorable, detallista y de un optimismo inquebrantable”, incluso en los momentos más difíciles. Se casaron en 2020 en Tegucigalpa, sin imaginar hasta qué punto ese juramento sería puesto a prueba.
Porque, en la vida de Ramzy, la colangitis esclerosante primaria llevaba años instalada. Se trata de una patología que daña progresivamente los conductos biliares y, con el tiempo, compromete el funcionamiento del hígado. Él buscó respuestas en distintos países —Ecuador, Estados Unidos; antes, incluso, había explorado opciones en España—, pero siempre se trataba de medidas para estabilizar el cuadro, nunca de una salida definitiva. Incluso en las etapas más duras, recuerda Ileana, intentaba seguir adelante: “Aunque se sintiera mal, nunca me lo decía. Él siempre quería levantarse y trabajar, no preocuparme”.

Pero ese frágil equilibrio terminó de romperse entre fines de 2023 y 2024. El deterioro fue abrupto: ictericia, agotamiento extremo, dolor abdominal severo, días enteros en cama. Ante este escenario, la familia decidió viajar desde Honduras hasta Argentina en busca de una última oportunidad. Primero se trasladó su hermano mayor, con la expectativa de avanzar hacia un trasplante con donante vivo. Ileana no estaba en ese plan; su esposo no quería que lo acompañara. “Más tarde me reveló que pensó que iba a Buenos Aires a morir, y no quería que yo lo viera en ese estado”.
El mayor se hizo los estudios de compatibilidad en otra institución médica; aunque era compatible, por razones clínicas no resultó apto, tampoco otros hermanos. Fue entonces cuando una médica hizo la pregunta: ¿por qué no evaluar a la esposa? Para Ramzy, esa opción quedaba descartada: no quería exponer a su esposa. Ella ni siquiera sabía que esa conversación había existido, pero se enteró gracias al hermano mayor de su marido, que la llamó de inmediato. En un pispás, Ileana estaba en un avión rumbo a Buenos Aires.
Una vez juntos, “él me decía que no, que no quería ponerme en esa situación, pero yo tenía clarísimo que iba a hacer todo lo que fuera necesario”. Por un instante, pareció que el camino finalmente se abría: los análisis confirmaron que podía convertirse en donante viva. Pero el alivio duró poco. Los médicos detectaron una particularidad anatómica en el hígado de Ileana y decidieron no avanzar con la cirugía. La noticia fue devastadora. Hoy recuerda con lágrimas, la conclusión brutal: “Ya no había margen terapéutico y nos indicaron regresar a nuestro país para cuidados paliativos. Ese día se me derrumbó todo”.
Lo que siguió tuvo algo de búsqueda desesperada y algo de providencia. Revisando opciones junto al hermano de Ramzy, dieron con una noticia en un diario sobre el Hospital Universitario Austral que celebraba un hito en su programa de trasplantes hepáticos: más de mil procedimientos realizados. Llamaron casi sin expectativas. Era viernes por la tarde. El lunes a primera hora ya los estaban atendiendo.
Con estudios previos en mano, se evaluó rápidamente el caso. Los doctores Martín Fauda, jefe de la Unidad de Hepatología y Trasplante Hepático, y la doctora Josefina Pages, del equipo, revisaron antecedentes, analizaron la situación y pronunciaron una frase que cambió por completo el rumbo de la historia: “Nosotros podemos hacer el trasplante”.
Lo que vino después fue una carrera contrarreloj, atravesada por trámites con el INCUCAI, nuevos estudios y una confianza que, en el caso de Ileana, jamás vaciló. Mientras Ramzy era preparado para llegar en condiciones a la cirugía, a ella le realizaron otra batería exhaustiva de análisis. “Yo nunca tuve temor”, aclara, y enseguida explica de dónde proviene esa calma: “Soy cristiana y Dios me da fortaleza”. En el Hospital Universitario Austral, asegura, también encontró algo que había echado en falta: contención. “Además de grandes profesionales, fueron grandes personas; muy claros, organizados y cálidos”. La empatía, asegura Ileana, marcó la diferencia desde el primer momento.
El 3 de enero de 2025 llegó el día del trasplante. La cirugía de Ileana duró nueve horas; la de Ramzy, doce. Los médicos le extrajeron el 60 % del hígado para trasplantárselo a su marido. Cinco días después, ella salía caminando del hospital lo más campante. El dolor fue tolerable, la recuperación avanzó sin sobresaltos y hoy lleva una vida completamente normal: juega al tenis, al pádel, levanta pesas. No toma medicación ni arrastra limitaciones físicas. Su hígado, explica, se regeneró por completo. “También el de mi esposo”, resume maravillada.

Hoy él sigue con controles e inmunosupresores como parte del seguimiento habitual en Tegucigalpa, pero “está bien, muy bien”: recuperó la energía, volvió a trabajar como comerciante y retomó una rutina que durante mucho tiempo pareció fuera de alcance. Ileana, por su parte, mantiene su pet shop, sus redes sociales como creadora de contenido lifestyle y una cotidianeidad que, después de todo lo vivido, adquirió un color más brillante.
La experiencia, admite, profundizó un lazo que, para este matrimonio, ya era más que sólido. Pero también resignificó su manera de vivir la entrega, la fe y la compañía. “Es lo más cercano al amor de Dios que he experimentado”, cuenta ella desde su casa en Honduras, donde viven con sus perros y su gato este nuevo capítulo de su preciosa historia. Y como si a esta travesía le faltara un último gesto, resalta que el trasplante ocurrió el 3 de enero de 2025: el mismo día en que Ileana y Ramzy celebraban su aniversario de boda por Iglesia. Un día que, desde entonces, tiene un doble sentido: el de una promesa hecha ante el altar y el de una segunda oportunidad para seguir cumpliéndola.

La donación de órganos es uno de los actos de amor y generosidad más profundos que existen. En medio de un momento difícil, una decisión puede transformar el dolor en esperanza y cambiar la vida de muchas personas. Detrás de cada trasplante hay historias que vuelven a empezar, familias que recuperan tiempo juntos y nuevas oportunidades que se hacen posibles gracias a quienes eligieron donar.