Historias Austral
13 Ago 2026

Diez años buscando una respuesta

Le dijeron que era estrés, que algunas mujeres simplemente sufrían más durante la menstruación e incluso le sugirieron consultar a un psiquiatra. Diez años después, en el Hospital Universitario Austral, finalmente dio con el diagnóstico que cambió el rumbo de su historia: endometriosis profunda. Este es el testimonio de una paciente que busca evitar que otras atraviesen el mismo recorrido.

Cuando, a mediados del año pasado, salieron las entradas anticipadas para el Cosquín Rock 2026, Marcela Michel compró tres tickets. Dos eran para sus hijas —”una de ellas cumplía 15 años y ese era el regalo que quería”—; el tercero, para el adulto que las acompañaría. Ya pensaría en quién. Ella no planeaba ser de la partida; no podía. Siquiera salir de su casa en San Miguel, en Provincia de Buenos Aires, se había vuelto un calvario por los dolores  con los que convivía desde hacía ya diez años. Un problema, dicho sea de paso, que había dejado de tener calendario: lo que al comienzo fue un padecimiento asociado al ciclo menstrual se había convertido en un dolor sordo, constante e incapacitante del día a día.

“Llegó un punto en el que alternaba analgésicos y antiespasmódicos cada tres horas”, recuerda sobre ese tiempo. “Siempre digo que tengo hígado porque Dios así lo quiso, de la cantidad de remedios que tomaba. Hasta el año pasado, lo que hoy es mi portacosméticos estaba lleno de medicamentos: era una pequeña farmacia ambulante”, añade quien debía lidiar también con hemorragias severas que hacían que salir de casa implicara calcularlo todo. “Tenía que llevarme ropa de repuesto, un montón de toallitas nocturnas y tampones. Pero incluso habiendo tomado todos los recaudos, en quince minutos era un desastre”, rememora.

De forma progresiva se sumaron otras complicaciones. Marcela habla de anemias reiteradas, de infecciones urinarias recurrentes, de dolor lumbar intenso, de trastornos gastrointestinales que la dejaban al borde del desmayo. Aunque, una y otra vez, retoma la marca indeleble de su última década: esos dolores inenarrables que “habían hecho que solo caminar una cuadra fuera un suplicio, ni qué decir de hacer actividad física. Aumenté mucho de peso, llegué a pesar más de 90 kilos”.  Los viajes, las salidas, las reuniones familiares, con amigos, los planes con sus hijas: todo fue desapareciendo poco a poco.

A sus 47 años, su mundo se había reducido al trayecto en auto entre su hogar y la empresa donde trabajaba como jefa de Recursos Humanos. A tal punto el dolor que, en los últimos años, “he pasado fiestas en la cama, reuniendo fuerzas para brindar con mi familia antes de volver a acostarme”. 

Lo más desesperante era que nadie encontraba una explicación. Durante años recorrió consultorios prestigiosos, acumuló ecografías transvaginales, análisis y tratamientos hormonales. La respuesta era siempre parecida: “Todo está bien”. Escuchó de doctores que había mujeres a las que simplemente les dolía más el período; que podía ser estrés; incluso le recomendaron hacer terapia y consultar con un psiquiatra. “Llega un punto en el que empezás a desconfiar de vos misma, de tus síntomas, de tu tolerancia”, reconoce hoy día quien siguió cada consejo al pie de la letra, sin que ninguno rindiera frutos. Hubo, incluso, un momento en que un pequeño quiste detectado en un ovario derivó en la indicación de una histerectomía total, pese a que su ginecólogo le admitió que no explicaba su cuadro clínico.

“La desesperación por dejar de sufrir era tan fuerte que hice el prequirúrgico”, admite, pero una infección urinaria obligó a suspender la cirugía y terminó llevándola, casi por azar, a seguir buscando respuestas.  

Diez años buscando una respuesta
Durante años, salir de su casa implicaba calcularlo todo. Los dolores y las hemorragias habían convertido lo más cotidiano en un desafío.

Las pistas eran claras. Por eso, cada vez que Marcela buscaba en Internet lo que le ocurría, todas las señales conducían al mismo lugar: la endometriosis, una enfermedad en la que un tejido similar al que recubre el interior del útero crece fuera de él y puede provocar inflamación, fibrosis y adherencias, generando dolor crónico —más intenso que la dismenorrea—, respondiendo con menor eficacia a los analgésicos, acompañándose a menudo de dispareunia y de molestias urinarias o digestivas, entre otras cuestiones.  

“Era leer sobre endometriosis y sentir que estaban describiendo mi vida. Solo faltaba que apareciera mi foto entre las descripciones”, dice. Esa convicción la llevó a plantear esa posibilidad en consultorio tras consultorio. “Pero cuando contaba que había llegado a esa conclusión buscando mis síntomas en Google, descartaban la posibilidad antes siquiera de considerarla”. 

Hasta que una mañana de julio del año pasado, mientras acompañaba a su padre a un control en el Hospital Universitario Austral, su historia dio un vuelco: en una pantalla, Marcela Michel leyó sobre la Unidad de Endometriosis y Dolor Pelviano Crónico, dirigida por el doctor Gustavo Rebagliati. “Pregunté por preguntar”, dice hoy: después de tantos años ya no esperaba demasiado. De hecho, imaginó que conseguir un turno llevaría meses. Menuda sorpresa saber que el especialista podría verla la semana siguiente; también, que esa consulta cambiaría el rumbo de los diez años anteriores. 

Diez años buscando una respuesta
Marcela con sus hijas, un sostén invaluable.

El punto de inflexión

Una semana después, sentada frente al doctor Gustavo Rebagliati, MM volvió a contar la misma historia que había repetido durante años: el dolor incapacitante, las hemorragias, las infecciones urinarias, los trastornos digestivos, los estudios que siempre daban bien y esa intuición persistente de que algo seguía sin encajar. El especialista la escuchó en silencio.

Después comenzó el examen físico.
—Acá te duele, ¿no?
—Sí.
Movió apenas la mano.
—Acá todavía más, ¿verdad?
—Sí.
Volvió a explorar.
—Y acá no, ¿cierto?
—No.

“Yo lo miraba pensando: ‘¿Cómo puede saberlo? Si tengo un montón de ecografías en las que no aparece nada’. Donde él decía que dolía, efectivamente dolía; y donde no, nada. Cuando terminó el examen, levantó la vista y me dijo: ‘Para mí esto es una endometriosis. Vamos a hacer los estudios para confirmarlo’”

Los estudios tampoco se hicieron esperar. Entre ellos, una resonancia magnética y una ecografía dinámica —examen que, pese a los años de consultas, nunca nadie le había indicado antes—. Los resultados no dejaron margen para la duda. “Salí de esa eco llorando de frustración y bronca”, recuerda. “No por el diagnóstico: por darme cuenta de cuánto había avanzado la enfermedad sin que nadie antes la detectara, por tomar dimensión de que había normalizado vivir a medias, incapacitada por el dolor, las hemorragias y todo lo que me pasó durante demasiado tiempo. Además encontraron que había adenomiosis, lo que potenciaba el cuadro, los síntomas…”.

En efecto, la endometriosis había ido ganando terreno. En sus palabras, “tenía los ovarios retraídos detrás del útero, los órganos completamente adheridos entre sí, como un ovillo de lana. Había tomado ambos ovarios, el útero, también el intestino. Cuando pregunté si eso podía ser algo reciente, me dijeron que no, que para llegar a ese punto tenían que haber pasado muchos años”.  

“Yo me cansé de buscar respuestas. No es que me dejé estar. Adonde me recomendaban, yo iba. ¿Por qué nadie lo vio antes?”, se pregunta Marcela. Con los resultados sobre la mesa, en el Hospital Universitario Austral terminó la incertidumbre. “Con claridad y paciencia infinitas, el doctor Rebagliati me explicó todo: hasta dónde había avanzado la patología y cuál era el mejor camino para abordarla. Qué órganos estaban comprometidos, por qué necesitaba cirugía, cómo iba a ser la operación. Lo bueno, lo malo, los riesgos, sin minimizar ni suavizar nada, pero aclarando que iba a recuperar una calidad de vida que ya ni recordaba”. 

“Pese a los miedos normales por la dimensión de la enfermedad, sentí una tranquilidad enorme. Por primera vez alguien sabía exactamente qué había que hacer”, resalta Marcela. En su caso, cuenta que la endometriosis había avanzado demasiado y comprometía incluso su intestino, “por lo que la cirugía sería de alta complejidad y estaría a cargo de un equipo liderado tanto por Rebagliati como por el cirujano Diego Valli, del Servicio de Coloproctología. Existía incluso la posibilidad —que finalmente no se concretó— de que fuera necesaria una colostomía”.

Diez años buscando una respuesta
Los viajes, las salidas y los planes con sus hijas fueron desapareciendo poco a poco. Recuperarlos fue una de las mayores conquistas después del tratamiento.

El día tan esperado

El 13 de octubre de 2025 llegó el día de la cirugía. Fueron tres horas y media en el quirófano. “Los médicos se encontraron con más compromiso del que mostraban los estudios, pero todo salió muy bien. Pudieron resecar la parte del intestino afectada, reconstruirla y evitar la colostomía, que era uno de mis mayores temores”, narra Marcela. 

Lo que ocurrió después la sorprendió incluso más que el resultado de la intervención. “Esa misma noche ya estaba caminando por la habitación. Al otro día me quería ir a mi casa. Me ofrecían analgésicos muy fuertes y yo les decía que no me dolía nada. No podían creerlo, pero era verdad. Recién operada, con drenajes, puntos… y me sentía muchísimo mejor que antes de entrar al quirófano”. 

Los médicos decidieron mantenerla internada varios días para seguir de cerca una evolución que, por la magnitud de la cirugía, preferían transitar con cautela. Ella, en cambio, vivía una sensación inédita: por primera vez en una década, el cuerpo había dejado de ser un territorio hostil. “Yo les insistía con que me quería ir. Caminaba, comía, me sentía bárbaro. Hacía mucho tiempo que no experimentaba algo tan simple como despertarme y no pensar automáticamente en el dolor”, admite. 

La recuperación avanzó mejor de lo esperado. Las hemorragias desaparecieron. También los episodios digestivos, las infecciones urinarias recurrentes y aquella dependencia cotidiana de analgésicos y antiespasmódicos que había convertido su portacosméticos en una farmacia ambulante. Cinco  meses más tarde decidió anotarse en CrossFit: descubrió, para sorpresa propia, que podía entrenar tres veces por semana, levantar peso, caminar, correr, saltar  y volver a hacer planes sin calcular dónde estaba el baño más cercano ni llevar una mochila cargada de medicamentos.

Diez años buscando una respuesta
Meses después de la cirugía empezó CrossFit. Hoy entrena tres veces por semana, levanta peso y volvió a disfrutar de la actividad física, algo impensado durante años.

Entonces recordó aquellas tres entradas que, meses antes, había comprado para el Cosquín Rock. En febrero de este año fue ella quien acompañó a sus hijas a Santa María de Punilla. “Manejé yo sola de Buenos Aires a Córdoba”, recuerda con alegría. Una vez allí, durante tres días recorrió el predio de punta a punta, enlazando escenarios bajo el sol cordobés. “Las chicas, que tienen 15 y 22 años, se sentaban un ratito porque estaban cansadas, mientras yo seguía caminando, saltando, cantando, desde la mañana a la noche durante los tres días. Después nos fuimos en auto a San Luis y Mendoza. Si alguien me hubiera dicho un año antes que iba a hacer ese viaje, no le habría creído”.

Hace una pausa. “Una termina normalizando el dolor, piensa que la vida va a ser siempre así, o peor inclusive. Es lo que me pasó después de escuchar durante años que no tenía nada. Recién cuando empecé a sentirme bien entendí todo lo que me había perdido, pero gracias a Dios y al equipo del doctor Rebagliati, tengo cada 13 de octubre otro día más para festejar mi cumpleaños.” Guarda unos segundos de silencio antes de agregar, con la voz quebrada:

“Lo único que espero es que, si alguna mujer se reconoce en estos síntomas, esta historia le sirva para consultar a expertos como los especialistas del Austral y no pasar por el mismo recorrido que me tocó a mí”. 

Diez años buscando una respuesta
Después de la cirugía, volver a casa también fue volver a una vida que parecía haber quedado en pausa.
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