En un sector de acceso restringido del Hospital Universitario Austral, el frío se mide en niveles que garantizan la suspensión del tiempo. Allí, bajo protocolos estrictos y temperaturas bajo cero, se custodian fragmentos de la estructura más resistente del cuerpo. Hablamos del Banco de Tejidos Musculoesqueléticos, un lugar que literalmente sostiene la esperanza de cientos de personas. Es aquí donde la ciencia logra una alquimia moderna: transformar una pieza ósea en el andamio sobre el cual un niño volverá a caminar tras la resección de un tumor, o en el soporte que salvará la columna de un abuelo.
El proceso detrás de este sistema es una coreografía de precisión médica. Ya sea a partir de una cabeza de fémur recuperada en una cirugía de cadera de rutina por artrosis o de una donación multiorgánica, el banco recibe, evalúa y procesa estos materiales hasta convertirlos en matrices biológicas listas para ser implantadas. Es el punto exacto donde la generosidad de un donante se encuentra con la ingeniería clínica: donde el tejido de una persona puede convertirse en el cimiento de la salud de otra.

En rigor, un banco de tejidos es una unidad hospitalaria especializada que recibe, evalúa, procesa, conserva y distribuye tejidos humanos destinados a ser utilizados en cirugías reconstructivas. Su función no es almacenar por almacenar, sino garantizar que ese material biológico llegue al quirófano en condiciones de máxima seguridad, trazabilidad y calidad clínica, siempre dentro del marco regulatorio nacional
En el Hospital Universitario Austral, el Banco de Tejidos Musculoesqueléticos trabaja exclusivamente con este tipo de tejidos: huesos, tendones, cartílago, meniscos. Todo lo que ingresa al banco atraviesa un circuito regulado que combina criterios médicos y controles microbiológicos, bajo estricta supervisión del sistema nacional de donación y trasplante coordinado por el INCUCAI.
El proceso comienza con la recepción del tejido, que puede provenir de una donación cadavérica o de un donante vivo, como ocurre en ciertas cirugías programadas por artrosis de cadera. Antes de que ese material sea aceptado, se revisan antecedentes clínicos y estudios serológicos. “Ante la mínima duda, el tejido se descarta”, aclara el doctor Marcos Galli Serra, director técnico del Banco de Tejidos Musculoesqueléticos del Hospital Universitario Austral, que trabaja junto a un equipo interdisciplinario encargado de la procuración, el procesamiento y el seguimiento de cada injerto: el doctor Bruno Terrarossa y los licenciados Guido Dembovsky y Celeste Martínez. Todo ellos supervisados por el doctor Walter Parizzia, director médico y fundador del Banco.

“Una vez aceptado, el tejido se obtiene en condiciones quirúrgicas de máxima esterilidad y se somete nuevamente a múltiples controles microbiológicos. Luego pasa a la etapa de procesamiento, que se realiza en áreas especialmente diseñadas, con aire controlado, filtros HEPA, presión positiva y campanas de flujo laminar de clase A, el nivel más alto de pureza ambiental”, añade Terrarossa. Allí, el hueso puede conservarse como estructura o transformarse —según las necesidades clínicas— en unidades más pequeñas, como hueso molido.
“Recién después de superar todas esas instancias, los tejidos se almacenan en ultrafreezers a –80 °C, una temperatura que permite preservar sus características biológicas durante años —hasta un máximo de cinco, según la normativa vigente—”, ofrece Dembovsky, coordinador del Banco. Cumplido ese plazo, el material debe descartarse de manera obligatoria, no por pérdida de calidad estructural, sino por criterios regulatorios y de seguridad sanitaria. Su colega, la instrumentadora quirúrgica del banco Celeste Martínez, cuenta que cada fragmento queda identificado y documentado: se registra su origen, los controles realizados y el destino. Esa trazabilidad total —auditada por el INCUCAI— es una condición indispensable para que el tejido pueda ser utilizado.
El banco no decide de manera autónoma cuándo ni cómo se implanta un tejido. Cada solicitud debe realizarse a través de la plataforma oficial del INCUCAI, y solo los profesionales y las instituciones habilitadas pueden solicitarlos y por lo tanto utilizarlos. De ese modo, el banco funciona como nodo vital; una infraestructura clínica que conecta la donación con la cirugía y convierte un gesto solidario en una herramienta terapéutica concreta para diversas instituciones.

El Banco de Tejidos Musculoesqueléticos no existe como una rareza técnica ni como un depósito pasivo: resuelve los más diversos problemas clínicos. Su trabajo entra en juego cuando, durante una cirugía programada o de urgencia, hace falta material biológico seguro, disponible y adaptable para reconstruir lo que la enfermedad, el desgaste o un accidente dañaron. “Un tejido óseo puede ayudar a muchos pacientes”, afirma el doctor Marcos Galli Serra.
A diferencia de la donación de órganos como el hígado, el riñón, el páncreas, el corazón o el pulmón —que suelen beneficiar a una sola persona—, el tejido óseo tiene un impacto multiplicador: un solo segmento óseo puede ser procesado para generar entre 10 y 15 lotes distintos. Así un mismo donante puede convertirse en el soporte de múltiples cirugías: desde la reconstrucción de un hueso tras la resección de un tumor, hasta el refuerzo de una columna debilitada o la revisión de una prótesis de cadera que ya no encuentra buena fijación en el hueso original.
Sobran los ejemplos. En oncología, por caso, estos injertos permiten reemplazar segmentos óseos completos luego de extirpar un tumor. En cirugía de columna, el hueso molido se utiliza para rellenar cavidades y favorecer la estabilidad. En ortopedia, los tejidos del banco evitan someter al paciente a una doble intervención: sin un banco disponible, muchas veces habría que extraer hueso del propio cuerpo para usarlo como injerto, sumando dolor, tiempo quirúrgico y riesgo.
También cumple un rol clave en situaciones imprevistas. Una operación planificada puede cambiar de rumbo en minutos: una cavidad más grande de lo esperado, un injerto que no alcanza, una prótesis que se mueve y no estaba contemplado… “Nosotros no salvamos vidas”, aclara el doctor Galli Serra, con una frase que resume el espíritu del banco: “Mejoramos la calidad de vida de los pacientes”. Y en esa mejora —volver a caminar, evitar una nueva intervención, recuperar estabilidad, reducir el dolor— está el sentido profundo de un área que sostiene numerosos procedimientos de alta complejidad.

Como se dijo antes, el tejido musculoesquelético suele provenir de dos grandes fuentes. Por un lado, los donantes vivos, en general pacientes que se someten a cirugías programadas, como un reemplazo de cadera (en este caso, la cabeza femoral que se extrae durante el procedimiento —y que en muchos hospitales se descarta— puede convertirse en un injerto valioso). Por otro lado, los donantes cadavéricos, en el marco de operativos de donación coordinados por el sistema nacional.
En ambos escenarios, la selección es estricta. “El banco trabaja, en términos generales, con donantes de entre 14 y 65 años. Por debajo de ese rango, los huesos aún conservan cartílago de crecimiento; por encima, la calidad ósea y tendinosa suele no ser la adecuada”, precisa el doctor Galli Serra. A eso se suman antecedentes clínicos, estudios serológicos y una evaluación inicial que, como se dijo, comienzan incluso antes del traslado.
“Cuando recibimos el llamado por un posible donante, seguimos un checklist muy riguroso basado en estándares nacionales e internacionales”, afirman los profesionales del equipo. Ante la mínima duda clínica o microbiológica, reiteran, el proceso se detiene. La lógica es clara: el umbral de aceptación es sumamente exigente. “Preferimos descartar un tejido antes que asumir un riesgo innecesario”, resumen.
En el caso de los donantes cadavéricos, la procuración de tejidos se da siempre después de la donación de órganos, respetando prioridades y listas de espera. La asignación de qué banco realiza la ablación no depende del hospital receptor, sino de un sistema de rotación coordinado por el INCUCAI. En la Provincia de Buenos Aires, por cierto, el Banco de Tejidos Musculoesqueléticos del Hospital Universitario Austral ocupa un lugar singular: es el único banco de este tipo y mantiene un trabajo articulado con otras instituciones de Argentina y CUCAIBA.

La donación de tejidos suele despertar reparos muy específicos. Uno de los más frecuentes es la idea de que el cuerpo del donante queda visiblemente alterado, que se “quita” hueso de zonas expuestas o que la intervención deja marcas evidentes. “La gente cree que se sacan huesos de la cara, de las manos o de los pies, y eso no ocurre, son mitos”, aclara el doctor Marcos Galli Serra. La procuración de tejidos se realiza con criterios estrictos de respeto: el cuerpo se reconstruye, no se modifica su aspecto externo y existen límites precisos sobre qué puede y qué no puede extraerse. Las zonas visibles y simbólicas para las familias quedan preservadas.
También persiste la idea de una intervención demasiado invasiva o, incluso, desordenada. Sin embargo, la ablación de tejidos se realiza en condiciones quirúrgicas controladas, bajo protocolos específicos y con el mismo cuidado que cualquier otro procedimiento médico. No hay improvisación ni arbitrariedad: cada paso está regulado y supervisado.
Además, es una clase de donación que ocupa un lugar menos visible, no asociada a la urgencia extrema ni al dramatismo de una vida que depende de horas. Su lógica es otra: más silenciosa, menos épica, pero no menos transformadora.
El tiempo, aquí, no apremia: se organiza. Y esa diferencia cambia todo. Permite seleccionar con rigor, procesar con cuidado y pensar el gesto de donar no como un último acto desesperado, sino como una decisión que proyecta efectos a largo plazo. Quizás por eso cuesta más imaginar su impacto. El de cirugías que se vuelven posibles, el de movimientos que se recuperan, el de dolores que dejan de ser el centro de la vida cotidiana. Un efecto que permanece, que se siente día a día.