El pecho se cierra, un sudor frío recorre la nuca y, en la quietud de la casa, no se escucha nada más que la propia respiración entrecortada. Cuando se vive solo y el corazón da señales de alerta, cada segundo adquiere una dimensión distinta. En esos momentos, en los que el miedo o el malestar amenazan con nublar el juicio, saber cómo actuar resulta tan vital como reconocer lo que está sucediendo. “Tiempo es corazón”, sentencia el doctor Sergio Baratta, jefe del Servicio de Cardiología del Hospital Universitario Austral. Su premisa ante un infarto agudo de miocardio es clara: cuanto antes se solicite ayuda y se inicie el tratamiento, mayores serán las posibilidades de limitar el daño. Este recordatorio es crítico en una Argentina donde ocurren unos 40.000 infartos anuales —más de cien por día— y donde la soledad es una tendencia en alza: según estudios recientes, uno de cada cuatro hogares en el país es ya unipersonal. Esta nota reúne las señales que no se deben ignorar y los pasos concretos para atravesar esos primeros minutos con lucidez, especialmente cuando no hay nadie cerca.
Antes que nada, por supuesto, resulta esencial reconocer las señales y, para ello, bien vale sacarse de la cabeza los films de Hollywood: en la vida real, el cuerpo no siempre avisa con ese desplome dramático, ni con el protagonista agarrándose el corazón como si le hubiera dado un rayo. La manifestación más habitual es un dolor, opresión, ardor o sensación de disconfort que suele presentarse en el pecho, sí, aunque también puede aparecer en la espalda, los hombros, los brazos o las muñecas, el cuello o la llamada “boca del estómago”. “Puede comenzar de forma súbita —aunque también hacerlo de manera gradual— y persistir más de 10 a 15 minutos o reaparecer después de una pausa”, explica el doctor Baratta. En algunos casos, además, el dolor llega a irradiarse hacia los hombros, los brazos, el cuello, la mandíbula, los dientes o la espalda.
El infarto agudo de miocardio, sin embargo, no siempre se presenta de la misma manera. En las mujeres, con frecuencia aparece cual dolor epigástrico o ardor parecido a una acidez, una sensación de malestar general difícil de precisar, o incluso como un cansancio súbito o una ansiedad inexplicable. También pueden registrarse desmayos, episodios de sudoración profusa o dolores que se confunden con una gastritis. A estos signos se suman falta de aire, sudor frío, náuseas, mareos, palidez, eructos o incluso bostezos que, aunque no sean las alarmas clásicas, “no deben subestimarse”, en las categóricas palabras del especialista.
En los adultos mayores, mientras tanto, las señales pueden ser todavía más atípicas: “cambios bruscos en el estado general, como cuadros confusionales o delirium, apatía repentina, falta de apetito o una pérdida súbita de la funcionalidad habitual”, precisa el experto. Indicios, en fin, que muchas veces tardan en asociarse con un problema cardíaco, pero que pueden ser la forma en la que el corazón da su aviso.

Reconocidas las señales, es momento de actuar con premura. El temor, el titubeo, incluso la esperanza de que las molestias pasen por sí solas son malos consejeros; de allí la importancia de interiorizar la siguiente secuencia, un pequeño protocolo personal para atravesar esos primeros minutos críticos. Empezando por la reacción más importante, también la más simple: llamar a Emergencias de inmediato. O sea, al 107 (u homónimo local de SAME), o bien, al servicio privado de emergencias al que se esté suscripto, siempre que se tenga el número a tiro. Ya en comunicación, contar la naturaleza del problema y brindar su ubicación exacta, sin omitir una regla de oro: nunca colgar primero, espere las instrucciones del operador antes de dar por finalizada la llamada.
“No es raro que el operador permanezca en la línea monitoreando la evolución del cuadro: si el dolor se intensifica, cambia de características o aparecen nuevos síntomas, hay que informárselo ipso facto”, recuerda el doctor Baratta. Una vez que la comunicación se corte, recién entonces se aconseja marcarle a un familiar o amigo para que esté al tanto de la situación y pueda acompañar a distancia mientras llega la ambulancia.

Hecha la llamada a Emergencias, toca aguardar pero, incluso en esos minutos, ciertos gestos pueden marcar la diferencia. Pequeños actos que ahorran tiempo cuando finalmente llegue la ambulancia: destrabar o abrir la puerta de la casa y encender las luces (en especial durante la noche, para que identifiquen la vivienda más fácilmente) contribuyen a la rauda entrada de los rescatistas. Son detalles mínimos, pero —como menciona el especialista— evitan demoras cuando los profesionales necesitan ingresar rápido.
Otra recomendación importante es no permanecer de pie. La posición más segura: semi-sentado o recostado, con la cabeza elevada. De esa manera, aclara el cardiólogo, “se reduce la carga sobre el corazón y también el riesgo de una caída si aparecen mareos o pérdida de conciencia”. En general, es clave evitar cualquier esfuerzo: “permanecer recostado, aflojar la ropa que aprieta y mantener el teléfono a mano, asimismo respirar lento y profundo para atravesar ese tramo lo más sereno posible”.

Mucho se habla de masticar una aspirina mientras se aguarda, pero ¿realmente ayuda? El especialista aclara que “puede ser útil cuando se sospecha un infarto y la persona no es alérgica ni presenta sangrados activos u otra contraindicación conocida”. De todos modos, es preferible hacerlo solo tras la indicación del personal de salud. Si no se dispone de aspirina, sin embargo, “no hay que sustituirla nunca jamás por otros analgésicos, como ibuprofeno o diclofenac”.

Cuando llega la ayuda
De más está decir que memorizar todas estas acciones puede ser complicado, más aún llevarlas a cabo mientras se transita un infarto agudo de miocardio. Sin embargo, aplicar algunos de estos consejos ya constituye un avance crítico hasta la llegada de la ambulancia. Una vez en el lugar, el equipo médico no solo confirma la sospecha diagnóstica mediante la evaluación de signos vitales y un electrocardiograma, sino que inicia el tratamiento administrando oxígeno o fármacos antitrombóticos según el caso. Su función es vital: estabilizar al paciente y coordinar el traslado rápido a un centro con capacidad de reperfusión (angioplastia o trombolisis).
“El sistema de Emergencias permite iniciar la evaluación precoz, realizar un electrocardiograma temprano y coordinar el traslado al centro más adecuado según la gravedad del cuadro”, explica el experto, quien enfatiza que en estos escenarios el tiempo es músculo. “Cuanto más se demora el tratamiento, mayor es el daño irreversible; la oclusión prolongada de una arteria aumenta el riesgo de insuficiencia cardíaca, arritmias graves e incluso la muerte”.
Por eso, los primeros minutos son determinantes. Errores comunes como esperar a que el dolor ceda, llamar a un familiar antes que a Emergencias, ducharse o intentar conducir hacia la guardia solo logran retrasar la atención profesional. De hecho, “si el equipo de Emergencias inicial subestimara el cuadro y usted no se siente tranquilo o los síntomas persisten, no dude en repetir la consulta urgente y exigir el traslado al centro de mayor complejidad más cercano”. En un infarto, cada segundo cuenta.