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15 Ene 2026

¿Por qué a algunas personas les cuesta disfrutar el tiempo libre?

Las vacaciones prometen descanso, pero no siempre traen calma. Cuando la pausa inquieta, aparecen preguntas sobre el modo en que cada persona se vincula con el tiempo libre. Qué revela ese malestar y por qué no conviene ignorarlo.

Con las vacaciones, el tiempo libre llega cargado de promesas: bajar un cambio, desconectar, recargar energías. Sin embargo, cuando la agenda finalmente se vacía no siempre aparece el alivio y la distensión esperados. En su lugar, pueden surgir inquietud, culpa, una forma de malestar difusa.

¿Por qué ese espacio tan anhelado —libre de horarios y exigencias— no siempre se vive como alivio? ¿Por qué la pausa, lejos de relajar, despierta incomodidad, aun cuando sus beneficios son ampliamente reconocidos?

Según la Lic. Inés Maidana, psicóloga del Servicio de Salud Mental del Hospital Universitario Austral, el problema no está en “no saber qué hacer”, sino en algo más profundo: el tiempo verdaderamente libre nos enfrenta con nosotros mismos, abriendo una libertad que puede resultar desconcertante. Al detener la marcha cotidiana, afloran pensamientos, emociones o preguntas que durante el año quedan amortiguadas por la actividad constante. Desde su experiencia clínica, la profesional señala que “el malestar muchas veces proviene de no haber construido un mundo interno lo suficientemente habitable”. “Cuando ese espacio falta, la pausa deja de sentirse reparadora y puede vivirse como incómoda, incluso amenazante”, precisa.

¿Por qué a algunas personas les cuesta disfrutar el tiempo libre?
El tiempo libre llega con promesa de descanso. Sin embargo, no siempre trae calma: a veces aparece inquietud, culpa o ansiedad.

La capacidad de estar solo

Esta posibilidad de estar con uno mismo sin angustia no surge de manera espontánea. La especialista retoma aquí una idea del pediatra y psicoanalista inglés Donald Winnicott: la capacidad de estar solo se desarrolla a partir de experiencias tempranas de juego en presencia de un otro cercano, pero no invasivo. Esa huella infantil es la que permite, en la adultez, tolerar el silencio y el tiempo sin estímulos externos. En ese sentido, el ocio no es un lujo superficial, sino que cumple una función estructurante. “No se trata simplemente de ‘no hacer nada’, sino de abrir un espacio donde algo propio pueda emerger”, añade la licenciada.

Cuando esa estructura interna es frágil, a veces la culpa toma el mando. Maidana lo ilustra con un fenómeno recurrente: el del “ejecutivo en la playa”. Son personas que logran trasladarse físicamente a un lugar de descanso, pero no pueden soltar la lógica del rendimiento. Cambian el traje por la malla, pero mantienen el teléfono encendido y la mente operando bajo la urgencia. “El escenario cambia, pero el mandato permanece”, advierte la experta. Para la psicóloga, esto ocurre porque muchas veces el trabajo opera como una analgesia: la actividad continua atenúa el malestar psíquico. Cuando esa defensa se suspende, el dolor deja de estar silenciado. No porque el ocio sea dañino, sino porque deja a la persona expuesta a su propia realidad interna.

¿Por qué a algunas personas les cuesta disfrutar el tiempo libre?
Cuando la agenda se vacía, el tiempo verdaderamente libre puede resultar incómodo y confrontarnos con nosotros mismos.

Ocio vs. Negocio: de jerarquías culturales

Esta tensión tiene raíces profundas que, incluso, se manifiestan en la palabra. Etimológicamente, el término ocio proviene del latín otium, que para los antiguos no era sinónimo de pereza, sino el tiempo dedicado al pensamiento, la contemplación y la vida interior. Mientras tanto, su opuesto, negotium —origen del término “negocio”— refiere justamente a la “negación del ocio”. Así lo precisa Maidana, que asimismo advierte “qué lugar cultural se le dio originalmente al descanso desde el lenguaje”. Sin embargo, el paradigma moderno invirtió este estatus: hoy el negocio (la productividad) es el estado valorado, mientras que el ocio quedó relegado a un lugar sospechoso, como un vacío que debe ser justificado o un premio que solo se obtiene tras el agotamiento. “En la Grecia clásica, el ocio era la condición necesaria para la libertad; hoy, parece ser una falta que genera culpa”, destaca la experta. 

En ese marco, el aburrimiento también goza de mala prensa. Sin embargo, Maidana invita a revalorizarlo como un umbral necesario para la creatividad. La hiperconexión, en cambio, ofrece un refugio engañoso: “Estar frente a una pantalla puede dar la sensación de estar entretenido, pero a menudo es una forma de ‘hipnosis’ que impide la conexión con el deseo. No es lo mismo estar entretenido que estar conectado con lo que a uno le pasa”.

¿Por qué a algunas personas les cuesta disfrutar el tiempo libre?
Cambiar de escenario no siempre alcanza. Incluso en vacaciones, muchas personas no logran soltar la lógica del rendimiento.

Una inversión en salud

Como advierte la profesional, vivimos en una época que tolera poco los tiempos muertos y desconfía de todo aquello que no se traduzca en resultados visibles. La pregunta “¿qué hiciste hoy?” suele funcionar como una vara de productividad, y rara vez habilita respuestas ligadas al disfrute, al juego o a la contemplación. Ese mandato no se suspende con las vacaciones. Incluso en el tiempo libre, muchas personas continúan evaluándose a sí mismas: si aprovecharon el día, si descansaron “bien”, si hicieron lo suficiente. El ocio queda así colonizado por la lógica del rendimiento. 

Recuperar el ocio como experiencia legítima implica, entonces, algo más que tomarse unos días libres. Supone cuestionar esa equivalencia entre valor y productividad, y habilitar un tiempo que no esté al servicio de ningún objetivo externo. Un tiempo que no necesite justificarse ni capitalizarse, sino simplemente existir.

Después de todo, lejos de ser tiempo perdido, el descanso tiene efectos concretos sobre la salud. Maidana subraya que la pausa no solo impacta a nivel subjetivo, sino también en el funcionamiento físico. Durante el descanso, por ejemplo, se favorecen procesos ligados a la neuroplasticidad: el cerebro consolida aprendizajes, integra información y se reorganiza. No es casual —explica— que muchas veces se comprenda algo con mayor claridad después de parar, o que una idea aparezca cuando la mente deja de estar en modo ejecución permanente.

¿Por qué a algunas personas les cuesta disfrutar el tiempo libre?
Descansar no es perder el tiempo ni algo que haya que justificar. Es una necesidad psíquica y biológica, con impacto real en la salud.

Frenar para seguir

Desde esta perspectiva, descansar no es desertar de la vida activa, sino sostenerla. La pausa permite recuperar atención, mejorar la concentración y ampliar la capacidad de respuesta frente a lo cotidiano. Cuando el descanso falta o se vive con culpa, esos procesos se empobrecen y el cuerpo termina pagando el costo. Por eso, Maidana insiste en que descansar no es un premio ni una concesión: es una necesidad psíquica y biológica. Una inversión que no se mide en productividad inmediata, pero sí en salud a largo plazo.

De allí que, cuando la ansiedad, la culpa o la angustia frente a la pausa se vuelven demasiado persistentes, intensas o interfieren con el sueño, el humor o la vida cotidiana, pueden ser una señal de que algo necesita ser pensado con ayuda profesional. Maidana aclara que no se trata de “aprender a descansar”, sino de comprender qué se pone en juego cuando la actividad se detiene. En esos casos, el espacio terapéutico puede ofrecer un lugar para alojar esa incomodidad sin taparla, revisar los mandatos que operan sobre el ocio y construir una relación más amable con el propio tiempo.

Las vacaciones, entonces, no son un trámite para volver mejores, sino la oportunidad de ser bajo un ritmo propio. Lograr que la pausa sea, al fin, un lugar donde no haga falta justificarse ni capitalizar cada minito. Un tiempo para aburrirse, para pensar, para jugar. Acaso para volver distintos. No más eficientes. Simplemente, más dueños de nosotros mismos. Más disponibles para el próximo capítulo. 

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