
A veces una imagen se acerca a lo que el lenguaje apenas roza. La mariposa, por caso, reúne la idea de transformación: cambia, se despliega y encuentra una nueva manera de estar en el mundo. En sus alas conviven belleza y fragilidad; es una presencia que vuela en equilibrio delicado, que irrumpe con intensidad fugaz y luminosa. Por eso, en el Hospital Universitario Austral —y en muchas otras instituciones— la mariposa es el símbolo que representa una de las pérdidas más difíciles de nombrar: el duelo perinatal, es decir, la pérdida de un hijo durante el embarazo, el parto o a poco de haber nacido. Un duelo que muchas veces habita en el silencio, allí donde lo social aún no termina de hacerle un lugar. Como si un bebé que no llegó a casa no fuera real. Como si las vidas se midiesen en días. Sin embargo, esa ausencia es una presencia que late; una vida fugaz que permanece, sostenida en el amor de su familia.
Vidas breves pero significativas que, como mariposas, no necesitan de largos calendarios para dejar una huella profunda. De allí que, en el Hospital Universitario Austral, este símbolo se vuelva acción: a través de instancias de cuidado y escucha, se busca dignificar ese pesar, rescatándolo de la invisibilidad. Allí, la mariposa morada en una habitación o en una ficha médica no es solo una imagen; es un código de respeto que alerta a cada profesional sobre la delicadeza que esa familia necesita: médicos y enfermeras, sí, pero también staff técnico, de administración, limpieza, cocina… Es el modo en que la institución reconoce que esa pérdida tiene nombre, tiene historia y, sobre todo, merece un espacio de despedida. Porque abrazar el final de una vida que apenas comenzaba es, también, una forma de honrar su paso por el mundo.

“Es un duelo profundamente doloroso y complejo de atravesar, porque muchas veces no encuentra un espacio donde ser nombrado ni comprendido. Hay familias que no saben cómo poner en palabras lo vivido, que se enfrentan al silencio o a frases que, lejos de brindar apoyo, minimizan la magnitud de su pérdida”, explica la licenciada en Enfermería Paula Sevares, integrante del equipo que impulsa este abordaje. “Más allá de lo estrictamente médico, nuestra tarea es sostener, estar presentes con sensibilidad y respeto, validar ese dolor que tantas veces queda invisibilizado y ofrecer herramientas para transitarlo. Se trata de acompañar para que ese vínculo, aunque breve, pueda ser reconocido, honrado… y para que ese bebé tenga un lugar real y amoroso en la historia de su familia”.
Este respaldo se traduce en una serie de prácticas concretas que el hospital fue organizando y sistematizando en un esquema de trabajo específico. Se trata de un dispositivo dinámico, en permanente revisión, que recoge el conocimiento y la experiencia de los especialistas y lo ajusta a las necesidades singulares de cada caso. Creado interdisciplinariamente por Obstetricia, Neonatología, Salud Mental, Enfermería y otros servicios que intervienen a lo largo del proceso, su objetivo es claro: ofrecer un marco de contención que permita atravesar ese momento con mayor respeto y sentido.
El proceso se despliega desde el primer momento en que aparece la sospecha de muerte perinatal, una realidad que en Argentina afecta a cerca de 9 de cada 1000 nacimientos, según datos del Ministerio de Salud; entre las causas más frecuentes, patologías congénitas graves, infecciones intrauterinas, complicaciones del embarazo…“Cuando una paciente asiste a una ecografía y aparece la posibilidad de que algo no esté bien, procuramos que no afronte ese momento en soledad. Incluso allí, en ese primer indicio, comienza el acompañamiento”, explica Sevares. El cuidado, entonces, no se inicia únicamente con la confirmación del diagnóstico, sino mucho antes: en ese umbral incierto, cargado de miedo y preguntas.
Una vez confirmada la noticia, la mariposa —ese símbolo que abraza y condensa tanto— se convierte también en una señal de cuidado: se coloca en la habitación, en la ficha médica, en el quirófano, en la sala de partos. Funciona como un código compartido que atraviesa a todo el personal. “Es una manera de que todos sepan que esa familia está sobrellevando una pérdida, y que hay que cuidar especialmente cómo se ingresa a la habitación , cómo se habla, qué se dice”, señala. Ese pequeño gesto organiza el entorno: evita preguntas que involuntariamente puedan herir, suaviza los tonos, regula la circulación, favoreciendo un clima de respeto, intimidad y resguardo en un momento de extrema vulnerabilidad.
El espacio también se piensa con intención. Siempre que es posible, se intenta ubicar a la madre en una habitación alejada de nacimientos, para que no escuchen el llanto de recién nacidos, buscando reducir al máximo las situaciones que puedan intensificar el sufrimiento en un momento crítico.

En paralelo, el equipo acompaña uno de los momentos más difíciles: el encuentro con el bebé. “Para poder iniciar el proceso de duelo, tanto la literatura médica como nuestra experiencia destacan la importancia de poder verlo, sostenerlo en brazos”, señala Sevares. Ese contacto se ofrece con profundo respeto por los tiempos y decisiones de cada familia. No es una imposición, sino una posibilidad asistida. Las enfermeras e instrumentadoras preparan el cuerpo con minuciosidad, con el mayor de los cuidados, para que la imagen no sea impactante, sino que permita un acercamiento desde la ternura, el amor y la despedida.
En ese proceso, también se abren caminos para construir memoria. Uno de ellos es la caja que el hospital entrega a las familias, que incluye fotografías —generalmente en blanco y negro, de manos o pies—, huellas y un objeto de apego, como un conejo o un oso tejido a crochet por voluntarias. “No es un souvenir”, aclara Sevares. “Es un testimonio de este vínculo, una forma de hacerlo tangible, de resguardarlo”. A esto se suma la invitación a ponerle un nombre. “Nombrarlo cambia todo. Le da un lugar. Permite hablar de ese hijo desde el amor, reconocerlo como parte de la historia familiar”, asegura.
El abordaje, como se mencionó, también pone el foco en el lenguaje. En un contexto donde las palabras pueden aliviar o herir profundamente, el equipo trabaja activamente para evitar frases que minimicen la experiencia —“vas a tener otro”, “era muy chiquito”— y para promover una presencia más consciente. “A veces ayuda más decir ‘estoy para ayudarte, para acompañarte’ o ‘¿qué necesitás?’ que intentar encontrar una explicación”, dice la licenciada. “Incluso el silencio, cuando es verdaderamente empático, también es una forma de sostener”, subraya.
Ese marco de cuidado incluye también al padre, cuyo rol se resignifica. “Antes, muchas veces quedaba relegado a hacer trámites. Hoy buscamos que pueda estar y despedirse también”, explica Sevares. El dolor deja de ser una experiencia solitaria para la madre y se reconoce como un proceso que atraviesa a toda la familia. Hay, además, un trabajo específico sobre la culpa, una emoción frecuente. “Muchas mujeres sienten que hicieron algo mal, que fallaron. Y eso hay que poder trabajarlo, porque no es así”, afirma sobre otra arista de un protocolo que busca desarmar mandatos sociales que pesan, de habilitar otras formas de comprender lo sucedido y de estar para la familia sin juicios mientras transita un dolor que merece ser reconocido y cuidado.
Este enfoque se aplica independientemente de la edad gestacional. “No importa si fueron 5 semanas o 38. Para esa familia, es una pérdida y merece ser validada”, destaca. En ese gesto, el hospital nombra y legitima algo que muchas veces el entorno no alcanza a comprender: que el amor no se mide en tiempo, sino en el vínculo que ya existía y en el lugar que ese hijo ocupa para siempre en su historia.
El acompañamiento se mantiene a lo largo de toda la internación, pero encuentra uno de sus momentos más sensibles en el alta. “Ahí es donde muchas veces aparece el vacío”, reconoce Sevares. Si bien aún no existe un dispositivo formal de seguimiento a largo plazo, el equipo procura mantener un contacto cercano durante los primeros meses, ofreciendo orientación y compañía para facilitar el acceso a espacios de apoyo psicológico. De este modo, el cuidado no se interrumpe abruptamente, sino que intenta prolongarse más allá de la institución, durante ese tiempo silencioso en el que el duelo continúa.
En paralelo, el hospital genera instancias colectivas. Cada 15 de octubre, en el marco del Día Mundial del Duelo Perinatal, se realiza un encuentro en la Ermita de la Virgen del hospital. Allí, las familias pueden nombrar a sus bebés en voz alta y encender una vela en su memoria, en un gesto que se vuelve compartido. También existe un cenizario donde se depositan o resguardan las cenizas de aquellos bebés cuyos padres eligen que la institución se encargue de ese proceso. Son espacios que brindan un lugar donde el recuerdo puede ser honrado y el duelo, acompañado.

En cada una de estas instancias —desde la mariposa en una puerta hasta una vela encendida en la ermita— se teje una misma intención: hacer lugar. Dar entidad y visibilidad a una experiencia que durante mucho tiempo permaneció en silencio, relegada a la sombra. Es en esencia, una forma de estar, de asistir con la mayor delicadeza posible, para quienes transitan una de las pérdidas más hondas y difíciles de nombrar. En ese dolor tan íntimo, también es necesario —y profundamente humano— ser sostenido.