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Médicos con frontera: la historia de AMTENA
Médicos con frontera: la historia de AMTENA

Médicos con frontera: la historia de AMTENA

Volver para ayudar: esa idea atraviesa la historia de AMTENA, la organización que desde hace más de 25 años lleva atención médica especializada a comunidades del Chaco salteño junto a profesionales de distintas instituciones, entre ellas el Hospital Universitario Austral. Una historia de caminos difíciles, vínculos duraderos y vidas que cambian en ambos sentidos.

Los caminos se pierden entre kilómetros de monte; horas y horas atravesando una geografía inmensa donde las distancias se miden de otra manera. Cuando llueve, la tierra se transforma en una suerte de arcilla espesa capaz de inmovilizar camionetas y camiones. A veces hace falta un UNIMOG del Ejército Argentino; otras, alcanza con la pericia de choferes locales que conocen cada tramo, cada curva, cada huella. Llegar a estos pueblos del Chaco salteño nunca es una mera formalidad.

Médicos con frontera: la historia de AMTENA
Cada año, médicos, enfermeros y voluntarios recorren algunos de los caminos más difíciles del país para acercar atención especializada a comunidades del Chaco salteño donde el acceso a la salud sigue siendo un desafío.

Santa Victoria Este. La Merced. La Puntana. Alto La Sierra. Vertientes Chicas. Misión La Paz. Pozo Bravo. San Miguel. Pozo La China. Nombres que, para muchos argentinos, apenas ocupan un rincón remoto del mapa. No así para los integrantes de la Fundación AMTENA que, varias veces al año, emprenden el viaje desde Buenos Aires y otros puntos de Argentina hacia el extremo norte del país. Al final del recorrido, médicos, enfermeros y voluntarios descargan cajas, medicamentos e instrumental en escuelas o salitas de primeros auxilios elementales que, durante unos días, se convierten en consultorios de expertos. Mientras tanto, las familias empiezan a acercarse… 

Niños en brazos. Abuelos. Mujeres. Hombres. Filas que crecen y crecen a medida que avanzan la mañana y la tarde. En algunas comunidades, las consultas transcurren en más de una lengua, con caciques que traducen del wichí síntomas, preguntas y respuestas, ayudando a tender el ida y vuelta esencial. Y es que allí, en estas comunidades chorotes, tobas y wichis, transcurre una realidad que suele permanecer fuera de escena: la de personas que viven sin agua corriente ni cloacas, en la más extrema vulnerabilidad; que aprenden a convivir con dolores que las doblan sobre sí mismas, con una visión que se apaga poco a poco o con enfermedades que avanzan durante años sin diagnóstico. No porque no tengan tratamiento, sino porque el acceso a la salud sigue siendo una frontera difícil de cruzar. 

Médicos con frontera: la historia de AMTENA
Además de brindar atención médica, AMTENA busca dejar capacidades instaladas: equipamiento, formación y herramientas que fortalecen la atención local más allá de cada misión.

Volver: una promesa cumplida

Desde hace más de 25 años, AMTENA cruza esa frontera. Cinco veces al año, cerca de 30 médicos, enfermeros y voluntarios dejan atrás sus consultorios, quirófanos, rutinas y familias para internarse en algunas de las zonas más aisladas del norte argentino. Dos misiones clínicas, dos quirúrgicas y una oftalmológica conforman una maquinaria solidaria que moviliza profesionales de distintas especialidades e instituciones —entre ellas el Hospital Universitario Austral— con un objetivo tan simple como extraordinario: llegar allí donde la atención médica más se necesita. 

“AMTENA en wichí significa ‘Me alegra volver a verte’”, relata el doctor Alejandro Nolazco, médico consultor del Servicio de Urología del Hospital Universitario Austral. Porque si algo distingue a la organización no es solamente la capacidad de llegar: es la decisión de regresar. Una y otra vez. Por los mismos caminos. A las mismas comunidades. Con los mismos pacientes y nuevos que se incorporan. Después de tantos años, los médicos ya son rostros familiares. Los esperan. Los reconocen. Los reciben con abrazos y algarabía. “Que confíen en nosotros es uno de nuestros mayores logros”, destaca sobre una relación forjada misión tras misión que llevó a que, en 2024, la Fundación AMTENA fuera distinguida como Abanderados de la Argentina Solidaria. 

La propia historia de las misiones nació de otro encuentro. A fines de los años noventa, “invitamos a Buenos Aires al doctor Thomas Elkins, entonces jefe del Servicio de Cirugía Reconstructiva del Hospital Johns Hopkins, en Baltimore, para una jornada urológica. Durante aquellos días, este médico estadounidense nos habló de cómo viajaba regularmente a Ghana para atender a poblaciones vulnerables, con tanta pasión que nos contagió su profunda vocación humanitaria”. Aquella idea echó raíces y, con el tiempo terminaría convirtiéndose en esta organización de “médicos con fronteras”, como la llama el doctor Nolazco. Un detalle nada secundario, por cierto: AMTENA es también acrónimo de “Asistencia Médica Thomas Elkins para el Norte Argentino” en homenaje a quien inspirara la ayuda humanitaria de la fundación.  

Una semana, cientos de historias… y casos clínicos

La dimensión del compromiso de AMTENA apenas puede medirse en los resultados de la última misión, del pasado abril: su Operativo Clínico N.º 56 —número 79 en términos generales—. Un equipo de 24 profesionales (más de la mitad del Austral, en esta ocasión) recorrió nueve comunidades del Chaco salteño. Durante una semana, escuelas rurales se transformaron en consultorios donde especialistas en pediatría, clínica médica, medicina familiar, cirugía, oftalmología, fisiatría y diagnóstico por imágenes atendieron a muchísimas personas. 

Algunos números ayudan a dimensionar el alcance de la tarea: el operativo permitió detectar 147 pacientes con necesidad de cirugía e incorporar a decenas de personas a programas de seguimiento y estudios complementarios. En oftalmología, además de los controles realizados en las comunidades y en el Hospital de Santa Victoria Este, se entregaron cientos de anteojos y, a su vez, se confeccionaron otras 96 recetas de lentes que serán fabricados en Buenos Aires y entregados en futuras misiones. A ello se sumó la distribución de medicamentos, materiales médicos, sillas de ruedas, alimentos y otros recursos destinados a pacientes, escuelas y centros de salud de la región. También se realizaron talleres comunitarios de plantación de moringa, una iniciativa orientada a promover herramientas de autosustento y alimentación saludable en las comunidades. 

Porque en AMTENA la atención no termina en la consulta: también implica dejar capacidades instaladas, acompañar necesidades cotidianas y fortalecer el vínculo con cada comunidad hasta la vuelta. 

Médicos con frontera: la historia de AMTENA
Más allá de las estadísticas, los profesionales coinciden en una medida del éxito: encontrar, en cada viaje, al menos una persona cuya vida cambie para siempre gracias a la atención recibida.

El largo camino de un sonrisa

Si la medicina clínica requiere constancia e ingenio, la oftalmología exige además una logística de precisión. “La especificidad de nuestra área requiere muchísima aparatología y equipamiento muy pesado”, explica la doctora Anahí Lupinacci, subjefa del Servicio de Oftalmología del Hospital Universitario Austral e integrante de AMTENA desde 2018. Cuando se sumó a las misiones, la atención oftalmológica era todavía esporádica. El desafío entonces iba mucho más allá de llevar un médico a terreno: había que brindar respuestas integrales porque, en sus palabras, “decirle al paciente cuál es su problema sin darle la solución no es correcto”. Hoy la salud visual cuenta con una misión específica. 

Al principio trabajaban con instrumental prestado o alquilado; más tarde, un subsidio y donaciones permitieron comprar equipamiento de diagnóstico y montar un consultorio oftalmológico clínico propio —desde lámpara de hendidura y tonómetro portátil hasta retinoscopio y lupa de 20 dioptrías—. Paralelamente, tejieron una red con laboratorios de cristales y marcos para garantizar anteojos gratuitos. Pero el verdadero nudo logístico era la cirugía. Naturalmente, en las escuelas rurales no se puede operar y el centro médico más cercano no contaba con insumos específicos de la especialidad. Por eso la alta complejidad se mueve sobre ruedas: cargan microscopios y tecnología pesada en camionetas y transforman los quirófanos del Hospital Juan Domingo Perón de Tartagal para operar durante los operativos quirúrgicos. Así, lo que nació como una idea terminó volviéndose un circuito completo: del diagnóstico a la cirugía. 

“El calor extremo, el polvo y la exposición permanente al sol favorecen cuadros de ojo seco y pterigión. Pero el principal problema siguen siendo las cataratas, que aparecen a edades mucho más tempranas que en las grandes ciudades y provocan cuadros de ceguera completamente reversibles. A eso se suman traumatismos oculares que nunca recibieron atención especializada. Vemos lesiones que cicatrizaron como pudieron y muchas veces llegamos cuando ya queda poco y nada por hacer”, señala la doctora Lupinacci, que formó parte de la comitiva que viajó el pasado abril. 

Y, sin embargo, las transformaciones más frecuentes suelen ser también las más simples. “Muchas personas recuperan visión gracias a algo tan sencillo como un par de anteojos”. En algunos pueblos, ofrece la experta, incluso los controles visuales requieren traductores porque muchas personas solo hablan wichí, pero hay señales entrañables que no necesitan intérprete. “A veces les mostramos dibujos para evaluar cuánto ven. Cuando empiezan a reconocerlos, no hace falta que digan nada: nos damos cuenta porque se ríen”, rememora. “Esa sonrisa no tiene precio”. 

El quirófano al final del camino

A lo largo de dos décadas, los operativos de AMTENA permitieron tomar una radiografía precisa de las patologías que más se repiten en la zona. Desde lo clínico, se ven mucha hipertensión, cardiopatías, Chagas y tuberculosis. A ese mapa se suman desnutrición, diabetes, infecciones de todo tipo —parasitarias, bacterianas— y neumonías, por citar otros ejemplos frecuentes. También aparecen tumores de piel, vinculados a años de exposición al sol. En los niños, además, se observan muchas secuelas de quemaduras —retracciones en los dedos por accidentes con fuego o caños de escape—, casos de labio leporino y otras afecciones. Una de las patologías dominantes en adultos es la litiasis vesicular: cálculos de vesícula que, en una ciudad como Buenos Aires, suelen resolverse con una cirugía programada, allí pueden convertirse en años de dolor, complicaciones y espera. Es justamente allí donde entran en escena los operativos quirúrgicos de AMTENA —al momento de publicada esta nota, habrá terminado una nueva misión de este tipo—. 

La cirujana Guadalupe Iudica, médica de planta del Servicio de Cirugía General del Hospital Universitario Austral, ha participado tanto de misiones clínicas como quirúrgicas y fue en uno de aquellos primeros viajes donde, según recuerda, se enamoró “del Chaco salteño y de toda su gente”. Desde entonces regresó varias veces para formar parte de una instancia tan exigente como transformadora: la de operar a pacientes que llevaban años con dolencias, muchas veces incapacitantes. “La gente, una vez que entra en lista de espera para que las operemos, tiene una ilusión enorme”, cuenta la especialista. No es para menos: en una región donde el acceso a la cirugía especializada sigue siendo limitado, una intervención puede significar el fin de años de dolor y el comienzo de una vida distinta.

Los operativos quirúrgicos se realizan en el Hospital Juan Domingo Perón de Tartagal, a unas cuatro o cinco horas de muchas de las comunidades donde viven los pacientes. Cada día, equipos de AMTENA los trasladan hasta el hospital donde tres de los cuatro quirófanos se dedican casi exclusivamente a los cálculos de vesícula. También se realizan cirugías reparadoras, tratamiento de tumores de piel, secuelas de quemaduras, hernias y procedimientos endoscópicos, entre otras intervenciones. 

El ritmo es intenso: entre nueve y diez cirugías por día. Y los casos rara vez son fáciles: muchos llegan después de años conviviendo con dolor, inflamación o complicaciones. El impacto, por cierto, trasciende incluso a quienes se operan: gracias a donaciones y alianzas construidas durante años, parte del equipamiento quedó instalado en Tartagal, mientras que estudiantes de la escuela local de instrumentación quirúrgica participan de los operativos y se forman junto a los profesionales experimentados de AMTENA. Porque, al igual que ocurre con las misiones clínicas y oftalmológicas, la fundación busca dejar algo más que atención médica: también capacidades y conocimiento para el futuro.

Médicos con frontera: la historia de AMTENA
Durante los operativos, escuelas rurales se transforman en consultorios donde especialistas de distintas disciplinas atienden a cientos de pacientes.

La medicina sale al encuentro: puerta por puerta

Hay que decir que, en cada misión, incluso cuando las filas se extienden durante largas horas frente a escuelas o salitas convertidas en consultorios, los médicos saben que siempre hay alguien que quedó más lejos. Alguien que no tiene cómo trasladarse. Alguien que ni siquiera sabe que un grupo de especialistas está atendiendo. Es entonces cuando algunas camionetas vuelven a ponerse en marcha: comienza otra parte del operativo, con doctores recorriendo parajes dispersos, internándose por senderos de tierra y golpeando puertas. 

El doctor Rodolfo Keller, pediatra y neonatólogo del Hospital Universitario Austral, conoce bien esa tarea. Desde 2019 participa —una semana al año— de las misiones de AMTENA. “Los pacientes que atendemos en escuelas tienen alguna forma de llegar, pero hay otros que no llegan. Y ahí es donde tratamos de ir nosotros”, explica el profesional. 

Esa búsqueda suele conducir a historias difíciles de olvidar. Como la de una niña con hipotiroidismo congénito: “aunque la enfermedad había sido detectada al nacer mediante la pesquisa neonatal, nunca había recibido tratamiento”. Cuando el doctor Keller la conoció tenía casi dos años y un importante deterioro neurológico. El equipo logró derivarla, confirmar el diagnóstico e iniciar la medicación. Cuando la volvieron a ver, los avances eran increíbles: “Había comenzado a caminar, estaba más activa, más conectada con su entorno y había recuperado funciones que parecían comprometidas para siempre”.

En otra ocasión, descubrieron niños que llevaban mucho tiempo sin recibir vacunas. La situación ayudaba a explicar la cantidad de infecciones que encontraban durante los operativos. A partir de ese hallazgo, “articulamos con las autoridades sanitarias locales para reincorporar a esos chicos al calendario de inmunización y restablecer los controles. Probablemente evitamos enfermedades gravísimas”, reflexiona hoy día. 

Médicos con frontera: la historia de AMTENA
Cuando los pacientes no pueden llegar hasta los consultorios improvisados, son los equipos de salud quienes salen a buscarlos, recorriendo parajes y caminos de tierra puerta por puerta.

Con los años, este profesional desarrolló una forma particular de medir el éxito de cada viaje al Chaco salteño, al igual que sus colegas. No habla de estadísticas ni de cantidad de consultas: habla de personas. “En cada destino encontramos al menos una a la que le cambiamos la vida”, dice. Y enseguida admite algo que parece resumir toda su filosofía: “Ahora voy buscando a ese paciente”. Quizás por eso, cuando describe a las comunidades, rara vez se detiene en las carencias: prefiere hablar de la alegría de los chicos, de la generosidad con que reciben a los visitantes y de una cultura que merece ser comprendida antes que juzgada. “Intentamos interferir lo menos posible y beneficiarlos lo más posible”, resume. Una idea que explica por qué, después de tantos años, AMTENA sigue recorriendo los mismos caminos.

Kilómetros que merecen la pena

Al caer la noche en esos días de operativo, los voluntarios cambian el confort de sus hogares por duchas frías y colchones en escuelas o conventos. No hay comodidades, pero es lo de menos: los une un propósito más alto y una sensación de camaradería difícil de poner en palabras, mientras comparten cenas sencillas, anécdotas y el cansancio de jornadas muy pero muy largas. Afuera quedan el monte, el calor y los caminos de tierra. Quizás por eso casi todos regresan. Porque entre una misión y la siguiente quedan pacientes por reencontrar, historias que continúan y comunidades que ya forman parte de sus vidas. Después de tantos años, AMTENA es también una promesa que se renueva cada vez que las camionetas vuelven a aparecer en el horizonte y alguien, del otro lado, sonríe al reconocerlas…

 

Hay muchas formas de estar presentes

No todos pueden recorrer los caminos del Chaco salteño, pero sí contribuir a que las misiones sigan llegando. A través de donaciones, aportes o distintas formas de colaboración, cualquier persona puede ayudar a sostener el trabajo que AMTENA realiza desde hace más de 25 años. Cada aporte cuenta. Al fin y al cabo, todos pueden contar las semillas de una manzana, pero solo Dios sabe cuántas manzanas dará cada semilla. Más información en https://amtena.org/index.html#como-ayudar y en https://www.instagram.com/fundacion.amtena

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