El atardecer caía sobre las moles de piedra de Meteora, en el centro de Grecia, cuando entendieron que no había que buscar más. “Es acá”, se dijeron sin decirlo, y frente a los monasterios suspendidos sobre el abismo, sacaron los anillos y se los pusieron por primera vez. Llevaban las alianzas encima desde Buenos Aires, esperando un momento que no necesitara explicaciones. Y en ese instante exacto, sin que nadie lo hubiera planificado, nomás colocarlas, empezaron a repicar las campanas de un templo.
Aquel ritual íntimo y espontáneo terminó de sellar la unión entre ambos. Meses antes, ahogados en tensiones familiares e invitados por compromiso, habían decidido suspender la fiesta tradicional. La idea surgió de noche, en el coche, donde siempre tenían sus charlas más profundas. “¿Y si gastamos esa plata y nos hacemos un flor de viaje?”, le propuso Agustina Arias —hoy de 38 años, terapeuta ocupacional— a Adriano Tsangopoulos, su futuro marido. Cambiaron el salón por un mes recorriendo Europa. No lo sabían entonces, pero volverían embarazados de aquella travesía.

Adriano Tsangopoulos llevaba en la sangre una combinación única de orgullo, curiosidad y magnetismo. Nieto de Nicolaos —un griego que durante la Segunda Guerra Mundial había salvado un puente en Larisa para que los vecinos pudieran huir—, vivía fascinado por sus raíces, las casas antiguas, la historia viva. Cuando conoció a Agustina, él trabajaba en la Central Nuclear Atucha haciendo ensayos no destructivos de materiales y habitaba el mundo con un desparpajo natural: “Entraba a cualquier lugar y salía con veinte nuevos amigos”, cuenta Arias a VIDA.
Podía quedarse horas conversando con un vendedor ambulante o entablar charlas profundas con un desconocido en la cola de una rotisería. También tenía sus manías: por el orden, las toallas alineadas y las camas bien hechas. “Lo que tenía de enojón lo tenía de buen tipo”, evoca ella con franca sonrisa. Se habían conocido 15 años antes de ese atardecer en Grecia: el pibe de Campana y la chica de Ramos Mejía se cruzaron en la pista de un boliche de Palermo, por esas cosas de la vida. No se dijeron ni media palabra esa noche, pero él, a poco de irse, le lanzó: “Soy Adriano Tsangopoulos, se escribe con TSA. Búscame en Facebook”.
Aquel mensaje directo dio paso a conversaciones larguísimas por MSN y teléfono que devoraban sus madrugadas. Adriano se levantaba a las cuatro y media para ir a trabajar, pero postergaba el sueño con tal de escucharla. Del otro lado, Agustina —de una timidez acentuada— descubrió a un tipo desinhibido, fascinante, que de entrada dejó claro su flechazo: “No quiero que seamos amigos”. Aunque él encarnaba el desparpajo, fue ella quien tomó ciertas decisiones de fondo: a un mes de conocerse, Agustina superó su timidez para pedirle que fueran novios oficialmente, y años después, volvió a tomar la delantera cuando le propuso casamiento.
De aquella luna de miel por Europa no solo volvieron con las alianzas puestas: nueve meses más tarde, la llegada de su hijo se transformó en una de las anécdotas más insólitas y entrañables de la pareja. Fanáticos desde chicos de Los Caballeros del Zodiaco, ambos bromeaban con llamar al bebé Aldebaran, por el caballero dorado de la casa de Tauro del show animado. “Pero al investigar un poquito más, descubrimos que se trataba de la estrella más brillante de esa constelación y el nombre quedó fijado: Nikos Aldebaran Tsangopoulos”.
Cuenta Agustina que la fecha probable de parto era el 17 de mayo. Finalmente, el 20 de mayo fueron a una cesárea programada. En medio de las demoras por partos de urgencia en el sanatorio, “Adri miraba el reloj minuto a minuto”. Al final, Nikos nació a las 23:48. La magia de la jornada se completó en la sala de neonatología: el médico de guardia que atendió al recién nacido se acercó a Adriano y le mostró su sello profesional: su nombre también era Aldebaran. “Tenía que ser ese día, en ese momento y con ese médico”, se emociona Arias.
Con la llegada del bebé, Adriano mostró otra faceta: “la de padrazo”, ofrece su mujer. “Nikos y yo fuimos siempre su prioridad; estuvo dispuesto a ponerse en segundo plano por nosotros desde el primer día”, brinda ella hoy día.

A principios de este año, un dolor difuso en la clavícula y la zona abdominal llevó a Adriano a la guardia de un centro cercano. Tras varios estudios, la respuesta llegó sin anestesia: tumor pancreático con metástasis en hígado y pulmón. La frialdad de la noticia y el desconcierto en el manejo médico impulsaron a la familia a buscar de inmediato una alternativa. Por recomendación de una tía médica, decidieron acudir al Hospital Universitario Austral, donde los recibió el oncólogo Rafael Picón.
La forma en que el médico los abordó fue determinante: con una sinceridad transparente y una calidez que les devolvió el eje, el profesional se tomó el tiempo de explicarles absolutamente todo lo que nadie les había dicho hasta entonces, dibujándoles en una hoja la ubicación exacta de las lesiones para que comprendieran el cuadro. Les habló de un panorama agresivo, pero también con la empatía necesaria para brindarles contención y empezar a tratar el dolor.
En esa primera consulta, la reacción de Adriano no fue el enojo ni la victimización, recuerda su esposa. Agustina cuenta cómo la miró y le dijo: “Yo no me puedo quejar de nada; ya viví mi vida, los tengo a ustedes y es todo ganancia”. A partir de ahí, Arias reconstruye con admiración la entereza con la que su marido enfrentó las semanas siguientes: pese a los dolores intensos, Adriano emprendió una carrera contra el tiempo para no dejarle ninguna carga burocrática.
“Fue por última vez a su trabajo para actualizar el seguro de vida, modificó el domicilio en su documento para facilitar la pensión y firmó otros documentos pendientes. El día anterior a su internación definitiva en el Austral, todavía estaba haciendo trámites en la calle. Hizo todo sintiéndose mal, pero quiso dejar todo prolijo para que yo no tuviera que renegar con nada”, destaca ella.
Frente a la gravedad del cuadro, ambos eligieron ampararse en una filosofía compartida. Adriano, pragmático, entendía la enfermedad y la muerte como parte natural de la vida; ella, contenida en esa misma templanza, decidió acompañarlo sin pelear contra lo inevitable. “Nos tocó un río revuelto y entendimos que no podíamos nadar en contra —reflexiona Agustina con lucidez envidiable—. Había que hacer la plancha y dejar que la corriente nos llevara a la orilla”.
El 12 de febrero de este año, Adriano ingresó a la unidad de internación general del Hospital Universitario Austral para encarar el esquema de manejo del dolor y realizar la primera ronda de quimioterapia paliativa. Con el seguimiento de un equipo interdisciplinario, encabezado por su oncólogo y por el doctor Matías Najún del Servicio de Cuidados Integrales, lograron estabilizar sus crisis analgésicas. Sin embargo, un aumento severo de la bilirrubina evidenció que el hígado estaba demasiado comprometido.
En una conversación sincera, los médicos le expusieron que el cuadro estaba muy avanzado y que continuar con la quimio no iba a cambiar el desenlace. “Gordi, ¿para qué exponerte a esto? Disfrutemos el tiempo que nos queda”, le aconsejó Agustina. Y de común acuerdo, decidieron suspender las aplicaciones para priorizar el confort y el bienestar general de los que serían sus últimos días.
Hay una noche que Agustina recuerda especialmente en el hospital: aquella en la que Ángeles Martín y María Siri, dos enfermeras del turno nocturno, llevaron la playa a la habitación de Adriano. “Llegaron de sorpresa con un carrito iluminado con luces, cargado de tacos, nachos y copas con sombrillitas; nos repartieron collares de flores y proyectaron el mar meciéndose sobre la pared”. En medio de los sueros y los controles, Agustina y Adriano tuvieron así una cena romántica. “Como sabían que a él le apasionaba cocinar con Nikos, también le regalaron dos delantales y gorros de chef, uno grande y otro pequeño”, suma Agustina. “Días antes, para San Valentín, otra enfermera le había acercado chocolates en secreto para que él pudiera tener un detalle conmigo”.
“Había momentos en los que sinceramente me olvidaba de que Adri estaba enfermo. No parecía que estuviéramos en un hospital”, continúa Agustina, y asegura que, cuando entraba alguien del personal, sentían que venía de visita. Adriano buscaba conversación y, fiel a su estilo, entablaba afectos duraderos. Ella, para corresponder tanta entrega, les llevaba algo rico a los equipos. “Terminaron siendo un poco nuestra familia”, afirma.
Porque el sostén también iba dirigido a Agustina. En las noches agotadoras en que las quejidos de Adriano no cesaban, las enfermeras se acercaban a abrazarla, le ofrecían otra habitación para que pudiera dormir un par de horas o dejaban la puerta abierta para que no se sintiera sola. “No es que venían, le ponían la medicación a Adri y se iban”, destaca con emoción apenas contenida: “Estaban muy pendientes de lo que necesitábamos. Hoy miro para atrás y los recuerdos más lindos que tengo del hospital son con todas estas personas que estuvieron con nosotros”.

La música también ocupó un lugar especial en la habitación de Adriano. Agustina Iturri, musicoterapeuta del equipo de Cuidados Integrales, los invitó a hablarse mediante canciones. “Por primera vez lo ví quebrarse con una angustia honda al dedicarme Rumba triste, de Estopa: su manera de decirme que yo no necesitaba alas, que ya tenía”. El hombre que conversaba con todos también encontró su espacio con el padre Eduardo Carú: “Aunque Adriano era agnóstico, se quedaba debatiendo de espiritualidad con él, charlas que disfrutaba tantísimo”. Con Jimena Saravia, psicóloga del mismo servicio, había lugar para el desahogo. “Su acompañamiento nos alcanzó a los dos, y a mí me sostuvo después, todavía lo hace”.
Al mes de internarse, a comienzos de marzo, el deterioro marcado de Adriano lo llevó a aceptar el traslado a la Unidad de Cuidados Integrales Austral, un espacio especialmente pensado para aliviar el sufrimiento y acompañar el tramo final con serenidad, rodeado de naturaleza. En esos días, la pareja pudo salir juntos al jardín a tomar mate; él en silla de ruedas, ella a su lado. “Adri me reconoció que Nikos era su freno; no quería dejarse ir para no abandonarlo”. Entonces ella recurrió a una frase que su marido usaba para definirlos: “En nuestra relación él era el empuje, pero yo era la fuerza. Le dije que se quedara tranquilo, que con Nikos íbamos a salir adelante”.
El 13 de marzo de este 2026, Adriano Tsangopoulos murió a los 39 años rodeado del afecto de su mujer. Hoy, su presencia se cuela en los gestos de todos los días: en Nikos, que a sus 7 años es su reflejo exacto, entablando conversación con cualquiera y volviéndose amigo del mundo en minutos; y en la propia Agustina, que se descubre sonriendo ante las viejas manías de su marido: “Para que me odies desde arriba, Adri, sabé hoy no puedo salir de casa sin dejar hechas las camas”, le aclara, y concluye: “Hice el duelo con él, acompañada por él y por el equipo del hospital. Me acuerdo de los nombres y de las caras de cada persona que nos acompañó, y quiero que sepan que lo que hacen no es en vano, que sirve, y sirve mucho”.