Para algunos es un pitido agudo, casi metálico; para otros, un zumbido grave que parece vibrar dentro de la cabeza. Hay quienes lo describen como un silbido persistente, un siseo continuo, el rumor de un transformador eléctrico, el vapor escapando de una válvula, el canto incesante de una chicharra o un murmullo que nunca termina de extinguirse. Cambia de forma, de intensidad y de tono, pero comparte una misma cualidad: nunca viene de afuera. Uno supone que desaparecerá por sí mismo, pero se aferra a los días: se filtra entre los pensamientos, irrumpe en la lectura, acompaña las conversaciones, reclama su lugar apenas el mundo baja el volumen. “Extraño el silencio”, dicen quienes conviven con él. O bien, “Cuando todo está en calma, parece gritar”, “Es el último sonido que escucho antes de dormir y el primero cuando abro los ojos”, “Lo peor es pensar que nunca va a terminar”. Así es vivir con tinnitus, también conocido como acúfeno.
Se trata de un síntoma, no así una patología: la señal de que algo está sucediendo en el sistema auditivo. Y no es un sonido imaginario ni una invención de quien lo padece, sino una señal real de protesta física, la forma en que las células del oído o las fibras del nervio expresan que están sufriendo una sobrepresión, una lesión, un daño. “Hay un estímulo concreto que está generando ese ruido”, enfatiza el doctor Claudio René Márquez, otoneurólogo del Hospital Universitario Austral. Es más: aun cuando en la enorme mayoría de los casos solo quien lo sufre puede percibirlo, “existe una forma excepcional conocida como acúfeno objetivo, en la que también puede ser escuchado por el médico durante el chequeo”. En cuanto a cómo se manifiesta, no siempre será el mismo timbre ni el mismo volumen ni la misma frecuencia, ni siquiera la misma intensidad; “puede variar e incluso coexistir más de un sonido”, señala el profesional.
Precisamente porque se trata de un síntoma, el tinnitus puede responder a causas muy diferentes. “Puede originarse por una lesión de las células del oído interno, cambios en la presión de sus líquidos o alteraciones del nervio auditivo”, ejemplifica el doctor Márquez. Y también menciona que, en una proporción muchísimo menor de pacientes, “puede ser también la primera manifestación de un neurinoma, un tumor benigno que requiere seguimiento especializado”. Por eso, identificar qué lo provoca es siempre el primer paso para definir el tratamiento más adecuado. Siempre que sea posible, el abordaje apunta primero a tratar la alteración que dio origen al síntoma. Sin embargo, eso no garantiza que el acúfeno desaparezca. Y es ahí donde la historia empieza a volverse más compleja…

Durante mucho tiempo, el tinnitus se consideró un problema exclusivamente del oído. Hoy se sabe que es solo una parte del asunto. “El generador es el oído, pero el que lo vuelve consciente o permanente es el cerebro”, resume el doctor Claudio René Márquez. En otras palabras, el problema puede comenzar en el sistema auditivo, pero ser el propio cerebro el que, con el tiempo, termine fijando esa percepción y manteniéndola activa. Esa es también la razón por la que tratar la causa original no siempre alcanza. “Puede pasar que uno resuelva el problema del oído y que el ruido desaparezca. Pero también puede suceder que el oído mejore y el acúfeno continúe”, explica el otoneurólogo. Para ilustrarlo, recurre a una analogía harto conocida: la del miembro fantasma. Así como una persona puede seguir sintiendo dolor en una pierna amputada porque esa sensación quedó registrada en el cerebro, el ruido también puede permanecer aunque el desencadenante inicial haya desaparecido. “Es como un sonido fantasma que quedó grabado”, sintetiza.
Para comprender este fenómeno, basta mirar cómo se comunican ambos órganos. En condiciones normales, las células del oído interno transforman las ondas sonoras en impulsos eléctricos que el cerebro traduce como sonido. Pero cuando hay una lesión o pérdida auditiva, el flujo de información disminuye. Ante esa falta de señal, el cerebro no se queda quieto; al contrario, compensa la ausencia subiendo al máximo su sensibilidad interna, de la misma forma en que le subiríamos el volumen a un micrófono o a una radio que no sintoniza bien para intentar escuchar algo. Al elevar esa “ganancia”, los circuitos neuronales de la corteza auditiva comienzan a amplificar y hacer consciente la propia actividad eléctrica del sistema, transformándola en ese zumbido constante.
Entender ese mecanismo permite además explicar por qué el tiempo es un factor decisivo. Cuanto antes se identifique y trate la causa, menores son las posibilidades de que esa percepción se consolide. “Cuanto más tiempo pasa desde que aparece el acúfeno hasta que empezamos a investigarlo y tratarlo, más difícil es trabajarlo”, advierte el especialista. Eso no significa que deje de haber alternativas terapéuticas, sino que revertir ese circuito suele resultar más arduo.
Algunas personas logran convivir con tinnitus mientras otras ven profundamente alterada su cotidiano. ¿Por qué motivo? La respuesta vuelve a estar en la manera en que el cerebro procesa esa señal. “Hay pacientes con acúfenos muy intensos que prácticamente no les molestan y otros con sonidos mucho más leves que los viven como algo incapacitante”, expresa el especialista. La diferencia no reside únicamente en el sistema auditivo, sino también en la estructura psicológica y emocional de cada individuo.
La ansiedad, la depresión y otros trastornos del estado de ánimo pueden favorecer que el cerebro mantenga ese sonido en primer plano y le resulte cada vez más difícil relegarlo. “Un cerebro ansioso o con depresión tiende a hacer interconexiones con todo lo desagradable y a perpetuar el síntoma”, indica el doctor Márquez. Por eso, la evaluación también busca medir cuánto interfiere el acúfeno en el día a día: si altera el descanso, dificulta la concentración, afecta el estado de ánimo o modifica las actividades habituales. “No solo evaluamos la parte auditiva; también el impacto emocional que tiene sobre cada paciente”, manifiesta.

El doctor Márquez es categórico al desmitificar soluciones rápidas, cuando de tinnutis se habla: las gotas carecen de evidencia científica porque el acúfeno se genera en el oído interno, una zona protegida dentro de un hueso del cráneo donde ningún producto de esta índole puede llegar. Tampoco existe un medicamento universal capaz de eliminarlo, ni un tratamiento único que funcione para todos.
El verdadero primer paso, dicho está, consiste en identificar qué está provocando el síntoma: en ocasiones, corregir un aumento de presión en los líquidos del oído estabiliza a las células y el zumbido desaparece; en otras, si se detecta una alteración en el nervio o incluso un neurinoma —un tumor benigno de crecimiento lento—, el abordaje inicial requiere un seguimiento especializado. Sin embargo, aun cuando ese desperfecto de base se resuelva con éxito, la percepción puede persistir. Es allí donde entran en juego los abordajes específicos.
Después de todo, si el cerebro puede grabar ese sonido y mantenerlo activo como si fuera un miembro fantasma, a través de la neuroplasticidad también puede aprender a borrarlo o relegarlo. Sobre ese principio se basa la Terapia de Reentrenamiento del Tinnitus (TRT), que combina dos pilares fundamentales. El primero es la terapia sonora, que utiliza estímulos auditivos personalizados en la frecuencia del acúfeno para modificar el procesamiento cerebral o, en los casos que lo requieran, dispositivos enmascaradores para atenuar el ruido.
El segundo es el counseling, ligado a la terapia cognitivo-conductual, que entrena al paciente con ejercicios prácticos de distracción dirigidos por un psicólogo especializado. “Consiste en correr el foco de atención mediante tareas que fuerzan al cerebro a concentrarse en estímulos ajenos al oído, como manipular una pelotita mientras se cuenta de tres en tres, o buscar en el espacio palabras que empiecen con una letra determinada”, detalla el otoneurólogo. La meta fundamental es hacer consciente una acción cognitiva externa para enseñarle al cerebro, literalmente, a dejar de escuchar lo que quedó grabado en su memoria auditiva.
Finalmente, si el cuadro viene acompañado de una pérdida auditiva asociada, el uso de audífonos convencionales permite que, al recuperar el volumen del mundo exterior, el zumbido interno pierda protagonismo.

“El peor error es decirle a un paciente que tiene que acostumbrarse. Siempre se puede hacer algo”, enfatiza el doctor Claudio René Márquez. Su mensaje es, sobre todo, una invitación a no resignarse. Porque detrás de un tinnitus puede haber causas identificables, tratamientos que mejoren los síntomas y estrategias capaces de devolver calidad de vida.
Pero la mejor herramienta sigue siendo la prevención. Aunque suele asociarse al deterioro celular propio de la edad, el doctor Márquez advierte que hoy se ve en pacientes cada vez más jóvenes debido al daño acumulativo. “Van al boliche el fin de semana, salen con el oído tapado y lo toman como si nada, pero el daño se va acumulando y a largo plazo el trauma acústico te pasa la factura”, señala. Por eso, cuidar la audición desde edades tempranas, moderar el volumen de los auriculares, protegerse de la exposición prolongada a ruidos intensos y consultar ante un tinnitus persistente son medidas que ayudan a preservar mucho más que la capacidad de oír. Ayudan a conservar ese espacio de calma que acompaña una conversación, permite concentrarse en un libro, anuncia el comienzo del sueño y, casi siempre, pasa inadvertido. Ese bien tan cotidiano que solo revela su verdadero valor cuando deja de existir: el silencio.