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Qué es

La cirrosis es una enfermedad crónica del hígado que aparece como consecuencia del daño sostenido a lo largo del tiempo. Diversas causas pueden provocarla —como las hepatitis virales, los trastornos autoinmunes, el consumo excesivo de alcohol o las enfermedades metabólicas, entre ellas la esteatosis hepática asociada a disfunción metabólica o “hígado graso”—. También puede desarrollarse en el contexto de enfermedades hereditarias, como la hemocromatosis, que predisponen al daño hepático con los años.

A medida que el hígado se ve afectado, su tejido sano comienza a ser reemplazado por tejido cicatricial (fibrosis). Este proceso, que al principio representa un intento del órgano por repararse, termina alterando su estructura interna. Con el tiempo, el hígado se vuelve más rígido y menos eficiente para cumplir sus funciones esenciales.

La inflamación crónica y la fibrosis crean un terreno propicio para el desarrollo de carcinoma hepatocelular.

Los especialistas suelen describir la cirrosis como la etapa avanzada de múltiples enfermedades hepáticas crónicas, más que como una entidad aislada. En los últimos años, el término enfermedad hepática crónicamente avanzada comenzó a utilizarse para reflejar con mayor precisión este proceso y sus distintas fases.

 

Síntomas

En sus etapas iniciales, la cirrosis suele ser silenciosa. Puede pasar inadvertida durante años, incluso con análisis de laboratorio de valores normales. A medida que el daño progresa, comienzan a aparecer signos más evidentes; por ejemplo, cansancio persistente, pérdida de apetito, color amarillento de la piel u ojos (ictericia) o hinchazón en las piernas.

Las complicaciones de la cirrosis se explican por dos procesos que ocurren simultáneamente dentro del hígado: por un lado, el hígado pierde la capacidad para cumplir sus funciones y, por otro, se vuelve más rígido y aumenta el flujo de sangre en las venas que llevan la sangre al hígado generando hipertensión portal.  

La descompensación puede presentarse de manera progresiva o repentina: en algunos casos el deterioro es lento, mientras que en otros los síntomas aparecen de manera abrupta. 

Entre los síntomas de mayor gravedad, que requieren atención médica inmediata, figuran:

  • Acumulación de líquido en el abdomen o en las piernas (síndrome ascítico edematoso).
  • Vómitos con sangre o materia fecal negra (por sangrado de várices esofágicas).
  • Confusión, somnolencia diurna o desorientación, indicativos de encefalopatía hepática (alteraciones cognitivas causadas por la acumulación de toxinas que el hígado ya no logra eliminar).

Estos cuadros marcan la transición hacia una cirrosis descompensada. Estos casos deben ser evaluados sin demora para un trasplante hepático por un especialista.

 

Causas

La cirrosis puede producirse por distintas enfermedades o condiciones que lesionan el hígado de manera sostenida. Entre las causas más frecuentes se encuentran:

  • Esteatosis hepática asociada a disfunción metabólica, conocida como hígado graso (relacionada con obesidad abdominal, resistencia a la insulina/diabetes, hipertensión arterial y alteraciones del colesterol).
  • Consumo crónico de alcohol.
  • Hepatitis virales, especialmente la B y la C.
  • Enfermedades autoinmunes.
  • Enfermedades colestásicas (como la colangitis biliar primaria y la colangitis esclerosante primaria).
  • Enfermedades hereditarias (hemocromatosis y déficit de alfa-1 antitripsina).

Un error frecuente es pensar que la cirrosis únicamente aparece en personas con consumo problemático de alcohol.

 

Diagnóstico

El diagnóstico se basa en la evaluación clínica, análisis de laboratorio y métodos de imágenes; entre ellos:

  • Ecografía abdominal para tamaño/estructura hepática y búsqueda de líquido o signos de hipertensión portal.
  • Elastografía hepática para estimar rigidez y grado de fibrosis en forma no invasiva.
  • Laboratorio: hepatograma y pruebas de función hepática.
  • Endoscopía digestiva alta para detectar várices esofágicas.
  • Biopsia hepática en casos seleccionados cuando persisten dudas diagnósticas.

Toda persona con enfermedad hepática crónica debe tener seguimiento  con un especialista en Hepatología. Asimismo, los pacientes con cirrosis presentan más riesgo de cáncer de hígado y  deben tener controles cada 6 meses con ecografía y AFP para su detección temprana. 

Clasificación y estadios

El grado de afectación funcional del hígado permite clasificar la cirrosis en etapas dinámicas. Esa clasificación guía las decisiones terapéuticas y el seguimiento clínico. En términos generales, se habla de: 

  • Cirrosis compensada: cuando el hígado conserva buena parte de su función y puede no haber síntomas.
  • Cirrosis descompensada: aparecen complicaciones (ascitis, sangrados, encefalopatía).
  • Recompensación: un paciente previamente descompensado mejora al tratar la causa (por caso, abstinencia alcohólica), recuperando estabilidad clínica y mejor pronóstico.

Esta clasificación guía el tratamiento, el pronóstico y ayuda a definir la necesidad de trasplante.

 

Tratamiento

El abordaje de la cirrosis varía según cada individuo y se ajusta tanto a la causa que la originó como a las necesidades clínicas del paciente. El objetivo es frenar la progresión, preservar la función hepática, prevenir complicaciones y sostener la mejor calidad de vida posible. Las medidas, dicho está, dependen de la causa subyacente; por ejemplo:

  • Cuando el origen está ligado a hepatitis virales: el tratamiento contempla antivirales específicos. 
  • Trastornos autoinmunes: corticoides o inmunosupresores.
  • Daño por alcohol: abstinencia y apoyo médico-psicológico.
  • Hígado graso o Esteatosis hepática asociada a disfunción metabólica: control del peso, de la glucosa, del colesterol y de la presión arterial.

En la práctica clínica, además se indican:

  • Dieta hiposódica (hasta 2 g de sal por día) y diuréticos para la ascitis.
  • Betabloqueantes no selectivos, fármacos que reducen la presión en las venas del hígado y ayudan a prevenir la descompensación de la cirrosis. 
  • Lactulosa o rifaximina para controlar la encefalopatía, reduciendo la producción y absorción de toxinas intestinales.
  • TIPS (derivación portosistémica intrahepática, un procedimiento que crea un canal interno entre venas del hígado para aliviar la presión) en casos de ascitis o sangrados refractarios.

El tratamiento es siempre personalizado y multidisciplinario, e incluye control nutricional, actividad física adaptada y seguimiento médico estrecho

Prevención

Las medidas cotidianas tienen un rol central: contribuyen a proteger el hígado, reducir el riesgo de descompensaciones y acompañar el tratamiento médico. Se basan en hábitos sostenibles y controles periódicos. Algunas medidas que ayudan a reducir el riesgo de cirrosis o evitar su progresión son: 

  • Evitar el consumo de alcohol.
  • Mantener una alimentación saludable  con adecuado aporte proteico
  • Ejercicio físico aeróbico y de fuerza de forma regular.
  • Controlar factores metabólicos que favorecen al hígado graso:  presión arterial, colesterol y glucemia.
  • Vacuna para la hepatitis A y hepatitis B.
  • Consultar antes de tomar nuevos fármacos o suplementos.

Cuándo consultar al médico

Es importante consultar si se presentan antecedentes o signos como:

  • Diagnóstico previo de hepatitis, hígado graso o enfermedad autoinmune.
  • Hinchazón del abdomen o las piernas.
  • Cansancio excesivo o pérdida de peso sin causa aparente.
  • Color amarillento de la piel u ojos (ictericia).
  • Vómitos con sangre o deposiciones oscuras.
  • Confusión, somnolencia o desorientación.

Pronóstico y trasplante hepático

La cirrosis, en sí, no tiene una cura, pero su avance puede detenerse o estabilizarse si se trata la causa de base y se sostienen hábitos de cuidado. Una persona con cirrosis compensada puede mantener una media de sobrevida cercana a los 12 años. Tras la primera descompensación, la sobrevida se reduce a 2 años si no se estabiliza.

Cuando la enfermedad se descompensa (ascitis persistente, sangrado por várices o encefalopatía), el trasplante de hígado pasa a ser la opción terapéutica indicada para curar la enfermedad y mejorar la calidad de vida.

Todo paciente con cirrosis descompensada —o con puntaje MELD, índice que estima la gravedad de la enfermedad hepática, mayor a 15— debe ser evaluado por un equipo de trasplante, que definirá el momento oportuno y los pasos para la inscripción en lista de espera.

Este procedimiento puede realizarse con donante cadavérico o donante vivo relacionado, tanto en adultos como en pediátricos, según la compatibilidad y el tamaño del injerto.

El trasplante permite recuperar una vida plena y activa, con muy buena calidad y expectativa de sobrevida prolongada. El órgano trasplantado puede funcionar durante toda la vida si el paciente mantiene los controles y la adherencia al tratamiento.

La preparación previa incluye nutrición adecuada, ejercicio físico, abstinencia alcohólica y vacunación. Tras la cirugía, el acompañamiento médico, psicológico y familiar resulta clave para la recuperación y la reinserción social.

 

Si tenés diagnóstico de enfermedad hepática crónica o presentás alguno de estos síntomas, consultá al Servicio de Hepatología del Hospital Universitario Austral.

 

Información elaborada por el Hospital Universitario Austral con la colaboración y supervisión de la Dra. Josefina Pagés, de la Unidad de Hepatología. 

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