Qué es
La migraña es un desorden neurológico crónico y complejo que pertenece al grupo de las cefaleas primarias; o sea, los dolores de cabeza que no se deben a otra enfermedad subyacente, sino que constituyen una condición en sí misma. Su rasgo distintivo es la hiperexcitabilidad cerebral, es decir, un cerebro con una sensibilidad aumentada que reacciona de forma desproporcionada frente a estímulos como la luz intensa, ciertos sonidos, olores, cambios hormonales, alteraciones del sueño o situaciones de estrés.
En la práctica, la migraña se manifiesta en episodios recurrentes de dolor de cabeza, que suelen comenzar en un lado de la cabeza (hemicránea). El dolor puede sentirse como pulsátil (una sensación de latido o palpitación) u opresivo, y presenta una intensidad moderada a severa. A menudo se acompaña de fotofobia (molestia con la luz), fonofobia (molestia con los sonidos), osmofobia (molestia con los olores), náuseas e intolerancia al movimiento. Las crisis duran entre 4 y 72 horas y, en muchos casos, dificultan o impiden las actividades cotidianas.
Se trata de una patología muy frecuente, con un impacto significativo en la calidad de vida. En el mundo, afecta a más de 1.000 millones de personas y es tres veces más común en mujeres, especialmente entre los 20 y los 50 años. La Organización Mundial de la Salud la ubica entre las cinco enfermedades más incapacitantes y la señala como la primera causa de discapacidad en mujeres jóvenes. En el país, su prevalencia es del 9,5 % según un estudio realizado por el Grupo de Cefaleas de la Sociedad Neurológica Argentina.

Síntomas
La migraña se caracteriza por episodios de dolor de cabeza moderado a severo, que con frecuencia comienzan en un lado de la cabeza (hemicránea). A medida que el cuadro avanza, el dolor puede luego abarcar toda la cabeza (holocráneo).
El dolor puede sentirse pulsátil (como un latido) u opresivo, y suele intensificarse con la actividad física o incluso con movimientos habituales. A esto se suma una marcada hipersensibilidad sensorial, con intolerancia a la luz (fotofobia), mayor sensibilidad a los sonidos (fonofobia) y rechazo a ciertos olores (osmofobia). Las náuseas, a veces acompañadas de vómitos, son frecuentes y contribuyen a la sensación de malestar general. En conjunto, estos síntomas hacen que la crisis sea incapacitante, obligando muchas veces a suspender las actividades cotidianas. Las crisis pueden durar entre 4 y 72 horas.
Clínicamente, esta sintomatología es lo que permite diferenciar la migraña de la cefalea tensional, que es la cefalea primaria más frecuente, aunque menos incapacitante.
Etapas de la migraña
En muchas personas, la migraña sigue un patrón en etapas, donde distintas áreas del cerebro se activan antes, durante y después del dolor. Estas fases ayudan a entender cómo se inicia, cómo progresa y cómo se resuelve cada episodio. No siempre se presentan todas, ni con la misma intensidad, pero cuando están, permiten anticipar y reconocer la crisis.
- Pródromo o fase premonitoria
Es una etapa anticipatoria, que puede comenzar horas o hasta dos días antes del dolor, y se debe a la activación del hipotálamo, una región cerebral que regula funciones como el sueño, el apetito, el ánimo y los ritmos biológicos. Cuando esta zona se altera, comienzan a surgir cambios sutiles pero reconocibles:
- irritabilidad o cambios en el ánimo
- bostezos repetidos
- antojos, especialmente de alimentos dulces
- mayor necesidad de orinar
- dificultad para dormir o para concentrarse
- sensación de estar “más sensible” a estímulos habituales
- náuseas leves
Con el tiempo, muchas personas aprenden a reconocer estos signos como un aviso temprano de que se acerca una crisis migrañosa.
- Aura
Aparece en aproximadamente un tercio de quienes sufren migraña. Se trata de síntomas neurológicos transitorios que suelen preceder al dolor, aunque en raras ocasiones se presentan sin que la cefalea llegue a manifestarse (aura acefálica).
El aura se produce por un fenómeno llamado depresión cortical propagada: una ola lenta de despolarización que avanza por la superficie de la corteza cerebral, alterando temporalmente la actividad de las áreas que recorre. Dicho de manera llana: durante unos minutos, ciertas funciones del cerebro se “pausan” mientras la ola eléctrica avanza.
Según la región afectada, puede manifestarse como:
- alteraciones visuales: manchas oscuras, puntos ciegos (escotomas), destellos o líneas en zigzag
- síntomas sensitivos: hormigueos, entumecimiento o disminución transitoria de la sensibilidad
- trastornos del lenguaje: dificultad para hablar, para encontrar palabras o para construir frases
Cuando el aura aparece por primera vez, es importante consultar de inmediato para diferenciarla de otros potenciales cuadros neurológicos.
- Fase de dolor (crisis migrañosa)
Es la etapa en la que aparece el dolor de cabeza propiamente dicho. Suele comenzar en un lado de la cabeza (hemicránea) porque, al inicio de la crisis, se activa de manera asimétrica el sistema que transmite las señales dolorosas, especialmente las vías vinculadas al nervio trigémino y ciertas áreas profundas del cerebro, como el tronco cerebral y el tálamo. A medida que la crisis avanza, esa activación se expande y el dolor puede abarcar toda la cabeza (holocráneo).
El dolor puede ser pulsátil —como un latido— u opresivo, y tiende a empeorar con el movimiento o la actividad física. Durante esta fase también se presentan intolerancia a la luz (fotofobia), sensibilidad marcada a los sonidos (fonofobia), rechazo a ciertos olores (osmofobia), y náuseas, que a veces se acompañan de vómitos
La combinación de dolor intenso, hipersensibilidad sensorial y malestar general hace que esta etapa sea, con frecuencia, profundamente incapacitante. Su duración puede oscilar entre 4 y 72 horas.
- Postdromo
Una vez que el dolor cede, muchas personas atraviesan una etapa posterior conocida como postdromo, descrita como una “resaca migrañosa”. Aunque la cefalea ya desapareció, el sistema nervioso sigue en un estado de recuperación tras la hiperexcitabilidad de la crisis, lo que genera distintas sensaciones; por ejemplo:
- fatiga intensa
- dificultad para concentrarse o entender consignas
- irritabilidad, euforia o ánimo bajo
- sensibilidad del cuero cabelludo al tacto o al mover el cabello
Estos síntomas suelen durar algunas horas, aunque en ciertos casos pueden extenderse hasta un día completo antes de que la persona recupere su ritmo habitual.
Causas
Las causas exactas de la migraña aún no se conocen con precisión, pero se sabe que intervienen factores genéticos, biológicos y ambientales que, combinados, vuelven al cerebro más susceptible y favorecen un estado de hiperexcitabilidad cerebral.
Desde el punto de vista genético, se han identificado al menos 38 loci —es decir, regiones específicas del ADN— asociados al desarrollo de la migraña. Muchos de estos loci participan en la regulación de canales iónicos y de las vías que procesan el dolor, incluida la vía trigémino-vascular, que integra la sensibilidad de la cara, la cabeza y las estructuras intracraneales. Esta base heredada explica por qué algunas personas son más propensas que otras a presentar crisis.
Además de la genética, influyen factores epigenéticos, que pueden modificar la expresión de esos genes y determinar la severidad o la frecuencia de los episodios. En este marco, determinadas condiciones externas —como las alteraciones del sueño, los cambios hormonales, el estrés sostenido o su descenso brusco, el ayuno prolongado y ciertas variaciones climáticas— pueden actuar como estímulos que facilitan la activación del sistema.
En las crisis migrañosas participan también mecanismos neuroquímicos. Las fibras del nervio trigémino pueden liberar sustancias como el CGRP, la sustancia P y el glutamato, que aumentan la sensibilidad de los tejidos y amplifican la señal dolorosa. A la vez, estructuras profundas del cerebro, como el tronco cerebral y el tálamo, modulan esta información sensorial y contribuyen a que los estímulos habituales —como la luz, los sonidos o ciertos olores— resulten especialmente molestos durante la crisis.
En conjunto, la migraña se entiende hoy como un desorden neurobiológico complejo, en el que una predisposición genética interactúa con factores hormonales, ambientales y neuroquímicos. No existe una causa única, sino un entramado de elementos que modulan la sensibilidad del sistema nervioso y facilitan la aparición de las crisis.
Factores de riesgo
Diversos factores pueden influir en la progresión de la migraña. Algunos no pueden modificarse porque dependen de la biología y la predisposición individual; otros sí pueden cambiarse y tienen impacto en la frecuencia y la intensidad.
Estos factores, tanto modificables como no modificables, pueden favorecer la transición de una migraña episódica de baja frecuencia a una migraña episódica de alta frecuencia, e incluso a una migraña crónica, definida como aquella que afecta 15 días o más al mes.
Entre los factores de riesgo no modificables, figuran:
- Antecedentes familiares
- Edad: aunque puede comenzar en cualquier etapa de la vida, la migraña aparece con frecuencia por primera vez en la adolescencia. Suelen alcanzar su mayor intensidad o frecuencia hacia los 30 años.
- Sexo femenino: las mujeres presentan migraña con mayor frecuencia que los varones.
- Cambios hormonales: las variaciones en los niveles de estrógeno —en la primera menstruación, el embarazo, el posparto o la menopausia— influyen en la aparición y la intensidad de las crisis. En muchas mujeres, la migraña mejora después de la menopausia.
- Traumatismos encefalocraneanos reiterados
Entre los factores de riesgo modificables, que pueden trabajarse en consulta, figuran:
- Obesidad
- Síndrome metabólico
- Alodinia; es decir, sensibilidad aumentada del cuero cabelludo o de la piel ante estímulos que normalmente no provocarían dolor
- Sobreuso de medicación analgésica
- Trastornos del sueño, incluidos el síndrome de apnea obstructiva del sueño y el insomnio
- Ciertos hábitos alimentarios
- Comorbilidad psiquiátrica; por ejemplo, depresión y ansiedad, o bien, eventos de vida traumáticos no abordados
Desencadenantes
El cerebro migrañoso es un cerebro hiperexcitable, con una disfunción en el filtrado de estímulos sensoriales y nociceptivos. En las personas predispuestas, estos son algunos de los desencadenantes más frecuentes que pueden actuar como gatillos y precipitar una crisis:
- Alteraciones del sueño, como quedarse despierto hasta tarde, dormir menos de lo habitual o tener horarios irregulares
- Estrés sostenido o el descenso brusco del estrés después de un período de tensión prolongada
- Ayunos prolongados o saltarse comidas
- Tensión muscular
- Hidratación inadecuada
- Alimentos ultraprocesados, ricos en aditivos.
Alimentos con alto contenido de histamina, como quesos maduros, embutidos, fiambres - Alimentos con alto contenido de azúcar o edulcorantes
- Harinas blancas
- Consumo elevado de cafeína
- Consumo de alcohol
- Fluctuaciones hormonales, especialmente ligadas a la baja de estrógeno
- Estimulación sensorial intensa, como luces muy brillantes, ruidos fuertes, ciertos olores penetrantes o ambientes cargados
- Cambios climáticos, como variaciones bruscas de temperatura, humedad o presión atmosférica.
- Factores emocionales, incluidos episodios de ansiedad, angustia o experiencias afectivas de alto impacto
- Exposición excesiva a pantallas
Estos desencadenantes no actúan del mismo modo en todas las personas. Muchas veces, identificar los propios gatillos —y llevar un registro de las crisis— permite ajustar hábitos, reducir la frecuencia de los episodios y mejorar el control general de la migraña.
Complicaciones
La migraña puede afectar de manera importante la calidad de vida. El dolor recurrente, la incertidumbre sobre cuándo aparecerá una crisis y la necesidad de reorganizar actividades alrededor de los síntomas generan un desgaste que, con el tiempo, puede dar lugar a otros problemas.
Muchas personas comienzan a experimentar ansiedad, episodios de angustia, momentos de ánimo bajo o dificultades para dormir, como el insomnio. También pueden aparecer bruxismo nocturno, tensión en la zona del cuello, molestias en la articulación temporomandibular y síntomas digestivos propios del intestino irritable. Estas consecuencias no solo impactan en el bienestar general: también pueden volver al organismo más sensible y hacer que las crisis sean más difíciles de manejar. Atenderlas de manera temprana forma parte esencial del tratamiento.
Otra complicación posible es el uso excesivo de medicación para aliviar las crisis. Cuando los analgésicos se toman muchos días al mes, pierden eficacia y, en lugar de mejorar el dolor, pueden sostenerlo o intensificarlo. Revisar el esquema terapéutico en estos casos es clave para cortar ese ciclo y recuperar estabilidad.
Diagnóstico
El diagnóstico de la migraña es clínico: surge del relato de la persona y de cómo se comporta el dolor. La duración de las crisis, los síntomas que las acompañan, la frecuencia mensual y los factores que parecen precipitarlas, suelen dibujar un patrón reconocible, distinto del de otras cefaleas.
El examen físico y neurológico suele ser normal entre episodios, y por eso los estudios por imágenes no se indican de rutina. Se solicitan solo cuando algo no cuadra; por ejemplo, si el dolor aparece por primera vez después de los 50 años, si cambia de forma repentina, si se presenta como una crisis muy intensa sin antecedentes, si surgen síntomas neurológicos que no se corresponden con un aura típica.
Además de caracterizar el dolor, el médico evalúa aspectos que pueden influir en su evolución, como el sueño, el estrés, la ansiedad, el insomnio, el bruxismo o la tensión cervical. En algunos casos, llevar un registro de las crisis ayuda a ordenar la información y orienta un plan de tratamiento multidisciplinario.
Tratamiento
El tratamiento de la migraña se apoya en dos ejes: aliviar la crisis cuando aparece y reducir la frecuencia e intensidad de los episodios a largo plazo. Si bien no existe una cura definitiva, hoy se cuenta con estrategias muy eficaces que permiten recuperar estabilidad y mejorar de manera notable la calidad de vida.
El manejo empieza siempre por el tratamiento agudo. Su objetivo es frenar la crisis lo antes posible. En episodios leves pueden utilizarse analgésicos habituales, pero en migrañas moderadas o severas se indican fármacos específicos que actúan sobre las vías del dolor, en particular sobre el sistema trigémino-vascular. La eficacia depende del momento de administración: tomarlos al inicio de los síntomas mejora la respuesta. A la vez, es clave evitar el uso excesivo, porque recurrir a estos medicamentos muchos días al mes puede generar un tipo de cefalea que sostiene el dolor en vez de aliviarlo.
El segundo paso —y muchas veces el más determinante— es trabajar sobre los hábitos que regulan los sistemas que influyen en la migraña. Dormir en horarios regulares, hidratarse bien, evitar ayunos prolongados, moderar la cafeína, organizar las comidas y atender el estrés, el insomnio, la tensión cervical o el bruxismo son intervenciones que ayudan a disminuir la reactividad del sistema nervioso. Identificar desencadenantes y evitarlos en la medida de lo posible forma parte del mismo abordaje.
El tratamiento preventivo se considera cuando las crisis son frecuentes, muy dolorosas o generan un impacto significativo. No todos los pacientes lo necesitan. Su objetivo no es cortar una crisis puntual, sino modificar el comportamiento de la enfermedad: reducir la cantidad de días con dolor, suavizar la intensidad de las crisis y mejorar la respuesta al tratamiento agudo.
Entre las opciones preventivas se encuentran, en primer lugar, los medicamentos orales. Pertenecen a distintas familias terapéuticas —como betabloqueantes, antidepresivos específicos o anticonvulsivantes— y se utilizan por su capacidad para modular la excitabilidad cerebral, regular ciertas vías químicas implicadas en el dolor o estabilizar la transmisión sensorial. Su efecto no es inmediato: suele evaluarse después de dos a tres meses, y requieren constancia para funcionar.
Otra herramienta es la toxina botulínica, especialmente indicada en personas con migraña crónica. Se aplica en puntos determinados del cráneo y el cuello, donde actúa reduciendo la liberación de neurotransmisores que amplifican el dolor, y atenuando la hiperexcitabilidad de las terminaciones nerviosas.
Finalmente, en casos seleccionados, pueden utilizarse anticuerpos monoclonales o gepantes, dos grupos de fármacos novedosos dirigidos contra el CGRP o su receptor. El CGRP es una molécula clave en la fisiopatología de la migraña: participa en la transmisión del dolor y en la dilatación de los vasos sanguíneos del sistema trigémino-vascular. Al bloquearla, estos anticuerpos disminuyen la activación del circuito que sostiene la crisis. Son fármacos de desarrollo reciente, con buena tolerancia y una administración mensual o trimestral.
La elección del tratamiento —y la combinación de las distintas estrategias— depende de la frecuencia de las crisis, del perfil de síntomas, de la respuesta previa, de las condiciones asociadas y de las preferencias de la persona. Un plan personalizado y bien sostenido en el tiempo permite que, aun sin una cura definitiva, la migraña pueda controlarse, y que muchas personas recuperen bienestar.
Prevención
La prevención de la migraña se apoya en hábitos saludables que ayudan a regular la sensibilidad del sistema nervioso. El ejercicio aeróbico realizado de manera regular es una de las medidas más efectivas: favorece la liberación de endorfinas, sustancias que modulan el dolor y contribuyen a que los episodios aparezcan con menor frecuencia e intensidad.
Además del tratamiento terapeútico, otras herramientas no farmacológicas —como el mindfulness, la terapia cognitivo-conductual, la acupuntura o algunas técnicas de neuromodulación no invasiva— pueden incorporarse como complemento.
También es importante cuidar aspectos cotidianos que suelen influir en las crisis: mantener horarios regulares de sueño, asegurar una buena hidratación, evitar ayunos prolongados, moderar la cafeína y revisar los alimentos que actúan como gatillo. Atender el estrés, el insomnio, la tensión muscular, etcétera.
Llevar un registro de las crisis puede resultar útil para identificar patrones, reconocer los momentos de mayor vulnerabilidad y ajustar el plan de tratamiento.
Cuándo consultar
Ante la sospecha de migraña —o frente a un dolor de cabeza que se repite— siempre es conveniente consultar. Un diagnóstico adecuado permite descartar otras causas, entender el tipo de cefalea y definir el mejor tratamiento para cada persona.
Hay situaciones en las que la consulta se vuelve especialmente importante: cuando el dolor cambia de patrón, aumenta en intensidad, se vuelve más frecuente o empieza a limitar las actividades diarias. También requiere una evaluación si aparece por primera vez después de los 50 años, si progresa de manera sostenida o si se acompaña de síntomas poco habituales.
El dolor de cabeza asociado a fiebre, rigidez de nuca, somnolencia marcada o confusión, por ejemplo, debe evaluarse con premura. También es conveniente consultar cuando el alivio depende cada vez más de la medicación de rescate: usarla muchos días al mes puede perpetuar el dolor y requiere ajustar el plan terapéutico.
Consultar permite, además, detectar factores que influyen en la evolución —como insomnio, posible apnea del sueño, bruxismo, tensión cervical o síntomas de ansiedad— y abordarlos de manera integral.
Si tenés dolores de cabeza persistentes, cambiantes o que dificultan tu rutina, pedí turno con un especialista en Neurología. Un diagnóstico adecuado y un plan de tratamiento personalizado pueden mejorar de manera significativa tu calidad de vida.
Información elaborada por el Hospital Universitario Austral con la colaboración y supervisión de la Dra. Natalia Larripa, del Servicio de Neurología, asimismo miembro de la Sociedad Internacional de Cefaleas.







