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Qué es

Las várices son una dilatación anormal y permanente de las venas del sistema venoso superficial, es decir, de aquellas que se encuentran cerca de la superficie de la piel. Pueden presentarse de distintas maneras: las más leves son las telangiectasias, conocidas popularmente como arañitas, mientras que las várices propiamente dichas corresponden a venas de mayor calibre que toman formas sinuosas, se abultan, sobresalen.

Más allá de su impacto estético, representan la manifestación más común de la insuficiencia venosa crónica, una condición de curso progresivo en la que el retorno venoso se vuelve menos eficiente, que puede asociarse con síntomas como pesadez, dolor o hinchazón y, en etapas avanzadas, con complicaciones más severas.

Es importante diferenciar esta enfermedad de las venas que pueden volverse visibles de manera transitoria, por ejemplo después del ejercicio físico. En estos casos, la dilatación es normal y desaparece con el reposo. Las várices, en cambio, son un cuadro crónico que tiende a agravarse con el tiempo y requiere evaluación médica para determinar su alcance y el abordaje más adecuado.

 

 

Síntomas

Las várices suelen manifestarse primero de manera visible, como venas dilatadas que se hacen evidentes bajo la piel, con tonalidades azuladas o violáceas. Aunque en muchos casos no generan dolor inicialmente, a medida que la insuficiencia venosa progresa pueden aparecer distintos síntomas, entre ellos:

  • Dolor en las piernas, habitualmente difuso y difícil de localizar en un punto preciso
  • Sensación de pesadez
  • Calambres, con mayor frecuencia durante la noche
  • Hormigueo
  • Sensación de piernas inquietas
  • Picazón (prurito) en la piel
  • Hinchazón (edema) de piernas y pies, sobre todo luego de permanecer muchas horas de pie o sentado

En etapas más avanzadas, puede haber cambios de coloración en la piel, endurecimiento del tejido y, en estadios críticos, la aparición de úlceras venosas, o sea, lesiones o heridas abiertas de difícil cicatrización. 

Es importante destacar que la intensidad de estos síntomas no siempre guarda relación directa con el tamaño de la várice visible, por lo que la consulta médica es clave ante la presencia de cualquier malestar persistente.

 

Causas

Las várices se originan a causa de una alteración funcional del sistema venoso, más precisamente del mecanismo encargado de asegurar el retorno venoso —proceso por el cual la sangre que circula por las venas regresa desde los tejidos hacia el corazón—. 

En condiciones normales, las venas cuentan con válvulas unidireccionales que permiten que la sangre avance en un solo sentido y evitan su retroceso. Cuando estas válvulas pierden su capacidad de cerrarse adecuadamente, se produce un fenómeno conocido como reflujo venoso: la sangre deja de avanzar con fluidez, se acumula en determinados segmentos del trayecto y genera un aumento sostenido de la presión dentro de la vena. Dado que las paredes venosas son naturalmente más delgadas y menos elásticas que las arteriales, este exceso de presión favorece, con el tiempo, una dilatación progresiva e irreversible.

Este proceso, denominado insuficiencia venosa, puede expresarse de distintas maneras. En algunos casos, la dilatación se hace visible bajo la piel y da origen a las várices. En otros, la alteración compromete venas que no se observan a simple vista —como las safenas—, lo que explica por qué algunas personas presentan síntomas típicos como pesadez, dolor, hinchazón o calambres, aun sin várices externas evidentes.

Cabe mencionar que, aunque pueden aparecer en diferentes partes del cuerpo, las várices son mucho más frecuentes en las piernas. Esto se debe a que, en los miembros inferiores, el retorno venoso supone un esfuerzo adicional al producirse contra la gravedad, lo que somete al sistema venoso a una exigencia sostenida

Factores de riesgo

El desarrollo de várices se asocia a la presencia de distintos factores que aumentan la exigencia sobre el sistema venoso. El más importante es el factor hereditario: las personas con antecedentes familiares tienen mayor probabilidad de presentar várices en algún momento de su vida. Existen, además, otros factores que pueden favorecer la aparición o progresión del cuadro; entre ellos: 

  • Permanecer muchas horas de pie o sentado sin movimiento, ya que la inmovilidad dificulta el retorno venoso desde las piernas.
  • Sedentarismo, entendido como la falta de actividad física regular, clave para el retorno venoso.
  • Sobrepeso y obesidad, que incrementan la presión sobre el sistema venoso.
  • Edad, por el deterioro de la pared venosa y las válvulas a causa del paso de los años.
  • Embarazo, debido a que el crecimiento del útero puede comprimir las venas de la pelvis y dificultar el retorno venoso desde las piernas; este fenómeno suele observarse con mayor frecuencia en mujeres multíparas.
  • Cambios hormonales en mujeres, particularmente en etapas como la menopausia, que pueden influir en la salud vascular.
  • Tabaquismo, asociado a un mayor deterioro del sistema vascular.
  • Antecedentes de traumatismos o cirugías, que pueden lesionar venas y favorecer el desarrollo de insuficiencia venosa.

La presencia de uno o varios de estos factores no implica necesariamente que una persona vaya a desarrollar várices, pero sí aumenta el riesgo y puede acelerar la evolución de la enfermedad, especialmente cuando existe predisposición hereditaria.

 

Diagnóstico

El diagnóstico de las várices se realiza a partir de una evaluación clínica completa, que incluye un interrogatorio detallado sobre los síntomas, su evolución y los antecedentes personales y familiares, junto con el examen físico.

El estudio fundamental para confirmar el diagnóstico y evaluar el funcionamiento del sistema venoso es el ecodoppler venoso de miembros inferiores. Se trata de un método no invasivo que permite analizar el flujo sanguíneo y detectar la presencia de insuficiencia valvular, incluso en venas que no son visibles a simple vista. Este estudio resulta clave para orientar el tratamiento adecuado para cada paciente, según la clasificación del cuadro. 

Al respecto, se utiliza la clasificación CEAP, el estándar internacional en Flebología, que ordena la enfermedad desde formas leves —como las arañitas— hasta estadios más avanzados, en los que aparecen várices visibles, hinchazón persistente de las piernas y, en los casos más severos, las úlceras venosas previamente descritas. 

 

Tratamiento

El tratamiento de las várices se define de manera individual y depende de las características del cuadro y de la evolución de la enfermedad. El objetivo es aliviar los síntomas, evitar la progresión de la patología y prevenir complicaciones. En muchos casos, el abordaje puede ser conservador, mientras que en otros es necesario recurrir a tratamientos específicos para las zonas comprometidas. 

En las formas más leves, como las telangiectasias o arañitas, pueden indicarse tratamientos como la escleroterapia, que consiste en la inyección de una sustancia dentro de los pequeños vasos para cerrarlos. Asimismo puede emplearse escleroterapia con espuma, que permite tratar trayectos más extensos, o láser transdérmico, indicado para lesiones superficiales.

Cuando existen várices visibles de mayor calibre o insuficiencia de las venas safenas, el tratamiento se orienta a anular o cerrar los trayectos venosos enfermos. Para ello se utilizan técnicas como la ablación térmica con láser o la radiofrecuencia, que se realizan por punción, de manera ambulatoria y guiadas por ecografía. La cirugía convencional queda reservada para casos seleccionados, según la anatomía venosa y las características del paciente.

En situaciones más avanzadas, cuando la insuficiencia venosa se asocia a cambios en la piel o a la aparición de úlceras venosas, el tratamiento requiere un abordaje más complejo y un seguimiento médico estrecho.

Complicaciones

Cuando las várices no se diagnostican ni se tratan de manera adecuada, el cuadro puede evolucionar de forma progresiva y dar lugar a distintas complicaciones.

Entre los ejemplos más frecuentes, la hinchazón persistente de las piernas, molestias al caminar y alteraciones en la piel. Pueden aparecer, por caso, cambios de coloración, generalmente en la cara interna de la pierna, cerca del tobillo. Asimismo, el tejido subcutáneo puede endurecerse y la piel volverse más frágil y vulnerable. Sobre este terreno debilitado pueden desarrollarse úlceras venosas, es decir, heridas abiertas de difícil cicatrización que pueden aparecer incluso ante traumatismos mínimos o, en algunos casos, de forma espontánea. Estas lesiones requieren tratamiento médico específico y un seguimiento estrecho.

Además del impacto clínico, estas complicaciones avanzadas suelen afectar de manera significativa la calidad de vida, generando molestias persistentes e interfiriendo con las actividades cotidianas y laborales. De allí la importancia del tratamiento oportuno, que permite reducir el riesgo de que la enfermedad progrese hacia estadios más severos.

Prevención

Existen medidas de cuidado orientadas a aliviar los síntomas y a reducir la aparición o progresión de nuevas várices. Entre las principales recomendaciones se encuentran:

  • Realizar actividad física de manera regular, ya que la contracción muscular favorece el retorno venoso.
  • Evitar el sedentarismo y la inmovilidad prolongada, procurando levantarse y caminar algunos minutos al menos cada dos horas.
  • Mantener un peso saludable, para disminuir la presión sobre las venas de las piernas.
  • Utilizar compresión elástica (medias o vendas) en los casos indicados, especialmente en personas que pasan muchas horas de pie o presentan hinchazón.
  • Elevar las piernas durante el descanso, idealmente unos 10 centímetros por encima del nivel del tórax, para facilitar el drenaje venoso.
  • Cuidar la piel, manteniéndola bien hidratada y asegurando una adecuada ingesta de líquidos.

Estas medidas no reemplazan el tratamiento médico cuando está indicado, pero forman parte de un enfoque integral orientado a preservar la salud venosa a largo plazo.

Cuándo consultar al médico

Vale la pena consultar cuando comienzan a aparecer arañitas o várices visibles en las piernas, aun cuando no generen dolor ni otras molestias. Estas dilataciones, aunque a veces se vivan solo como un tema estético, ya reflejan un funcionamiento alterado del sistema venoso y pueden beneficiarse de una evaluación temprana. La consulta también está indicada ante sensaciones persistentes como pesadez, calambres nocturnos, hormigueo, picazón, sensación de piernas inquietas o hinchazón sin una causa clara, especialmente hacia el final del día o después de permanecer muchas horas de pie o sentado, incluso si no se observan várices evidentes.

Existen situaciones que requieren evaluación médica sin demora, como la hinchazón repentina de una sola pierna, sin traumatismo previo y con un aumento marcado de volumen respecto de la otra, ya que puede corresponder a cuadros más severos que necesitan evaluación inmediata. Asimismo, las personas con antecedentes familiares de várices pueden beneficiarse de un control preventivo, aun en ausencia de síntomas, para detectar alteraciones tempranas y acompañar el cuidado del sistema venoso a lo largo del tiempo.

 

Ante la presencia de várices, síntomas persistentes o dudas sobre la salud venosa, el Servicio de Flebología del Hospital Universitario Austral cuenta con un equipo especializado para realizar una evaluación integral, definir el diagnóstico y acompañar el tratamiento más adecuado para cada paciente.

 

Información elaborada por el Hospital Universitario Austral con la colaboración y supervisión del Dr. Arnaldo Alexis Espósito, jefe del Servicio de Cirugía Vascular Periférica y Flebología.

 

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