Qué es
El vitiligo es un desorden de la pigmentación de la piel, caracterizado por la aparición de manchas blancas, generalmente a ambos lados del cuerpo. Estas se deben a la destrucción de los melanocitos cutáneos, las células encargadas de producir la melanina, el principal pigmento responsable del color de la piel.
Se trata de una enfermedad adquirida de mecanismo autoinmune, es decir, una condición en la que el propio sistema inmunológico ataca por error a los melanocitos cutáneos.
Afecta al 1-2 % de la población, por igual a hombres y mujeres, y a personas de todas las razas. Su mayor incidencia se da entre los 10 y los 30 años: alrededor del 25 % de los casos aparece antes de los 10 años y el 95 %, antes de los 40.
El vitiligo no es una enfermedad contagiosa, no se transmite por contacto y no representa un riesgo para la salud general. Sin embargo, puede tener un importante impacto emocional y en la calidad de vida. De allí la importancia del diagnóstico precoz y el seguimiento con especialistas que indiquen el tratamiento más adecuado según las características de cada paciente.

Clínica
El vitiligo se manifiesta por la aparición de manchas hipocrómicas o acrómicas, es decir, áreas de la piel que han perdido parte o la totalidad de su pigmentación y adquieren un color más claro o completamente blanco. Suelen ser de forma y tamaño variables, con bordes bien definidos.
Las lesiones pueden localizarse en un área limitada de la piel (vitiligos focal y segmentario), aunque lo más frecuente es que sean bilaterales y simétricas (vitiligos acrofacial y generalizado). En pocas ocasiones pueden extenderse y comprometer casi toda la superficie corporal (universal).
Las manchas aparecen con mayor frecuencia en las zonas expuestas al sol —como la cara, el dorso de las manos y los pies y los brazos—, alrededor de los orificios naturales del cuerpo —nariz, ojos, boca y ombligo— y en áreas sometidas a roce o fricción, como axilas, ingles, genitales, codos, rodillas y la cara anterior de las muñecas.
En general no producen síntomas, aunque rara vez pueden causar picazón. Al carecer de melanina, las zonas despigmentadas enrojecen con facilidad cuando se exponen al sol. El vitiligo también puede afectar el pelo, que pierde su pigmentación y se vuelve blanco sobre las manchas (leucotriquia).
El vitiligo tiende a tener un curso progresivo, generalmente lento. La aparición de nuevas lesiones o el aumento del tamaño de las ya existentes son algunos de los principales signos de actividad de la enfermedad. Reconocer estos cambios y consultar tempranamente permite valorar si la enfermedad está activa y decidir el momento más oportuno para iniciar o ajustar el tratamiento.
Causas
El vitiligo es una enfermedad adquirida de mecanismo autoinmune. Para su desarrollo se conjugan una predisposición genética y distintos factores desencadenantes ambientales o propios del paciente. Alrededor del 20 % de las personas con vitiligo tienen antecedentes de un familiar de primer grado con la patología.
Entre los principales factores desencadenantes se encuentran el estrés, las quemaduras solares y la exposición de la piel a traumatismos mecánicos —como el roce o la fricción repetida—, a determinados productos químicos o a ciertas infecciones. En pacientes predispuestos, estos factores pueden generar una respuesta inmunológica que lleva a la destrucción de los melanocitos cutáneos.
Diagnóstico
El diagnóstico del vitiligo es fundamentalmente clínico, es decir, se basa en el interrogatorio y el examen de la piel realizados por el dermatólogo. Para completar la evaluación, puede utilizarse la luz de Wood, una lámpara que emite luz ultravioleta y permite resaltar las áreas despigmentadas, facilitando su diferenciación de otros desórdenes de la pigmentación.
La biopsia de piel, que consiste en obtener una pequeña muestra cutánea para analizarla al microscopio y comprobar la ausencia de melanocitos, se reserva para casos especiales en los que persisten dudas diagnósticas.
Durante la consulta, el dermatólogo también evalúa si la enfermedad se encuentra activa o en progresión. Para ello, tiene en cuenta la aparición de nuevas lesiones, el aumento del tamaño de las ya existentes y determinados signos clínicos, como el vitiligo inflamatorio —manchas con un borde rojizo inflamatorio—, el vitiligo tricrómico —aparece una zona de pigmentación intermedia entre la piel sana y la despigmentada—, las lesiones en papel picado —pequeños puntos de piel despigmentada que aparecen agrupados alrededor de las manchas existentes— y el fenómeno de Koebner, que consiste en la aparición de nuevas manchas en zonas de roce, fricción o traumatismo de la piel.
Entre un 20 y un 30 % de las personas con vitiligo desarrolla otra enfermedad autoinmune, siendo la más frecuente la enfermedad tiroidea. Por ese motivo, se recomienda evaluar periódicamente la función de la glándula tiroides como parte del seguimiento.
Una evaluación completa permite no solo confirmar el diagnóstico, sino también determinar la actividad de la enfermedad, cómo repercute en la vida del paciente, detectar patologías asociadas y planificar el tratamiento más adecuado para cada paciente.
Tratamiento
En la actualidad no existe una cura para el vitiligo. Sin embargo, hay distintas opciones terapéuticas que permiten lograr una repigmentación cosméticamente aceptable en un porcentaje importante de pacientes. En general, la respuesta es mejor en la cara y el cuello, seguida por el tronco, y disminuye en las zonas más alejadas del centro del cuerpo, como las manos y los pies. La presencia de leucotriquia (pelo blanco sobre las manchas) y el vitiligo segmentario suelen asociarse a una menor respuesta al tratamiento.
La elección del tratamiento debe individualizarse y tener en cuenta la edad del paciente, la estabilidad, la extensión y la localización de las lesiones, la respuesta a tratamientos previos así como el impacto emocional que genera la patología. Sea cual sea el tratamiento elegido, es importante tener paciencia: la respuesta suele ser gradual y la repigmentación, cuando ocurre, generalmente comienza a observarse después de dos o tres meses.
Cuando el vitiligo afecta áreas limitadas de la piel —hasta un 5-10 % de la superficie corporal— se utilizan tratamientos tópicos, principalmente corticoides o tacrolimus, medicamentos que modulan la respuesta del sistema inmunológico y ayudan a reducir el ataque contra los melanocitos. En los casos más extensos, el tratamiento de elección es la fototerapia con luz ultravioleta B (UVB) de banda angosta, sola o combinada con las cremas, una técnica que estimula la repigmentación mediante la exposición controlada de la piel a una longitud de onda específica de luz ultravioleta.
Cuando la enfermedad progresa rápidamente, pueden indicarse corticoides sistémicos durante períodos cortos, generalmente entre tres y seis meses y en forma de minipulsos semanales, con el objetivo de frenar la actividad del vitiligo y evitar la aparición de nuevas lesiones.
El láser de excímero (308 nm) constituye otra alternativa para lesiones localizadas o resistentes al tratamiento. Emite un haz de luz ultravioleta muy preciso sobre las manchas y suele utilizarse como complemento de otras terapias tópicas o sistémicas.
En algunos pacientes también pueden indicarse antioxidantes, como vitamina E, ácido ascórbico (vitamina C), ácido fólico o ginkgo (Ginkgo biloba). Si bien su eficacia por sí sola es limitada, pueden potenciar los efectos de la fototerapia. Existen, además, camuflajes cosméticos, como tinturas, maquillajes y autobronceantes, que permiten disimular las lesiones. Muchos pacientes también se benefician con psicoterapia o con la participación en grupos de apoyo, especialmente cuando la enfermedad afecta su autoestima o calidad de vida.
En los últimos años, los inhibidores JAK (Janus kinasa se incorporaron como una alternativa terapéutica prometedora. Actúan bloqueando la vía JAK-STAT, un sistema de comunicación entre las células del sistema inmunológico que participa en la inflamación responsable de la destrucción de los melanocitos. El ruxolitinib al 1,5 % en crema fue aprobado por la FDA (Food and Drug Administration) en 2022 y por la EMA (Agencia Europea de Medicamentos) en 2023 para determinados pacientes con vitiligo no segmentario que no afecta más del 10 % de la superficie del cuerpo. Fue el primer tratamiento específicamente autorizado para favorecer la repigmentación. Su costo es elevado y, por el momento, no está disponible en la Argentina.
Los tratamientos quirúrgicos se reservan para pacientes con vitiligo estable —sin progresión durante al menos seis a doce meses— que no respondieron al tratamiento médico. Consisten en trasplantar melanocitos viables obtenidos de áreas de piel sana hacia las zonas despigmentadas previamente preparadas. Existen distintas técnicas de injerto y los mejores resultados suelen observarse en el vitiligo segmentario. Se trata de procedimientos especializados que requieren amplia experiencia y cuidados posoperatorios específicos. Asimismo, aunque efectivos, pueden producir despigmentación en el área de donde se obtiene el injerto.
En casos excepcionales se puede indicar la despigmentación de las áreas que conservan pigmento. El monobencil éter de hidroquinona (MBEH, monobenzona al 20 %) es un agente despigmentante irreversible. En vitiligo no se utiliza para tratar las lesiones, sino para despigmentar la piel sana remanente. Se reserva para pacientes con vitiligo muy extenso (>50–80 % de la superficie corporal), que no han respondido al tratamiento médico y en los que la repigmentación no es una alternativa realista y el objetivo es lograr una despigmentación uniforme de la piel restante
El avance en el conocimiento del vitiligo ha ampliado significativamente las opciones terapéuticas. Por eso, una consulta temprana con el dermatólogo permite acceder a tratamientos cada vez más personalizados y con mejores resultados.
Prevención
No existe una forma de prevenir la aparición del vitiligo. Sin embargo, algunas medidas pueden ayudar a proteger la piel y disminuir el riesgo de que aparezcan nuevas lesiones o de que las existentes progresen.
Una de las principales recomendaciones es proteger la piel del sol mediante el uso diario de protector solar de amplio espectro, ropa adecuada y evitando la exposición en los horarios de mayor radiación. Además de reducir el riesgo de quemaduras en las zonas despigmentadas, estas medidas ayudan a disminuir el contraste entre la piel sana y las manchas blancas.
También es importante evitar traumatismos sobre la piel, como golpes, cortes, quemaduras o la fricción repetida, ya que en personas predispuestas pueden favorecer la aparición de nuevas lesiones a través del fenómeno de Koebner.
Seguir el tratamiento indicado y realizar los controles dermatológicos periódicos permite detectar cambios en la actividad de la enfermedad y ajustar la estrategia terapéutica cuando sea necesario.
Complicaciones
Aunque el vitiligo no representa un riesgo para la salud general ni es una enfermedad contagiosa, sí puede tener algunas consecuencias que requieren atención. Al perder melanina —el pigmento que protege naturalmente la piel de la radiación ultravioleta—, las áreas despigmentadas quedan más expuestas al sol y tienen mayor riesgo de sufrir quemaduras solares.
Además, por tratarse de una enfermedad de mecanismo autoinmune, entre un 20% y un 30% de las personas con vitiligo puede desarrollar otra enfermedad autoinmune asociada, especialmente de la glándula tiroides. Por ese motivo, el dermatólogo puede indicar estudios para evaluar periódicamente su funcionamiento.
Sin embargo, la principal repercusión del vitiligo suele ser emocional. Al tratarse de una enfermedad visible, puede afectar la autoestima, la imagen corporal y la calidad de vida, especialmente cuando compromete zonas expuestas como la cara o las manos.
Cuándo consultar
Es importante consultar con un dermatólogo ante la aparición de manchas blancas o más claras de lo habitual en la piel, con o sin aclaramiento del pelo. Un diagnóstico temprano permite confirmar si se trata de vitiligo, descartar otros desórdenes de la pigmentación e iniciar el tratamiento más adecuado en las etapas iniciales de la enfermedad.
El seguimiento periódico permite valorar la actividad del vitiligo, ajustar la estrategia terapéutica y detectar oportunamente la posible asociación con otras enfermedades autoinmunes, especialmente las que afectan la glándula tiroides.
Ante la pérdida de pigmentación en zonas de la piel, una evaluación temprana permite confirmar el diagnóstico e iniciar el tratamiento más adecuado. El Hospital Universitario Austral cuenta con un equipo especializado en el diagnóstico y tratamiento del vitiligo. Solicitá un turno con el Servicio de Dermatología.
Información elaborada por el Hospital Universitario Austral con la colaboración y supervisión del Dr. Mario Alfredo Abbruzzese, del Servicio de Dermatología.






