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Por qué ser pediatra

Día del Médico 3 de diciembre

Tuve claro que quería dedicarme a la medicina cuando desde niño me preguntaban qué quería ser cuando fuese grande. De todas maneras, especializarme en Pediatría lo definí en mis últimos años de carrera universitaria ya que el gusto por los niños era grande, pero existía un temor por enfrentar el sufrimiento de un niño. En esa época, animaba fiestas infantiles para solventar parte de los estudios y la alegría de un niño siempre estaba presente. A su vez, tuve la oportunidad de entrar como practicante al Hospital Sor María Ludovica de La Plata, lugar donde me formé como residente años después y, además, conocí algunos pacientes muy especiales: los niños con Síndrome de Down. En el 2003, ya en el Hospital Universitario Austral, conformaríamos un equipo interdisciplinario de trabajo.

Lograr modificar en algunos casos el dolor, la angustia del niño o de la familia definió, sin duda, mi profesión, a pesar de que algunas veces uno siente la impotencia y acompaña el dolor, la muerte o el duelo por la pérdida de un hijo.

Durante mi especialización en diferentes áreas de la Pediatría, siempre estuve interesado en el vínculo entre padres e hijos. Esto me fue llevando a realizar una medicina pensada en el paciente pediátrico pero centrada en su familia. Las exigencias de nuestra sociedad influyen sobre el entorno psicosocial donde van creciendo los niños y adolescentes de hoy en día.

Por los progresos en la medicina, la infancia está menos caracterizada por enfermedades graves y toma mayor presencia la vulnerabilidad del bienestar psicológico del niño y, sobre todo, del adolescente. El pediatra de hoy debe tener una mirada integradora de su paciente y la preocupación por el bienestar del niño es el factor clave en la relación entre el médico y la familia. La capacidad de adaptación de los niños y de la familia es muy variada e, incluso, puede verse afectada por circunstancias especiales o enfermedades graves. En esos casos, el pediatra en su rol de referente o de médico de cabecera cumple una función más que importante. Por eso, acompañamos a ese niño o a la familia al menos en sus primeros 16 años de vida.

Hoy, después de 28 años de médico, sigo intentando considerar cada situación como única y singular. Creo y considero que escuchar al otro, no solo a los padres sino también a los niños y adolescentes, desde su mirada de dolor o angustia y sus preguntas o inquietudes, nos permite llegar a realizar una medicina estrictamente técnica, pero sobre todo humana. Es muy satisfactorio ver cómo, después de una primera visita distante, se desarrolla muy gradualmente una relación casi amistosa, caracterizada por la complicidad, la curiosidad y la comprensión de algunas medidas poco agradables: como la indicación de vacunas, una cirugía o un examen de laboratorio.

La percepción de los pacientes sobre el pediatra varía en cada etapa de la vida: el niño pequeño tiene miedo a la aguja y el adolescente se incomoda cuando lo pesamos. Por eso, desde el consultorio y a partir de los primeros días, el niño y su familia van entiendo que el objetivo que uno tiene es conducirlos en un crecimiento saludable porque buscaos su propio bienestar.

Debo admitir, por otra parte, que ser padre de tres niñas, ahora adolescentes, ha enriquecido enormemente mi visión pediátrica y me permite dar consejos que van más allá de los protocolos médicos y las guías médicas. Valores como la humanidad, la humildad y el humor no están en los protocolos de fiebre. Estas famosas tres “H” de William Osler, me las enseñó el Dr. Strassera, gran médico y referente del Hospital de niños de La Plata y, quizás, son mis valores referentes para enfrentar día a día la consulta, el dolor, la angustia y la alegría de una familia en el consultorio. A estas tres H, agrego una cuarta: la honestidad. Ser honesto con la familia logra credibilidad y buen vínculo. Es muy gratificante ya tener pacientes que me traen a sus hijos y que siguen confiando en mí como lo hacían sus padres. Siempre les digo en su primera consulta: “el privilegio de ser padres”. Bueno, piensen que ellos nos confían su mayor privilegio.

La residencia conforma la primera etapa de formación. Son cuatro años de dormir poco, estar al lado del paciente y del libro, llorar, reír, formar amigos inseparables, muchos han formado su familia, pero la formación continúa toda la vida. Los que tenemos el privilegio de estar en un Hospital Universitario podemos seguir haciendo docencia, interactuar con residentes, consultar a profesores y maestros que van dejando su legado, crear equipos de trabajo y crecer nosotros también junto a los pacientes. Todo ello nos sigue fortaleciendo, por eso agradezco a Dios y sigo eligiendo un trabajo que indudablemente es parte de la vocación absoluta.

Durante este recorrido, uno no puede dejar de nombrar a los compañeros de trabajo, colegas, especialistas y, por supuesto, a nuestra propia familia. Sin ellos es imposible lograr el objetivo de decir la palabra justa, dar un consejo oportuno y lograr muchas veces, a pesar de las horas de trabajo, una disposición empática para cuando el paciente o la familia lo requiera.

Dr. Fernando Burgos
Jefe del Área Ambulatoria de Pediatría del Hospital Universitario Austral
Coordinador de la Clínica interdisciplinaria de Niños con Síndrome de Down.
Profesor de Pediatría de la Facultad de Ciencias Biomédicas de la Universidad Austral.

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